background image

C U E N T O S   Q U E   M E 

A P A S I O N A R O N

"...Quiero ser para ustedes como aquel bibliotecario, o como un viejo baqueano 
que, con emoción, nos fuera entregando el misterio de la vida..."

ERNESTO SÁBATO

En este libro, Ernesto Sábato vuelve a dirigirse a los más jóvenes con la 
actitud generosa de todo maestro: ofrecer a los otros lo que más ama. Por eso 
organizó una selección de cuentos y relatos para quienes acepten la dicha de 
compartir esa extraña forma de felicidad que es la literatura.
Que la lectura es una fiesta puede resultar la verdad más rotunda para quienes 
hayan sido invitados al banquete literario. Vivir historias de otros como 
propias, viajar a mundos desconocidos sin moverse de casa, deslizarse por las 
palabras hasta el fondo del sentido, saborear los ritmos de la letra, 
comprender la universalidad del dolor que relatan los cuentos de todas las 
épocas y la maravilla de la pasión que también se cuenta desde los orígenes de 
la palabra: todo esto y más habita en la literatura. Perderse esta fiesta es 
imperdonable.

1

background image

Ernesto Sábato Ferrari. (Rojas, Buenos Aires, Argentina, 24 de junio de 1911). Escritor y 
pintor argentino.
Estudia Física en la Universidad de la Plata (Buenos Aires) y participa activamente con los 
jóvenes comunistas, viajando a Bruselas, Moscú y París. Al terminar la carrera le conceden 
una beca para investigar las radiaciones atómicas, y trabaja en el Laboratorio Curie en París. 
En esta época toma contacto con los surrealistas. De vuelta a su país, imparte clases de Física 
en la universidad.
En la década de los cuarenta, comienza a colaborar en la revista Sur donde conoce a Jorge 
Luis Borges, las hermanas Victoria y Silvina Ocampo y a Adolfo Bioy Casares.
En 1945 publica una colección de ensayos breves, Uno y el universo, y ese mismo año 
abandona su vocación científica para dedicarse por completo a la literatura. En 1947 trabaja 
para la UNESCO dos meses y antes de volver a Argentina viaja por Italia y Suiza, empezando 
a escribir su gran obra El túnel, que se publicaría finalmente en 1948.
En los años cincuenta atravesó una crisis producto de las contradicciones entre la Matemática 
y la Literatura, y a esta época corresponden sus ensayos, Hombres y engranajes y 
Heterodoxia. Como novelista, las obras que le reconocerían internacionalmente son Sobre 
héroes y tumbas y Abaddón el exterminador.
En 1958 se le nombra Director General de Relaciones Culturales en el Ministerio de 
Relaciones Exteriores, cargo en el que estará menos de un año.
Su pensamiento político ha sido reflejado en artículos de prensa, así como en sus libros. Por su 
defensa de los valores y derechos de la persona, además de su postura contraria a la política 
dictatorial y autoritaria de la política de Argentina hace que sea elegido presidente de la 
Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP) en 1984.
En el 2000, el diario Clarín publica La resistencia por Internet, que posteriormente se edita 
como libro. Debido a su ceguera, en los últimos años Ernesto Sábato ha abandonado casi por 
completo la lectura y la escritura y llena su tiempo con la pintura y otras aficiones, además de 
participar en diversos cursos y en los homenajes que se le dedican. 

2

background image

ANTE LA LEY

FRANZ KAFKA

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián y 

solicita que le permita entrar en la ley. Pero el guardián contesta que por ahora no 

puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

–Es posible –dice el portero–, pero no ahora.

La puerta que da a la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se 

hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se ríe y le dice:

–Si tanto es tu deseo, haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero 

recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón 

también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es 

tan terrible que no puedo soportar su aspecto.

El campesino no había previsto estas dificultades; la ley debería ser siempre accesible 

para todos, piensa él; pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz 

grande y aguileña, su barba larga de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más 

esperar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse a un costado de la 

puerta. Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con 

sus suplicas. Con frecuencia, el guardián mantiene con él breves conversaciones, le 

hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas 

indiferentes, como las de los grandes señores, y para terminar, siempre le repite que 

todavía no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para 

el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta 

todo, en efecto, pero le dice:

–Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: Se 

olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. 

Maldice su mala suerte, durante los primeros años temerariamente y en voz alta; más 

tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en 

su larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su 

cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. 

Finalmente su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz o si sólo lo 

engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge 

inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, 

todas las experiencias de estos largos años se confunden en su mente en una sola 

pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se 

acerque, ya que el rigor de la muerte endurece su cuerpo. El guardián se ve obligado 

a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos 

ha aumentado con el tiempo, para desmedro del campesino.

–¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián– Eres insaciable.

3

background image

–Todos se esfuerzan por llegar a la ley –dice el hombre–; ¿cómo es posible entonces 

que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

–Nadie podría pretenderlo, porque esta entrada era solamente para ti. Ahora mismo 

voy a cerrarla.

4

background image

EL CAPOTE

NIKOLAI GOGOL

En el departamento ministerial de  * * F ; pero creo que será preferible no nombrarlo, 

porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de 

departamentos, los oficiales, los cancilleres..., en una palabra: todos los funcionarios 

que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que 

cualquier ciudadano honorable se sintiera ofendido al suponer que en su persona se 

hacía una afrenta a toda la sociedad de que forma parte. Se dice que hace poco un 

capitán de Policía -no recuerdo en qué ciudad- presentó un informe, en el que 

manifestaba claramente que se burlaban los decretos imperiales y que incluso el 

honorable título de capitán de Policía se llegaba a pronunciar con desprecio. Y en 

prueba de ello mandaba un informe voluminoso de cierta novela romántica, en la 

que, a cada diez páginas, aparecía un capitán de Policía, y a veces, y esto es lo grave, 

en completo estado de embriaguez. Y por eso, para evitar toda clase de disgustos, 

llamaremos sencillamente un departamento al departamento de que hablemos aquí.

Pues bien: en cierto departamento ministerial trabajaba un funcionario, de quien 

apenas si se puede decir que tenía algo de particular. Era bajo de estatura, algo 

picado de viruelas, un tanto pelirrojo y también algo corto de vista, con una pequeña 

calvicie en la frente, las mejillas llenas de arrugas y el rostro pálido, como el de las 

personas que padecen de hemorroides... ¡Qué se le va a hacer! La culpa la tenía el 

clima petersburgués.

En cuanto al grado -ya que entre nosotros es la primera cosa que sale a colación-, 

nuestro hombre era lo que llaman un eterno consejero titular, de los que, como es 

sabido, se han mofado y chanceado diversos escritores que tienen la laudable 

costumbre de atacar a los que no pueden defenderse. El apellido del funcionario en 

cuestión era Bachmachkin, y ya por el mismo se ve claramente que deriva de la 

palabra zapato; pero cómo, cuándo y de qué forma, nadie lo sabe. El padre, el abuelo 

y hasta el cuñado de nuestro funcionario y todos los Bachmachkin llevaron siempre 

botas, a las que mandaban poner suelas sólo tres veces al año. Nuestro hombre se 

llamaba Akakiy Akakievich. Quizá al lector le parezca este nombre un tanto raro y 

rebuscado, pero

puedo asegurarle que no lo buscaron adrede, sino que las circunstancias mismas 

hicieron imposible darle otro, pues el hecho ocurrió como sigue:

Akakiy Akakievich nació, si mal no se recuerda, en la noche del veintidós al veintitrés 

de marzo. Su difunta madre, buena mujer y esposa también de otro funcionario, 

dispuso todo lo necesario, como era natural, para que el niño fuera bautizado. La 

madre guardaba aún cama, la cual estaba situada enfrente de la puerta, y a la 

5

background image

derecha se hallaban el padrino, Iván Ivanovich Erochkin, hombre excelente, jefe de 

oficina en el Senado, y la madrina, Arina Semenovna Belobriuchkova, esposa de un 

oficial de la Policía y mujer de virtudes extraordinarias.

Dieron a elegir a la parturienta entre tres nombres: Mokkia, Sossia y el del mártir 

Josdasat. «No -dijo para sí la enferma-. ¡Vaya unos nombres! ¡ No!» Para complacerla, 

pasaron la hoja del almanaque, en la que se leían otros tres nombres, Trifiliy, Dula y 

Varajasiy.

-¡Pero todo esto parece un verdadero castigo! -exclamó la madre-. ¡Qué nombres! 

¡Jamás he oído cosa semejante! Si por lo menos fuese Varadat o Varuj; pero ¡Trifiliy o 

Varajasiy!

Volvieron otra hoja del almanaque y se encontraron los nombres de Pavsikajiy y 

Vajticiy.

-Bueno; ya veo -dijo la anciana madre- que este ha de ser su destino. Pues bien: 

entonces, será mejor que se llame como su padre. Akakiy se llama el padre; que el 

hijo se llame también Akakiy.

Y así se formó el nombre de Akakiy Akakievich. El niño fue bautizado. Durante el 

acto sacramental lloró e hizo tales muecas, cual si presintiera que había de ser 

consejero titular. Y así fue como sucedieron las cosas. Hemos citado estos hechos con 

objeto de que el lector se convenza de que todo tenía que suceder así y que habría 

sido imposible darle otro nombre.

Cuándo y en qué época entró en el departamento ministerial y quién le colocó allí, 

nadie podría decirlo. Cuantos directores y jefes pasaron le habían visto siempre en el 

mismo sitio, en idéntica postura, con la misma categoría de copista; de modo que se 

podía creer que había nacido así en este mundo, completamente formado con 

uniforme y la serie de calvas sobre la frente.

En el departamento nadie le demostraba el menor respeto. Los ordenanzas no sólo no 

se movían de su sitio cuando él pasaba, sino que ni siquiera le miraban, como si se

tratara sólo de una mosca que pasara volando por la sala de espera. Sus superiores le 

trataban con cierta frialdad despótica. Los ayudantes del jefe de oficina le ponían los 

montones de papeles debajo de las narices, sin decirle siquiera: «Copie esto», o «Aquí 

tiene un asunto bonito e interesante», o algo por el estilo como corresponde a 

empleados con buenos modales. Y él los cogía, mirando tan sólo a los papeles, sin 

fijarse en quién los ponía delante de él, ni si tenía derecho a ello. Los tomaba y se 

ponía en el acto a copiarlos.

Los empleados jóvenes se mofaban y chanceaban de él con todo el ingenio de que es 

capaz un cancillerista -si es que al referirse a ellos se puede hablar de ingenio-, 

contando en su presencia toda clase de historias inventadas sobre él y su patrona, una 

anciana de setenta años. Decían que ésta le pegaba y preguntaban cuándo iba a 

casarse con ella y le tiraban sobre la cabeza papelitos, diciéndole que se trataba de 

copos de nieve. Pero a todo esto, Akakiy Akakievich no replicaba nada, como si se 

encontrara allí solo. Ni siquiera ejercía influencia en su ocupación, y a pesar de que le 

daban la lata de esta manera, no cometía ni un solo error en su escritura. Sólo 

cuando la broma resultaba demasiado insoportable, cuando le daban algún golpe en 

el brazo, impidiéndole seguir trabajando, pronunciaba estas palabras:

-¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?

6

background image

Había algo extraño en estas palabras y en el tono de voz con que las pronunciaba. En 

ellas aparecía algo que inclinaba a la compasión. Y así sucedió en cierta ocasión: un 

joven que acababa de conseguir empleo en la oficina y que, siguiendo el ejemplo de 

los demás, iba a burlarse de Akakiy, se quedó cortado, cual si le hubieran dado una 

puñalada en el corazón, y desde entonces pareció que todo había cambiado ante él y 

lo vio todo bajo otro aspecto. Una fuerza sobrenatural le impulsó a separarse de sus 

compañeros, a quienes había tomado por personas educadas y como es debido. Y aun 

mucho más tarde, en los momentos de mayor regocijo, se le aparecía la figura de 

aquel diminuto empleado con la calva sobre la frente, y oía sus palabras insinuantes.

«¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?»

Y simultáneamente con estas palabras resonaban otras: «¡Soy tu hermano!» El pobre 

infeliz se tapaba la cara con las manos, y más de una vez, en el curso de su vida, se 

estremeció al ver cuánta inhumanidad hay en el hombre y cuánta dureza y grosería 

encubren los modales de una supuesta educación, selecta y esmerada. Y, ¡Dios mío!, 

hasta en las personas que pasaban por nobles y honradas...

Difícilmente se encontraría un hombre que viviera cumpliendo tan celosamente con 

sus deberes... y, ¡es poco decir!, que trabajara con tanta afición y esmero. Allí, 

copiando documentos, se abría ante él un mundo más pintoresco y placentero. En su 

cara se reflejaba el gozo que experimentaba. Algunas letras eran sus favoritas, y 

cuando daba con ellas estaba como fuera de sí: sonreía, parpadeaba y se ayudaba con 

los labios, de manera que resultaba hasta posible leer en su rostro cada letra que 

trazaba su pluma.

Si le hubieran dado una recompensa a su celo tal vez, con gran asombro por su parte, 

hubiera conseguido ser ya consejero de Estado. Pero, como decían sus compañeros 

bromistas, en vez de una condecoración de ojal, tenía hemorroides en los riñones. Por 

otra parte, no se puede afirmar que no se le hiciera ningún caso. En cierta ocasión, un 

director, hombre bondadoso, deseando recompensarle por sus largos servicios, ordenó 

que le diesen un trabajo de mayor importancia que el suyo, que consistía en copiar 

simples documentos. Se le encargó que redactara, a base de un expediente, un 

informe que había de ser elevado a otro departamento. Su trabajo consistía sólo en 

cambiar el título y sustituir el pronombre de primera persona por el de tercera. Esto 

le dio tanto trabajo, que, todo sudoroso, no hacía más que pasarse la mano por la 

frente, hasta que por fin acabó por exclamar:

-No; será mejor que me dé a copiar algo, como hacía antes. Y desde entonces le 

dejaron para siempre de copista. Fuera de estas copias, parecía que en el mundo no 

existía nada para él. Nunca

pensaba en su traje. Su uniforme no era verde, sino que había adquirido un color de 

harina que tiraba a rojizo. Llevaba un cuello estrecho y bajo, y, a pesar de que tenía el 

cuello corto, éste sobresalía mucho y parecía exageradamente largo, como el de los 

gatos de yeso que mueven la cabeza y que llevan colgando, por docenas, los artesanos.

Y siempre se le quedaba algo pegado al traje, bien un poco de heno, o bien un hilo. 

Además. tenía la mala suerte, la desgracia, de que al pasar siempre por debajo de las 

ventanas lo hacía en el preciso momento en que arrojaban basuras a la calle. Y por 

eso, en todo momento, llevaba en el sombrero alguna cáscara de melón o de sandía o 

cosa parecida. Ni una sola vez en la vida prestó atención a lo que ocurría diariamente 

7

background image

en las calles, cosa que no dejaba de advertir su colega, el joven funcionario, a quien, 

aguzando de modo especial su mirada, penetrante y atrevida, no se le escapaba nada 

de cuanto pasara por la acera de enfrente, ora fuese alguna persona que llevase los 

pantalones de

trabillas, pero un poco gastados, ora otra cosa cualquiera, todo lo cual hacía asomar 

siempre a su rostro una sonrisa maliciosa.

Pero Akakiy Akakievich, adonde quiera que mirase, siempre veía los renglones 

regulares de su letra limpia y correcta. Y sólo cuando se le ponía sobre el hombro el 

hocico de algún caballo, y éste le soplaba en la mejilla con todo vigor, se daba cuenta 

de que no estaba en medio de una línea, sino en medio de la calle.

Al llegar a su casa se sentaba en seguida a la mesa, tomaba rápidamente la sopa de 

schi, y después comía un pedazo de carne de vaca con cebollas, sin reparar en su 

sabor. Era capaz de comerlo con moscas y con todo aquello que Dios añadía por 

aquel entonces. Cuando notaba que el estómago empezaba a llenársele, se levantaba 

de la mesa, cogía un tintero pequeño y empezaba a copiar los papeles que había 

llevado a casa. Cuando no tenía trabajo, hacía alguna copia para él, por mero placer, 

sobre todo si se trataba de algún documento especial, no por la belleza del estilo, sino 

porque fuese dirigido a alguna persona nueva de relativa importancia.

Cuando el cielo gris de Petersburgo oscurece totalmente y toda la población de 

empleados se ha saciado cenando de acuerdo con sus sueldos y gustos particulares; 

cuando todo el mundo descansa, procurando olvidarse del rasgar de las plumas en las 

oficinas, de los vaivenes, de las ocupaciones propias y ajenas y de todas las molestias 

que se toman voluntariamente los hombres inquietos y a menudo sin necesidad; 

cuando los empleados gastan el resto del tiempo divirtiéndose unos, los más 

animados, asistiendo a algún teatro, otros saliendo a la calle, para observar ciertos 

sombreritos y las modas últimas, quiénes acudiendo a alguna reunión en donde se 

prodiguen cumplidos a lindas muchachas o a alguna en especial, que se considera 

como estrella en este limitado círculo de empleados, y quiénes, los más numerosos, 

yendo simplemente a casa de un compañero, que vive en un cuarto o tercer piso 

compuesto de dos pequeñas habitaciones y un vestíbulo o cocina, con objetos 

modernos, que denotan casi siempre afectación, una lámpara o cualquier otra cosa 

adquirida a costa de muchos sacrificios, renunciamientos y privaciones a cenas o 

recreos. En una palabra: a la hora en que todos los empleados se dispersan por las 

pequeñas viviendas de sus amigos para jugar al whist y tomar algún que otro vaso de 

té con pan tostado de lo más barato y fumar una larga pipa, tragando grandes 

bocanadas de humo y, mientras se distribuían las cartas, contar historias escandalosas 

del gran mundo a lo que un ruso no puede renunciar nunca, sea cual sea su 

condición, y cuando no había nada que referir, repetir

la vieja anécdota acerca del comandante a quien vinieron a decir que habían cortado 

la cola del caballo de la estatua de Pedro el Grande, de Falconet...; en suma, a la hora 

en que todos procuraban divertirse de alguna forma, Akakiy Akakievich no se 

entregaba a diversión alguna.

Nadie podía afirmar haberle visto siquiera una sola vez en alguna reunión. Después 

de haber copiado a gusto, se iba a dormir, sonriendo y pensando de antemano en el 

día siguiente. ¿Qué le iba a traer Dios para copiar mañana?

8

background image

Y así transcurría la vida de este hombre apacible, que, cobrando un sueldo de 

cuatrocientos rublos al año, sabía sentirse contento con su destino. Tal vez hubiera 

llegado a muy viejo, a no ser por las desgracias que sobrevienen en el curso de la vida, 

y esto no sólo a los consejeros de Estado, sino también a los privados e incluso a 

aquellos que no dan consejos a nadie ni de nadie los aceptan.

Existe en Petersburgo un enemigo terrible de todos aquellos que no reciben más de 

cuatrocientos rublos anuales de sueldo. Este enemigo no es otro que nuestras heladas 

nórdicas, aunque, por lo demás, se dice que son muy sanas. Pasadas las ocho, la hora 

en que van a la oficina los diferentes empleados del Estado, el frío punzante e intenso 

ataca de tal forma los narices sin elección de ninguna especie, que los pobres 

empleados no saben cómo resguardarse. A estas horas, cuando a los más altos 

dignatarios les duele la cabeza de frío y las lágrimas les saltan de los ojos, los pobres 

empleados, los consejeros titulares, se encuentran a veces indefensos. Su única 

salvación consiste en cruzar lo más rápidamente posible las cinco o seis calles, 

envueltos en sus ligeros abrigos, y luego detenerse en la conserjería, pateando 

enérgicamente, hasta que se deshielan todos los talentos y capacidades de oficinistas 

que se helaron en el camino.

Desde hacía algún tiempo, Akakiy Akakievich sentía un dolor fuerte y punzante en la 

espalda y en el hombro, a pesar de que procuraba medir lo más rápidamente posible 

la distancia habitual de su casa al departamento. Se le ocurrió al fin pensar si no 

tendría la culpa de ello su abrigo. Lo examinó minuciosamente en casa y comprobó 

que precisamente en la espalda y en los hombros la tela clareaba, pues el paño estaba 

tan gastado, que podía verse a través de él. Y el forro se deshacía de tanto uso.

Conviene saber que el abrigo de Akakiy Akakievich también era blanco de las burlas 

de los funcionarios. Hasta le habían quitado el nombre noble de abrigo y le llamaban 

bata. En efecto, este abrigo había ido tomando una forma muy curiosa; el cuello 

disminuía

cada año más y más, porque servía para remendar el resto. Los remiendos no 

denotaban la mano hábil de un sastre, ni mucho menos, y ofrecían un aspecto tosco y 

antiestético. Viendo en qué estado se encontraba su abrigo, Akakiy Akakievich 

decidió llevarlo a Petrovich, un sastre que vivía en un cuarto piso interior, y que, a 

pesar de ser bizco y picado de viruelas, revelaba bastante habilidad en remendar 

pantalones y fraques de funcionarios y de otros caballeros, claro está, cuando se 

encontraba tranquilo y sereno y no tramaba en su cabeza alguna otra empresa.

Es verdad que no haría falta hablar de este sastre; mas como es costumbre en cada 

narración esbozar fielmente el carácter de cada personaje, no queda otro remedio 

que presentar aquí a Petrovich.

Al principio, cuando aún era siervo y hacía de criado, se llamaba Gregorio a secas. 

Tomó el nombre de Petrovich al conseguir la libertad, y al mismo tiempo empezó a 

emborracharse los días de fiesta, al principio solamente los grandes y luego continuó 

haciéndolo, indistintamente, en todas las fiestas de la Iglesia, dondequiera que 

encontrase alguna cruz en el calendario. Por ese lado permanecía fiel a las costumbres 

de sus abuelos, y riñendo con su mujer, la llamaba impía y alemana.

Ya que hemos mencionado a su mujer, convendría decir algunas palabras acerca de 

ella. Desgraciadamente, no se sabía nada de la misma, a no ser que era esposa de 

9

background image

Petrovich y que se cubría la cabeza con un gorrito y no con un pañuelo. Al parecer, 

no podía enorgullecerse de su belleza; a lo sumo, algún que otro soldado de la guardia 

es muy posible que si se cruzase con ella por la calle le echase alguna mirada debajo 

del gorro, acompañada de un extraño movimiento de la boca y de los bigotes con un 

curioso sonido inarticulado .

Subiendo la escalera que conducía al piso del sastre, que, por cierto, estaba empapada 

de agua sucia y de desperdicios, desprendiendo un olor a aguardiente que hacía daño 

al olfato y que, como es sabido, es una característica de todos los pisos interiores de las 

casas petersburguesas; subiendo la escalera, pues, Akakiy Akakievich reflexionaba 

sobre el precio que iba a cobrarle Petrovich, y resolvió no darle más de dos rublos.

La puerta estaba abierta, porque la mujer de Petrovich, que en aquel preciso 

momento freía pescado, había hecho tal humareda en la cocina, que ni siquiera se 

podían ver las cucarachas. Akakiy Akakievich atravesó la cocina sin ser visto por la 

mujer y llegó a la habitación, donde se encontraba Petrovich sentado en una ancha 

mesa de madera con

las piernas cruzadas, como un bajá, y descalzo, según costumbre de los sastres cuando 

están trabajando. Lo primero que llamaba la atención era el dedo grande, bien 

conocido de Akakiy Akakievich por la uña destrozada, pero fuerte y firme, como la 

concha de una tortuga. Llevaba al cuello una madeja de seda y de hilo y tenía sobre 

las rodillas una prenda de vestir destrozada. Desde hacía tres minutos hacía lo 

imposible por enhebrar una aguja, sin conseguirlo, y por eso echaba pestes contra la 

oscuridad y luego contra el hilo, murmurando entre dientes:

-¡Te vas a decidir a pasar, bribona! ¡Me estás haciendo perder la paciencia, granuja!

Akakiy Akakievich estaba disgustado por haber llegado en aquel preciso momento en 

que Petrovich se hallaba encolerizado. Prefería darle un encargo cuando el sastre 

estuviese algo menos batallador, más tranquilo, pues, como decía su esposa, ese 

demonio tuerto se apaciguaba con el aguardiente ingerido. En semejante estado, 

Petrovich solía mostrarse muy complaciente y rebajaba de buena gana, más aún, 

daba las gracias y hasta se inclinaba respetuosamente ante el cliente. Es verdad que 

luego venía la mujer llorando y decía que su marido estaba borracho y por eso había 

aceptado el trabajo a bajo precio. Entonces se le añadían diez kopeks más, y el asunto 

quedaba resuelto. Pero aquel día Petrovich parecía no estar borracho y por eso se 

mostraba terco, poco hablador y dispuesto a pedir precios exorbitantes.

Akakiy Akakievich se dio cuenta de todo esto y quiso, como quien dice, tomar las de 

Villadiego; pero ya no era posible. Petrovich clavó en él su ojo torcido y Akakiy 

Akakievich dijo sin querer:

-¡Buenos días, Petrovich!

-¡Muy buenos los tenga usted también! -respondió Petrovich, mirando de soslayo las 

manos de Akakiy Akakievich para ver qué clase de botín traía éste.

-Vengo a verte, Petrovich, pues yo...

Conviene saber que Akakiy Akakievich se expresaba siempre por medio de 

preposiciones, adverbios y partículas gramaticales que no tienen ningún significado. 

Si el asunto en cuestión era muy delicado, tenía la costumbre de no terminar la frase, 

de modo que a menudo empezaba por las palabras: «Es verdad, justamente eso...», y 

después no seguía nada y él mismo se olvidaba, pensando que lo había dicho todo.

10

background image

-¿Qué quiere, pues? -le preguntó Petrovich, inspeccionando en aquel instante con su 

único ojo todo el uniforme, el cuello, las mangas, la espalda, los faldones y los ojales, 

que conocía muy bien, ya que era su propio trabajo.

Esta es la costumbre de todos los sastres y es lo primero que hizo Petrovich.

-Verás, Petrovich...; yo quisiera que... este abrigo..; mira el paño...; ¿ves?, por todas 

partes está fuerte..., sólo que está un poco cubierto de polvo, parece gastado; pero en 

realidad está nuevo, sólo una parte está un tanto..., un poquito en la espalda y 

también algo gastado en el hombro y un poco en el otro hombro... Mira, eso es 

todo... No es mucho trabajo...

Petrovich tomó el abrigo, lo extendió sobre la mesa y lo examinó detenidamente. 

Después meneó la cabeza y extendió la mano hacia la ventana para coger su 

tabaquera redonda con el retrato de un general, cuyo nombre no se podía precisar, 

puesto que la parte donde antes se viera la cara estaba perforada por el dedo y tapada 

ahora con un pedazo rectangular de papel. Después de tomar una pulgada de rapé, 

Petrovich puso el abrigo al trasluz y volvió a menear la cabeza. Luego lo puso al revés 

con el forro hacia afuera, y de nuevo meneó la cabeza; volvió a levantar la tapa de la 

tabaquera adornada con el retrato del general y arreglada con aquel pedazo de papel, 

e introduciendo el rapé en la nariz, cerró la tabaquera y se la guardó, diciendo por 

fin:

-Aquí no se puede arreglar nada. Es una prenda gastada. Al oír estas palabras, el 

corazón se le oprimió al pobre Akakiy Akakievich. -¿Por qué no es posible, Petrovich? 

-preguntó con voz suplicante de niño-. Sólo esto

de los hombros está estropeado y tú tendrás seguramente algún pedazo... -Sí, en 

cuanto a los pedazos se podrían encontrar -dijo Petrovich-; sólo que no se

pueden poner, pues el paño está completamente podrido y se deshará en cuanto se 

toque con la aguja.

-Pues que se deshaga, tú no tiene más que ponerle un remiendo.

-No puedo poner el remiendo en ningún sitio, no hay dónde fijarlo, además, sería un 

remiendo demasiado grande. Esto ya no es paño; un golpe de viento basta para 

arrancarlo.

-Bueno, pues refuérzalo...; como no..., efectivamente, eso es...

-No -dijo Petrovich con firmeza-; no se puede hacer nada. Es un asunto muy malo. 

Será mejor que se haga con él unas onuchkas para cuando llegue el invierno y 

empiece a hacer frío, porque las medias no abrigan nada, no son más que un invento 

de los alemanes para hacer dinero -Petrovich aprovechaba gustoso la ocasión para 

meterse con los alemanes-. En cuanto al abrigo, tendrá que hacerse otro nuevo.

Al oír la palabra nuevo, Akakiy Akakievich sintió que se le nublaba la vista y le 

pareció que todo lo que había en la habitación empezaba a dar vueltas. Lo único que 

pudo ver claramente era el semblante del general tapado con el papel en la tabaquera 

de Petrovich.

-¡Cómo uno nuevo! -murmuró como en sueño-. Si no tengo dinero para ello. -Sí; uno 

nuevo -repitió Petrovich con brutal tranquilidad. -...Y de ser nuevo..., ¿cuánto sería...? 

-¿Que cuánto costaría?

-Sí.

11

background image

-Pues unos ciento cincuenta rublos -contestó Petrovich, y al decir esto apretó los 

labios.

Era muy amigo de los efectos fuertes y le gustaba dejar pasmado al cliente y luego 

mirar de soslayo para ver qué cara de susto ponía al oír tales palabras.

-¡Ciento cincuenta rublos por el abrigo! -exclamó el pobre Akakiy Akakievich.

Quizá por primera vez se le escapaba semejante grito, ya que siempre se distinguía 

por su voz muy suave.

-Sí -dijo Petrovich-. Y además, ¡qué abrigo! Si se le pone un cuello de marta y se le 

forra el capuchón con seda, entonces vendrá a costar hasta doscientos rublos.

-¡Por Dios, Petrovich! -le dijo Akakiy Akakievich con voz suplicante, sin escuchar, es 

decir, esforzándose en no prestar atención a todas sus palabras y efectos-. Arréglalo 

como sea para que sirva todavía algún tiempo.

-¡No! Eso sería tirar el trabajo y el dinero... -repuso Petrovich.

Y tras aquellas palabras, Akakiy Akakievich quedó completamente abatido y se 

marchó. Mientras tanto, Petrovich permaneció aun largo rato en pie, con los labios 

expresivamente apretados, sin comenzar su trabajo, satisfecho de haber sabido 

mantener su propia dignidad y de no haber faltado a su oficio.

Cuando Akakiy Akakievich salió a la calle se hallaba como en un sueño.

«¡Qué cosa! -decía para sí-. Jamás hubiera pensado que iba a terminar así...¡Vaya! - 

exclamó después de unos minutos de silencio-. ¡He aquí al extremo que hemos 

llegado! La verdad es que yo nunca podía suponer que llegara a esto... -y después de 

otro largo silencio, terminó diciendo-: ¡Pues así es! ¡Esto sí que es inesperado!... ¡Qué 

situación! ...»

Dicho esto, en vez de volver a su casa se fue, sin darse cuenta, en dirección contraria. 

En el camino tropezó con un deshollinador, que, rozándole el hombro, se lo manchó 

de negro; del techo de una casa en construcción le cayó una respetable cantidad de 

cal; pero él no se daba cuenta de nada. Sólo cuando se dio de cara con un guardia, 

que habiendo colocado la alabarda junto a él echaba rapé de la tabaquera en su 

palma callosa, se dio cuenta porque el guardia le gritó:

-¿Por qué te metes debajo de mis narices? ¿Acaso no tienes la acera?

Esto le hizo mirar en torno suyo y volver a casa. Solamente entonces empezó a 

reconcentrar sus pensamientos, y vio claramente la situación en que se hallaba y 

comenzó a monologar consigo mismo, no en forma incoherente, sino con lógica y 

franqueza, como si hablase con un amigo inteligente a quien se puede confiar lo más 

íntimo de su corazón

-No -decía Akakiy Akakievich-; ahora no se puede hablar con Petrovich, pues está 

algo...; su mujer debe de haberle proporcionado una buena paliza. Será mejor que 

vaya a verle un domingo por la mañana; después de la noche del sábado estará medio 

dormido, bizqueando, y deseará beber para reanimarse algo, y como su mujer no le 

habrá dado dinero, yo le daré una moneda de diez kopeks y él se volverá más tratable 

y arreglará el abrigo...

Y esta fue la resolución que tomó Akakiy Akakievich. Y procurando animarse, esperó 

hasta el domingo. Cuando vio salir a la mujer de Petrovich, fue directamente a su 

casa. En efecto, Petrovich, después de la borrachera de la víspera, estaba más bizco 

que nunca, tenía la cabeza inclinada y estaba medio dormido; pero con todo eso, en 

12

background image

cuanto se enteró de lo que se trataba, exclamó como si le impulsara el propio 

demonio:

-¡No puede ser! ¡Haga el favor de mandarme hacer otro abrigo!

Y entonces fue cuando Akakiy Akakievich le metió en la mano la moneda de diez 

kopeks.

-Gracias, señor; ahora podré reanimarme un poco bebiendo a su salud -dijo 

Petrovich-. En cuanto al abrigo, no debe pensar más en él, no sirve para nada. Yo le 

haré uno estupendo.., se lo garantizo.

Akakiy Akakievich volvió a insistir sobre el arreglo; pero Petrovich no le quiso 

escuchar.

-Le haré uno nuevo, magnífico... Puede contar conmigo; lo haré lo mejor que pueda. 

Incluso podrá abrochar el cuello con corchetes de plata, según la última moda.

Sólo entonces vio Akakiy Akakievich que no podía pasarse sin un nuevo abrigo y 

perdió el ánimo por completo.

Pero ¿cómo y con qué dinero iba a hacérselo? Claro, podía contar con un aguinaldo 

que le darían en las próximas fiestas. Pero este dinero lo había distribuido ya desde 

hace tiempo con un fin determinado. Era preciso encargar unos pantalones nuevos y 

pagar al zapatero una vieja deuda por las nuevas punteras en un par de botas viejas, y, 

además, necesitaba encargarse tres camisas y dos prendas de ropa de esas que se 

considera poco decoroso nombrarlas por su propio nombre. Todo el dinero estaba 

distribuido de antemano, y aunque el director se mostrara magnánimo y concediese 

un aguinaldo de cuarenta y cinco a cincuenta rublos, sería solo una pequeñez en 

comparación con el capital necesario para el abrigo, era una gota de agua en el 

océano. Aunque, claro, sabía que a Petrovich le daba a veces no sé qué locura y 

entonces pedía precios tan exorbitantes, que incluso su mujer no podía contenerse y 

exclamaba:

-¡Te has vuelto loco, grandísimo tonto! Unas veces trabajas casi gratis y ahora tienes 

la desfachatez de pedir un precio que tú mismo no vales.

Por otra parte, Akakiy Akakievich sabía que Petrovich consentiría en hacerle el abrigo 

por ochenta rublos. Pero, de todas maneras, ¿dónde hallar esos ochenta rublos ? La 

mitad quizá podría conseguirla, y tal vez un poco más. Pero ¿y la otra mitad?...

Pero antes el lector ha de enterarse de dónde provenía la primera mitad. Akakiy 

Akakievich tenía la costumbre de echar un kopek siempre que gastaba un rublo, en 

un pequeño cajón, cerrándolo con llave, cajón que tenía una ranura ancha para hacer 

pasar el dinero. Al cabo de cada medio año hacía el recuento de esta pequeña 

cantidad de monedas de cobre y las cambiaba por otras de plata. Practicaba este 

sistema desde hacía mucho tiempo y de esta manera, al cabo de unos años, ahorró 

una suma superior a cuarenta rublos. Así, pues, tenía en su poder la mitad, pero ¿y la 

otra mitad? ¿Dónde conseguir los cuarenta rublos restantes?

Akakiy Akakievich pensaba, pensaba, y finalmente llegó a la conclusión de que era 

preciso reducir los gastos ordinarios por lo menos durante un año, o sea dejar de 

tomar té todas las noches, no encender la vela por la noche, y si tenía que copiar algo, 

ir a la habitación de la patrona para trabajar a la luz de su vela. También sería 

preciso al andar por la calle pisar lo más suavemente posible las piedras y baldosas e 

incluso hasta ir casi de puntillas para no gastar demasiado rápidamente las suelas, dar 

13

background image

a lavar la ropa a la lavandera también lo menos posible. Y para que no se gastara, 

quitársela al volver a

casa y ponerse sólo la bata, que estaba muy vieja, pero que, afortunadamente, no 

había sido demasiado maltratada por el tiempo.

Hemos de confesar que al principio le costó bastante adaptarse a estas privaciones, 

pero después se acostumbró y todo fue muy bien. Incluso hasta llegó a dejar de cenar; 

pero, en cambio, se alimentaba espiritualmente con la eterna idea de su futuro abrigo. 

Desde aquel momento diríase que su vida había cobrado mayor plenitud; como si se 

hubiera casado o como si otro ser estuviera siempre en su presencia, como si ya no 

fuera solo, sino que una querida compañera hubiera accedido gustosa a caminar con 

él por el sendero de la vida. Y esta compañera no era otra, sino... el famoso abrigo, 

guateado con un forro fuerte e intacto. Se volvió más animado y de carácter más 

enérgico, como un hombre que se ha propuesto un fin determinado. La duda e 

irresolución desaparecieron en la expresión de su rostro, y en sus acciones también 

todos aquellos rasgos de vacilación e indecisión. Hasta a veces en sus ojos brillaba 

algo así como una llama, y los pensamientos más audaces y temerarios surgían en su 

mente: «¿Y si se encargase un cuello de marta?» Con estas reflexiones por poco se 

vuelve distraído. Una vez estuvo a punto de hacer una falta, de modo que exclamó 

«¡Ay!», y se persignó. Por lo menos una vez al mes iba a casa de Petrovich para hablar 

del abrigo y consultarle sobre dónde sería mejor comprar el paño, y de qué color y de 

qué precio, y siempre volvía a casa algo preocupado, pero contento al pensar que al 

fin iba a llegar el día en que, después de comprado todo, el abrigo estaría listo. El 

asunto fue más de prisa de lo que había esperado y supuesto. Contra toda suposición, 

el director le dio un aguinaldo, no de cuarenta o cuarenta y ocho rublos, sino de 

sesenta rublos. Quizá presintió que Akakiy Akakievich necesitaba un abrigo o quizá 

fue solamente por casualidad; el caso es que Akakiy Akakievich se enriqueció de 

repente con veinte rublos más. Esta circunstancia aceleró el asunto. Después de otros 

dos o tres meses de pequeños ayunos consiguió reunir los ochenta rublos. Su corazón, 

por lo general tan apacible, empezó a latir precipitadamente. Y ese mismo día fue a 

las tiendas en compañía de Petrovich. Compraron un paño muy bueno -¡y no es de 

extrañar!-; desde hacía más de seis meses pensaban en ello y no dejaban pasar un mes 

sin ir a las tiendas para cerciorarse de los precios. Y así es que el mismo Petrovich no 

dejó de reconocer que era un paño inmejorable. Eligieron un forro de calidad tan 

resistente y fuerte, que según Petrovich era mejor que la seda y le aventajaba en 

elegancia y brillo No compraron marta porque, en efecto, era muy cara; pero, en 

cambio, escogieron la

más hermosa piel de gato que había en toda la tienda y que de lejos fácilmente se 

podía tomar por marta.

Petrovich tardó unas dos semanas en hacer el abrigo, pues era preciso pespuntear 

mucho; a no ser por eso lo hubiera terminado antes. Por su trabajo cobró doce rublos, 

menos ya no podía ser. Todo estaba cosido con seda y a dobles costuras, que el sastre 

repasaba con sus propios dientes estampando en ellas variados arabescos.

Por fin, Petrovich le trajo el abrigo. Esto sucedió..., es difícil precisar el día; pero de 

seguro que fue el más solemne en la vida de Akakiy Akakievich. Se lo trajo por la 

mañana, precisamente un poco antes de irse él a la oficina. No habría podido llegar 

14

background image

en un momento más oportuno, pues ya el frío empezaba a dejarse sentir con 

intensidad y amenazaba con volverse aún más punzante. Petrovich apareció con el 

abrigo como conviene a todo buen sastre. Su cara reflejaba una expresión de dignidad 

que Akakiy Akakievich jamás le había visto. Parecía estar plenamente convencido de 

haber realizado una gran obra y se le había revelado con toda claridad el abismo de 

diferencia que existe entre los sastres que sólo hacen arreglos y ponen forros y 

aquellos que confeccionan prendas nuevas de vestir.

Sacó el abrigo, que traía envuelto en un pañuelo recién planchado; sólo después 

volvió a doblarlo y se lo guardó en el bolsillo para su uso particular. Una vez 

descubierto el abrigo, lo examinó con orgullo, y cogiéndolo con ambas manos lo echó 

con suma habilidad sobre los hombros de Akakiy Akakievich. Luego, lo arregló, 

estirándolo un poco hacia abajo. Se lo ajustó perfectamente, pero sin abrocharlo. 

Akakiy Akakievich, como hombre de edad madura, quiso también probar las mangas. 

Petrovich le ayudó a hacerlo, y he aquí que aun así el abrigo le sentaba 

estupendamente. En una palabra: estaba hecho a la perfección. Petrovich aprovechó 

la ocasión para decirle que si se lo había hecho a tan bajo precio era sólo porque vivía 

en un piso pequeño, sin placa, en una calle lateral y porque conocía a Akakiy 

Akakievich desde hacía tantos años. Un sastre de la perspectiva Nevski sólo por el 

trabajo le habría cobrado setenta y cinco rublos Akakiy Akakievich no tenía ganas de 

tratar de ello con Petrovich, temeroso de las sumas fabulosas de las que el sastre solía 

hacer alarde. Le pagó, le dio las gracias y salió con su nuevo abrigo camino de la 

oficina.

Petrovich salió detrás de él y, parándose en plena calle, le siguió largo rato con la 

mirada, absorto en la contemplación del abrigo. Después, a propósito, pasó corriendo 

por una callejuela tortuosa y vino a dar a la misma calle para mirar otra vez el abrigo 

del

otro lado, es decir, cara a cara. Mientras tanto, Akakiy Akakievich seguía caminando 

con aire de fiesta. A cada momento sentía que llevaba un abrigo nuevo en los 

hombros y hasta llegó a sonreírse varias veces de íntima satisfacción. En efecto, tenía 

dos ventajas: primero, porque el abrigo abrigaba mucho, y segundo, porque era 

elegante. El camino se le hizo cortísimo, ni siquiera se fijó en él y de repente se 

encontró en la oficina. Dejó el abrigo en la conserjería y volvió a mirarlo por todos los 

lados, rogando al conserje que tuviera especial cuidado con él.

No se sabe cómo, pero al momento, en la oficina, todos se enteraron de que Akakiy 

Akakievich tenía un abrigo nuevo y que el famoso batín había dejado de existir. En el 

acto todos salieron a la conserjería para ver el nuevo abrigo de Akakiy Akakievich. 

Empezaron a felicitarle cordialmente de tal modo, que no pudo por menos de 

sonreírse: pero luego acabó por sentirse algo avergonzado. Pero cuando todos se 

acercaron a él diciendo que tenía que celebrar el estreno del abrigo por medio de un 

remojón y que, por lo menos, debía darles una fiesta, el pobre Akakiy Akakievich se 

turbó por completo y no supo qué responder ni cómo defenderse. Sólo pasados unos 

minutos y poniéndose todo colorado intentó asegurarles, en su simplicidad, que no 

era un abrigo nuevo, sino uno viejo.

Por fin, uno de los funcionarios, ayudante del Jefe de oficina, queriendo demostrar sin 

duda alguna que no era orgulloso y sabía tratar con sus inferiores, dijo:

15

background image

-Está bien, señores; yo daré la fiesta en lugar de Akakiy Akakievich y les convido a 

tomar el té esta noche en mi casa. Precisamente hoy es mi cumpleaños.

Los funcionarios, como hay que suponer, felicitaron al ayudante del jefe de oficina y 

aceptaron muy gustosos la invitación. Akakiy Akakievich quiso disculparse, pero todos 

le interrumpieron diciendo que era una descortesía, que debería darle vergüenza y 

que no podía de ninguna manera rehusar la invitación.

Aparte de eso, Akakiy Akakievich después se alegró al pensar que de este modo 

tendría ocasión de lucir su nuevo abrigo también por la noche.

Se puede decir que todo aquel día fue para él una fiesta grande y solemne.

Volvió a casa en un estado de ánimo de lo más feliz, se quitó el abrigo y lo colgó 

cuidadosamente en una percha que había en la pared, deleitándose una vez más al 

contemplar el paño y el forro y, a propósito, fue a buscar el viejo abrigo, que estaba a 

punto de deshacerse, para compararlo. Lo miró y hasta se echó a reír. Y aun después, 

mientras comía, no pudo por menos de sonreírse al pensar en el estado en que se

hallaba el abrigo. Comió alegremente y luego, contrariamente a lo acostumbrado, no 

copió ningún documento. Por el contrario, se tendió en la cama, cual verdadero 

sibarita, hasta el oscurecer. Después, sin más demora, se vistió, se puso el abrigo y 

salió a la calle.

Desgraciadamente, no pudo recordar de momento dónde vivía el funcionario 

anfitrión; la memoria empezó a flaquearle, y todo cuanto había en Petersburgo, sus 

calles y sus casas se mezclaron de tal suerte en su cabeza, que resultaba difícil sacar de 

aquel caos algo más o menos ordenado. Sea como fuera, lo seguro es que el 

funcionario vivía en la parte más elegante de la ciudad, o sea lejos de la casa de 

Akakiy Akakievich. Al principio tuvo que caminar por calles solitarias escasamente 

alumbradas, pero a medida que iba acercándose a la casa del funcionario, las calles se 

veían más animadas y mejor alumbradas. Los transeúntes se hicieron más numerosos 

y también las señoras estaban ataviadas elegantemente. Los hombres llevaban cuellos 

de castor y ya no se veían tanto los veñkas con sus trineos de madera con rejas 

guarnecidas de clavos dorados; en cambio, pasaban con frecuencia elegantes trineos 

barnizados, provistos de pieles de oso y conducidos por cocheros tocados con gorras 

de terciopelo color frambuesa, o se veían deslizarse, chirriando sobre la nieve, 

carrozas con los pescantes sumamente adornados.

Para Akakiy Akakievich todo esto resultaba completamente nuevo; hacía varios años 

que no había salido de noche por la calle.

Todo curioso, se detuvo delante del escaparate de una tienda, ante un cuadro que 

representaba a una hermosa mujer que se estaba quitando el zapato, por lo que lucía 

una pierna escultural: a su espalda, un hombre con patillas y perilla, a estilo español, 

asomaba la cabeza por la puerta. Akakiy Akakievich meneó la cabeza sonriéndose y 

prosiguió su camino. ¿Por qué sonreiría? Tal vez porque se encontraba con algo 

totalmente desconocido, para lo que, sin embargo, muy bien pudiéramos asegurar 

que cada uno de nosotros posee un sexto sentido. Quizá también pensara lo que la 

mayoría de los funcionarios habrían pensado decir: «¡Ah, estos franceses! ¡No hay 

otra cosa que decir! Cuando se proponen una cosa, así ha de ser...» También puede 

ser que ni siquiera pensara esto, pues es imposible penetrar en el alma de un hombre 

y averiguar todo cuanto piensa.

16

background image

Por fin, llegó a la casa donde vivía el ayudante del jefe de oficina. Este llevaba un gran 

tren de vida; en la escalera había un farol encendido, y él ocupaba un cuarto en el

segundo piso. Al entrar en el recibimiento, Akakiy Akakievich vio en el suelo toda una 

fila de chanclos. En medio de ellos, en el centro de la habitación, hervía a borbotones 

el agua de un samovar esparciendo columnas de vapor. En las paredes colgaban 

abrigos y capas, muchas de las cuales tenían cuellos de castor y vueltas de terciopelo. 

En la habitación contigua se oían voces confusas, que de repente se tornaron claras y 

sonoras al abrirse la puerta para dar paso a un lacayo que llevaba una bandeja con 

vasos vacíos, un tarro de nata y una cesta de bizcochos. Por lo visto los funcionarios 

debían de estar reunidos desde hacía mucho tiempo y ya habían tomado el primer 

vaso de té. Akakiy Akakievich colgó él mismo su abrigo y entró en la habitación. Ante 

sus ojos desfilaron al mismo tiempo las velas, los funcionarios, las pipas y mesas de 

juego mientras que el rumor de las conversaciones que se oían por doquier y el ruido 

de las sillas sorprendían sus oídos.

Se detuvo en el centro de la habitación todo confuso, reflexionando sobre lo que tenía 

que hacer. Pero ya le habían visto sus colegas; le saludaron con calurosas 

exclamaciones y todos fueron en el acto al recibimiento para admirar nuevamente su 

abrigo. Akakiy Akakievich se quedó un tanto desconcertado; pero como era una 

persona sincera y leal no pudo por menos de alegrarse al ver cómo todos ensalzaban 

su abrigo.

Después, como hay que suponer, le dejaron a él y al abrigo y volvieron a las mesas de 

whist. Todo ello, el ruido, las conversaciones y la muchedumbre... le pareció un 

milagro. No sabía cómo comportarse ni qué hacer con sus manos, pies y toda su 

figura; por fin, acabó sentándose junto a los que jugaban: miraba tan pronto las cartas 

como los rostros de los presentes; pero al poco rato empezó a bostezar y a aburrirse, 

tanto más cuanto que había pasado la hora en la que acostumbraba acostarse.

Intentó despedirse del dueño de la casa; pero no le dejaron marcharse, alegando que 

tenía que beber una copa de champaña para celebrar el estreno del abrigo. Una hora 

después servían la cena: ensaladilla, ternera asada fría, empanadas, pasteles y 

champaña. A Akakiy Akakievich le hicieron tomar dos copas, con lo cual todo cuanto 

había en la habitación se le apareció bajo un aspecto mucho más risueño. Sin 

embargo, no consiguió olvidar que era media noche pasada y que era hora de volver 

a casa. Al fin, y para que al dueño de la casa no se le ocurriera retenerle otro rato, 

salió de la habitación sin ser visto y buscó su abrigo en el recibimiento, 

encontrándolo, con gran dolor, tirado en el suelo. Lo sacudió, le quitó las pelusas, se 

lo puso y, por último, bajó las escaleras.

Las calles estaban todavía alumbradas. Algunas tiendas de comestibles, eternos clubs 

de las servidumbres y otra gente, estaban aún abiertas; las demás estaban ya cerradas, 

pero la luz que se filtraba por entre las rendijas atestiguaba claramente que los 

parroquianos aún permanecían allí. Eran éstos sirvientes y criados que seguían con 

sus chismorreos, dejando a sus amos en la absoluta ignorancia de dónde se 

encontraban.

Akakiy Akakievich caminaba en un estado de ánimo de lo más alegre. Hasta corrió, 

sin saber por qué, detrás de una dama que pasó con la velocidad de un rayo, 

moviendo todas las partes del cuerpo. Pero se detuvo en el acto y prosiguió su camino 

17

background image

lentamente, admirándose él mismo de aquel arranque tan inesperado que había 

tenido.

Pronto se extendieron ante él las calles desiertas, siendo notables de día por lo poco 

animadas y cuanto más de noche. Ahora parecían todavía mucho más silenciosas y 

solitarias. Escaseaban los faroles, ya que por lo visto se destinaba poco aceite para el 

alumbrado; a lo largo de la calle, en que se veían casas de madera y verjas, no había 

un alma. Tan sólo la nieve centelleaba tristemente en las calles, y las cabañas bajas, 

con sus postigos cerrados, parecían destacarse aún más sombrías y negras. Akakiy 

Akakievich se acercaba a un punto donde la calle desembocaba en una plaza muy 

grande, en la que apenas si se podían ver las cosas del otro extremo y daba la 

sensación de un inmenso y desolado desierto.

A lo lejos, Dios sabe dónde, se vislumbraba la luz de una garita que parecía hallarse al 

fin del mundo. Al llegar allí, la alegría de Akakiy Akakievich se desvaneció por 

completo. Entró en la plaza no sin temor, como si presintiera algún peligro. Miró 

hacia atrás y en torno suyo: diríase que alrededor se extendía un inmenso océano. 

«¡No! ¡Será mejor que no mire!», pensó para sí, y siguió caminando con los ojos 

cerrados. Cuando los abrió para ver cuánto le quedaba aún para llegar al extremo 

opuesto de la plaza, se encontró casi ante sus propias narices con unos hombres 

bigotudos, pero no tuvo tiempo de averiguar más acerca de aquellas gentes. Se le 

nublaron los ojos y el corazón empezó a latirle precipitadamente.

-¡Pero si este abrigo es mío! -dijo uno de ellos con voz de trueno, cogiéndole por el 

cuello.

Akakiy Akakievich quiso gritar pidiendo auxilio, pero el otro le tapó la boca con el 

pañuelo, que era del tamaño de la cabeza de un empleado, diciéndole: «¡Ay de ti si 

gritas!»

Akakiy Akakievich sólo se dio cuenta de cómo le quitaban el abrigo y le daban un 

golpe con la rodilla que le hizo caer de espaldas en la nieve, en donde quedó tendido 

sin sentido.

Al poco rato volvió en sí y se levantó, pero ya no había nadie. Sintió que hacía mucho 

frío y que le faltaba el abrigo. Empezó a gritar, pero su voz no parecía llegar hasta el 

extremo de la plaza. Desesperado, sin dejar de gritar, echó a correr a través de la 

plaza directamente a la garita, junto a la cual había un guarda, que, apoyado en la 

alabarda, miraba con curiosidad, tratando de averiguar qué clase de hombre se le 

acercaba dando gritos.

Al llegar cerca de él, Akakiy Akakievich le gritó todo jadeante que no hacía más que 

dormir y que no vigilaba, ni se daba cuenta de cómo robaban a la gente. El guarda le 

contestó que él no había visto nada: sólo había observado cómo dos individuos le 

habían parado en medio de la plaza, pero creyó que eran amigos suyos. Añadió que 

haría mejor, en vez de enfurecerse en vano, en ir a ver a la mañana siguiente al 

inspector de policía, y que éste averiguaría sin duda alguna quién le había robado el 

abrigo.

Akakiy Akakievich volvió a casa en un estado terrible. Los cabellos que aún le 

quedaban en pequeña cantidad sobre las sienes y la nuca estaban completamente 

desordenados. Tenía uno de los costados, el pecho y los pantalones, cubiertos de 

nieve. Su vieja patrona, al oír cómo alguien golpeaba fuertemente en la puerta, saltó 

18

background image

fuera de la cama, calzándose sólo una zapatilla, y fue corriendo a abrir la puerta, 

cubriéndose pudorosamente con una mano el pecho, sobre el cual no llevaba más que 

una camisa. Pero al ver a Akakiy Akakievich retrocedió de espanto. Cuando él le 

contó lo que le había sucedido ella alzó los brazos al cielo y dijo que debía dirigirse 

directamente al Comisario del distrito y no al inspector, porque éste no hacía más que 

prometerle muchas cosas y dar largas al asunto. Lo mejor era ir al momento al 

Comisario del distrito, a quien ella conocía, porque Ana, la finlandesa que tuvo antes 

de cocinera, servía ahora de niñera en su casa, y que ella misma le veía a menudo, 

cuando pasaba delante de la casa. Además, todos los domingos, en la iglesia pudo 

observar que rezaba y al mismo tiempo miraba alegremente a todos, y todo en él 

denotaba que era un hombre de bien.

Después de oír semejante consejo se fue, todo triste, a su habitación. Cómo pasó la 

noche..., sólo se lo imaginarían quienes tengan la capacidad suficiente de ponerse en 

la situación de otro.

A la mañana siguiente, muy temprano, fue a ver al Comisario del distrito, pero le 

dijeron que aún dormía. Volvió a las diez y aún seguía durmiendo. Fue a las once, 

pero el Comisario había salido. Se presentó a la hora de la comida, pero los 

escribientes que estaban en la antesala no quisieron dejarle pasar e insistieron en 

saber qué deseaba, por qué venía y qué había sucedido. De modo que, en vista de los 

entorpecimientos, Akakiy Akakievich quiso, por primera vez en su vida, mostrarse 

enérgico, y dijo, en tono que no admitía réplicas, que tenía que hablar personalmente 

con el Comisario, que venía del Departamento del Ministerio para un asunto oficial y 

que, por tanto, debían dejarle pasar, y si no lo hacían, se quejaría de ello y les saldría 

cara la cosa. Los escribientes no se atrevieron a replicar y uno de ellos fue a 

anunciarle al Comisario.

Éste interpretó de un modo muy extraño el relato sobre el robo del abrigo. En vez de 

interesarse por el punto esencial empezó a preguntar a Akakiy Akakievich por qué 

volvía a casa a tan altas horas de la noche y si no habría estado en una casa 

sospechosa. De tal suerte, que el pobre Akakiy Akakievich se quedó todo confuso. Se 

fue sin saber si el asunto estaba bien encomendado. En todo el día no fue a la oficina 

(hecho sin precedente en su vida). Al día siguiente se presentó todo pálido y vestido 

con su viejo abrigo, que tenía el aspecto aún más lamentable. El relato del robo del 

abrigo -aparte de que no faltaron algunos funcionarios que aprovecharon la ocasión 

para burlarse- conmovió a muchos. Decidieron en seguida abrir una suscripción en 

beneficio suyo, pero el resultado fue muy exiguo, debido a que los funcionarios habían 

tenido que gastar mucho dinero en la suscripción para el retrato del director y para 

un libro que compraron a indicación del jefe de sección, que era amigo del autor. Así, 

pues, sólo consiguieron reunir una suma insignificante. Uno de ellos, movido por la 

compasión y deseos de darle por lo menos un buen consejo, le dijo que no se dirigiera 

al Comisario, pues suponiendo aún que deseara granjearse las simpatías de su 

superior y encontrar el abrigo, este permanecería en manos de la Policía hasta que 

lograse probar que era su legítimo propietario. Lo mejor sería, pues, que se dirigiera a 

una «alta personalidad», cuya mediación podría dar un rumbo favorable al asunto. 

Como no quedaba otro remedio, Akakiy Akakievich se decidió a acudir a la «alta 

personalidad».

19

background image

¿Quién era aquella «alta personalidad» y qué cargo desempeñaba? Eso es lo que 

nadie sabría decir. Conviene saber que dicha «alta personalidad» había llegado a ser 

tan sólo esto desde hacía algún tiempo, por lo que hasta entonces era por completo 

desconocido. Además su posición tampoco ahora se consideraba como muy 

importante en comparación con otras de mayor categoría. Pero siempre habrá 

personas que consideran como muy importante lo que los demás califican de 

insignificante. Además, recurriría a todos los medios para realzar su importancia. 

Decretó que los empleados subalternos le esperasen en la escalera hasta que llegase él 

y que nadie se presentara directamente a él sino que las cosas se realizaran con un 

orden de lo más riguroso. El registrador tenía que presentar la solicitud de audiencia 

al secretario del Gobierno, quien a su vez la transmitía al consejero titular o a quien 

se encontrase de categoría superior. Y de esta forma llegaba el asunto a sus manos. 

Así, en nuestra santa Rusia, todo está contagiado de la manía de imitar y cada cual se 

afana en imitar a su superior. Hasta cuentan que cierto consejero titular, cuando le 

ascendieron a director de una cancillería pequeña, en seguida se hizo separar su 

cuarto por medio de un tabique de lo que él llamaba «sala de reuniones». A la puerta 

de dicha sala colocó a unos conserjes con cuellos rojos y galones que siempre tenían la 

mano puesta sobre el picaporte para abrir la puerta a los visitantes, aunque en la 

«sala de reuniones» apenas si cabía un escritorio de tamaño regular.

El modo de recibir y las costumbres de la «alta personalidad» eran majestuosos e 

imponentes, pero un tanto complicados. La base principal de su sistema era la 

severidad. «Severidad, severidad, y... severidad», solía decir, y al repetir por tercera 

vez esta palabra dirigía una mirada significativa a la persona con quien estaba 

hablando aunque no hubiera ningún motivo para ello, pues los diez empleados que 

formaban todo el mecanismo gubernamental, ya sin eso estaban constantemente 

atemorizados. Al verle de lejos, interrumpían ya el trabajo y esperaban en actitud 

militar a que pasase el jefe. Su conversación con los subalternos era siempre severa y 

consistía sólo en las siguientes frases: «¿Cómo se atreve? ¿Sabe usted con quién 

habla ? ¿Se da usted cuenta? ¿Sabe a quién tiene delante?»

Por lo demás, en el fondo era un hombre bondadoso, servicial y se comportaba bien 

con sus compañeros, sólo que el grado de general le había hecho perder la cabeza. 

Desde el día en que le ascendieron a general se hallaba todo confundido, andaba 

descarriado y no sabía cómo comportarse. Si trataba con personas de su misma

categoría se mostraba muy correcto y formal y en muchos aspectos hasta inteligente. 

Pero en cuanto asistía a alguna reunión donde el anfitrión era tan sólo de un grado 

inferior al suyo, entonces parecía hallarse completamente descentrado. Permanecía 

callado y su situación era digna de compasión, tanto más cuanto él mismo se daba 

cuenta de que hubiera podido pasar el tiempo de una manera mucho más agradable. 

En sus ojos se leía a menudo el ardiente deseo de tomar parte en alguna conversación 

interesante o de juntarse a otro grupo, pero se retenía al pensar que aquello podía 

parecer excesivo por su parte o demasiado familiar, y que con ello rebajaría su 

dignidad. Y por eso permanecía eternamente solo en la misma actitud silenciosa, 

emitiendo de cuando en cuando un sonido monótono, con lo cual llegó a pasar por 

un hombre de lo más aburrido.

20

background image

Tal era la «alta personalidad» a quien acudió Akakiy Akakievich, y el momento que 

eligió para ello no podía ser más inoportuno para él; sin embargo, resultó muy 

oportuno para la «alta personalidad». Ésta se hallaba en su gabinete conversando 

muy alegremente con su antiguo amigo de la infancia, a quien no veía desde hacía 

muchos años, cuando le anunciaron que deseaba hablarle un tal Bachmachkin.

-¿Quién es? -preguntó bruscamente. -Un empleado. -¡Ah! ¡Que espere! Ahora no 

tengo tiempo -dijo la alta personalidad. Es preciso decir

que la alta personalidad mentía con descaro; tenía tiempo; los dos amigos ya habían 

terminado de hablar sobre todos los temas posibles, y la conversación había quedado 

interrumpida ya más de una vez por largas pausas, durante las cuales se propinaban 

cariñosas palmaditas, diciendo:

-Así es, Iván Abramovich. -En efecto, Esteban Varlamovich. Sin embargo, cuando 

recibió el aviso de que tenía visita, mandó que esperase el

funcionario, para demostrar a su amigo, que hacía mucho que estaba retirado y vivía 

en una casa de campo, cuánto tiempo hacía esperar a los empleados en la antesala. 

Por fin. después de haber hablado cuanto quisieron o, mejor dicho, de haber callado 

lo suficiente, acabaron de fumar sus cigarros cómodamente recostados en unos 

mullidos butacones, y entonces su excelencia pareció acordarse de repente de que 

alguien le esperaba, y dijo al secretario, que se hallaba en pie, junto a la puerta, con 

unos papeles para su informe:

-Creo que me está esperando un empleado. Dígale que puede pasar.

Al ver el aspecto humilde y el viejo uniforme de Akakiy Akakievich, se volvió hacia él 

con brusquedad y le dijo:

-¿Qué desea?

Pero todo esto con voz áspera y dura, que sin duda alguna había ensayado delante del 

espejo, a solas en su habitación, una semana antes que le nombraran para el nuevo 

cargo.

Akakiy Akakievich, que ya de antemano se sentía todo tímido, se azoró por completo. 

Sin embargo, trató de explicar como pudo o mejor dicho, con toda la fluidez de que 

era capaz su lengua, que tenía un abrigo nuevo y que se lo habían robado de un 

modo inhumano, añadiendo, claro está, más particularidades y más palabras 

innecesarias. Rogaba a su excelencia que intercediera por escrito... o así.... como 

quisiera.... con el jefe de la Policía u otra persona para que buscasen el abrigo y se lo 

restituyesen. Al general le pareció, sin embargo, que aquel era un procedimiento 

demasiado familiar, y por eso dijo bruscamente:

-Pero, ¡señor!, ¿no conoce usted el reglamento? ¿Cómo es que se presenta así? ¿Acaso 

ignora cómo se procede en estos asuntos? Primero debería usted haber hecho una 

instancia en la cancillería, que habría sido remitida al jefe del departamento, el cual la 

transmitiría al secretario y éste me la hubiera presentado a mí.

-Pero, excelencia... -dijo Akakiy Akakievich recurriendo a la poca serenidad que aún 

quedaba en él y sintiendo que sudaba de una manera horrible-. Yo, excelencia, me he 

atrevido a molestarle con este asunto porque los secretarios..., los secretarios... son 

gente de poca confianza..

21

background image

-¡Cómo! ¿Qué? ¿Qué dice usted?.-exclamó la «alta personalidad»-. ¿Cómo se atreve a 

decir semejante cosa? ¿De dónde ha sacado usted esas ideas? ¡Qué audacia tienen los 

jóvenes con sus superiores y con las autoridades!

Era evidente que la «alta personalidad» no había reparado en que Akakiy Akakievich 

había pasado de los cincuenta años, de suerte que la palabra «joven» sólo podía 

aplicársele relativamente, es decir, en comparación con un septuagenario.

-¿Sabe usted con quién habla? ¿Se da cuenta de quién tiene delante? ¿Se da usted 

cuenta, se da usted cuenta? ¡Le pregunto yo a usted!

Y dio una fuerte patada en el suelo y su voz se tornó tan cortante, que aun otro que 

no fuera Akakiy Akakievich se habría asustado también.

Akakiy Akakievich se quedó helado, se tambaleó, un estremecimiento le recorrió todo 

el cuerpo, y apenas si se pudo tener en pie. De no ser porque un guardia acudió a 

sostenerle, se hubiera desplomado. Le sacaron fuera casi desmayado.

Pero aquella «alta personalidad», satisfecha del efecto que causaron sus palabras, y 

que habían superado en mucho sus esperanzas, no cabía en sí de contento, al pensar 

que una palabra suya causaba tal impresión, que podía hacer perder el sentido a uno. 

Miró de reojo a su amigo, para ver lo que opinaba de todo aquello, y pudo 

comprobar, no sin gran placer, que su amigo se hallaba en una situación indefinible, 

muy próxima al terror.

Cómo bajó las escaleras Akakiy Akakievich y cómo salió a la calle, esto son cosas que 

ni él mismo podía recordar, pues apenas si sentía las manos y los pies. En su vida le 

habían tratado con tanta grosería, y precisamente un general y además un extraño. 

Caminaba en medio de la nevasca que bramaba en las calles, con la boca abierta, 

haciendo caso omiso de las aceras. El viento, como de costumbre en San Petersburgo, 

soplaba sobre él de todos los lados, es decir, de los cuatro puntos cardinales y desde 

todas las callejuelas. En un instante se resfrío la garganta y contrajo una angina. Llegó 

a casa sin poder proferir ni una sola palabra: tenía el cuerpo todo hinchado y se metió 

en la cama. ¡Tal es el efecto que puede producir a veces una reprimenda!

Al día siguiente amaneció con una fiebre muy alta. Gracias a la generosa ayuda del 

clima petersburgués, el curso de la enfermedad fue más rápido de lo que hubiera 

podido esperarse, y cuando llegó el médico y le cogió el pulso, únicamente pudo 

prescribirle fomentos, sólo con el fin de que el enfermo no muriera sin el benéfico 

auxilio de la medicina. Y sin más ni más, le declaró en el acto que le quedaban sólo 

un día y medio de vida. Luego se volvió hacia la patrona, diciendo:

-Y usted, madrecita, no pierda el tiempo: encargue en seguida un ataúd de madera de 

pino, pues uno de roble sería demasiado caro para él.

Ignoramos si Akakiy Akakievich oyó estas palabras pronunciadas acerca de su muerte, 

y en el caso de que las oyera, si llegaron a conmoverle profundamente y le hicieron 

quejarse de su Destino, ya que todo el tiempo permanecía en el delirio de la fiebre.

Visiones extrañas a cuál más curiosas se le aparecían sin cesar. Veía a Petrovich y le 

encargaba que le hiciese un abrigo con alguna trampa para los ladrones, que siempre 

creía tener debajo de la cama, y a cada instante llamaba a la patrona y le suplicaba 

que sacara un ladrón que se había escondido debajo de la manta; luego preguntaba 

por qué

22

background image

el abrigo viejo estaba colgado delante de él, cuando tenía uno nuevo. Otras veces 

creía estar delante del general, escuchando sus insultos y diciendo: «Perdón, 

excelencia.» Por último se puso a maldecir y profería palabras tan terribles, que la 

vieja patrona se persignó, ya que jamás en la vida le había oído decir nada semejante; 

además, estas palabras siguieron inmediatamente al título de excelencia. Después sólo 

murmuraba frases sin sentido, de manera que era imposible comprender nada. Sólo 

se podía deducir realmente que aquellas palabras e ideas incoherentes se referían 

siempre a la misma cosa: el abrigo. Finalmente, el pobre Akakiy Akakievich exhaló el 

último suspiro.

Ni la habitación ni sus cosas fueron selladas por la sencilla razón de que no tenía 

herederos y que sólo dejaba un pequeño paquete con plumas de ganso, un cuaderno 

de papel blanco oficial, tres pares de calcetines, dos o tres botones desprendidos de un 

pantalón y el abrigo que ya conoce el lector. ¡Dios sabe para quién quedó todo esto!

Reconozco que el autor de esta narración no se interesó por el particular. Se llevaron 

a Akakiy Akakievich y lo enterraron; San Petersburgo se quedó sin él como si jamás 

hubiera existido.

Así desapareció un ser humano que nunca tuvo quién le amparara, a quien nadie 

había querido y que jamás interesó a nadie. Ni siquiera llamó la atención del 

naturalista, quien no desprecia de poner en el alfiler una mosca común y examinarla 

en el microscopio. Fue un ser que sufrió con paciencia las burlas de sus colegas de 

oficina y que bajó a la tumba sin haber realizado ningún acto extraordinario; sin 

embargo, divisó, aunque sólo fuera al fin de su vida, el espíritu de la luz en forma de 

abrigo, el cual reanimó por un momento su miserable existencia, y sobre quien cayó 

la desgracia, como también cae a veces sobre los privilegiados de la tierra...

Pocos días después de su muerte mandaron a un ordenanza de la oficina con orden de 

que Akakiy Akakievich se presentase inmediatamente, porque el jefe lo exigía. Pero el 

ordenanza tuvo que volver sin haber conseguido su propósito y declaró que Akakiy 

Akakievich ya no podía presentarse. Le preguntaron:

-¿Y por qué? -¡Pues, porque no! Ha muerto; hace cuatro días que lo enterraron. Y de 

este modo se enteraron en la oficina de la muerte de Akakiy Akakievich. Al día

siguiente su sitio se hallaba ya ocupado por un nuevo empleado. Era mucho más alto 

y no trazaba las letras tan derechas al copiar los documentos, sino mucho más 

torcidas y contrahechas. Pero ¿quién iba a imaginarse que con ello termina la historia 

de Akakiy

Akakievich, ya que estaba destinado a vivir ruidosamente aún muchos días después de 

muerto como recompensa a su vida que pasó inadvertido? Y, sin embargo, así 

sucedió, y nuestro sencillo relato va a tener de repente un final fantástico e 

inesperado.

En San Petersburgo se esparció el rumor de que en el puente de Kalenik, y a poca 

distancia de él, se aparecía de noche un fantasma con figura de empleado que 

buscaba un abrigo robado y que con tal pretexto arrancaba a todos los hombres, sin 

distinción de rango ni profesión, sus abrigos, forrados con pieles de gato, de castor, de 

zorro, de oso, o simplemente guateados: en una palabra: todas las pieles auténticas o 

de imitación que el hombre ha inventado para protegerse.

23

background image

Uno de los empleados del Ministerio vio con sus propios ojos al fantasma y reconoció 

en él a Akakiy Akakievich. Se llevó un susto tal, que huyó a todo correr, y por eso no 

pudo observar bien al espectro. Sólo vio que aquel le amenazaba desde lejos con el 

dedo. En todas partes había quejas de que las espaldas y los hombros de los 

consejeros, y no sólo de consejeros titulares, sino también de los áulicos, quedaban 

expuestos a fuertes resfriados al ser despojados de sus abrigos.

Se comprende que la Policía tomara sus medidas para capturar de la forma que fuese 

al fantasma, vivo o muerto, y castigarlo duramente, para escarmiento de otros, y por 

poco lo logró. Precisamente una noche un guarda en una sección de la calleja 

Kiriuchkin casi tuvo la suerte de coger al fantasma en el lugar del hecho, al ir aquél a 

quitar el abrigo de paño corriente a un músico retirado que en otros tiempos había 

tocado la flauta. El guarda, que lo tenía cogido por el cuello, gritó para que vinieran a 

ayudarle dos compañeros, y les entregó al detenido, mientras él introducía sólo por un 

momento la mano en la bota en busca de su tabaquera para reanimar un poco su 

nariz, que se le había quedado helada ya seis veces. Pero el rapé debía de ser de tal 

calidad que ni siquiera un muerto podía aguantarlo. Apenas el guarda hubo aspirado 

un puñado de tabaco por la fosa nasal izquierda, tapándose la derecha, cuando el 

fantasma estornudó con tal violencia, que empezó a salpicar por todos lados. 

Mientras se frotaba los ojos con los puños, desapareció el difunto sin dejar rastros, de 

modo que ellos no supieron si lo habían tenido realmente en sus manos.

Desde entonces los guardas cogieron un miedo tal a los fantasmas, que ni siquiera se 

atrevían a detener a una persona viva, y se limitaban solo a gritarle desde lejos: «¡Oye, 

tú! ¡Vete por tu camino!» El espectro del empleado empezó a esparcirse también más 

allá del puente de Kalenik, sembrando un miedo horrible entre la gente tímida.

Pero hemos abandonado por completo a la «alta personalidad», quien, a decir 

verdad, fue el culpable del giro fantástico que tomó nuestra historia, por lo demás 

muy verídica. Pero hagamos justicia a la verdad y confesemos que la «alta 

personalidad» sintió algo así como lástima, poco después de haber salido el pobre 

Akakiy Akakievich completamente deshecho. La compasión no era para él realmente 

ajena: su corazón era capaz de nobles sentimientos, aunque a menudo su alta 

posición le impidiera expresarlos. Apenas marchó de su gabinete el amigo que había 

venido de fuera, se quedó pensando en el pobre Akakiy Akakievich. Desde entonces 

se le presentaba todos los días, pálido e incapaz de resistir la reprimenda de que él le 

había hecho objeto. El pensar en él le inquietó tanto, que pasada una semana se 

decidió incluso a enviar un empleado a su casa para preguntar por su salud y 

averiguar si se podía hacer algo por él. Al enterarse de que Akakiy Akakievich había 

muerto de fiebre repentina, se quedó aterrado, escuchó los reproches de su conciencia 

y todo el día estuvo de mal humor. Para distraerse un poco y olvidar la impresión 

desagradable, fue por la noche a casa de un amigo, donde encontró bastante gente y, 

lo que es mejor, personas de su mismo rango, de modo que en nada podía sentirse 

atado. Esto ejerció una influencia admirable en su estado de ánimo. Se tornó vivaz, 

amable, tomó parte en las conversaciones de un modo agradable; en un palabra: pasó 

muy bien la velada. Durante la cena tomó unas dos copas de champaña, que, como 

se sabe, es un medio excelente para comunicar alegría. El champaña despertó en él 

deseos de hacer algo fuera de lo corriente, así es que resolvió no volver directamente a 

24

background image

casa, sino ir a ver a Carolina Ivanovna, dama de origen alemán al parecer, con quien 

mantenía relaciones de íntima amistad. Es preciso que digamos que la «alta 

personalidad» ya no era un hombre joven. Era marido sin tacha y buen padre de 

familia, y sus dos hijos, uno de los cuales trabajaba ya en una cancillería, y una linda 

hija de dieciséis años, con la nariz un poco encorvada sin dejar de ser bonita, venían 

todas las mañanas a besarle la mano, diciendo: «Bonjour, papa.» Su esposa, que era 

joven aún y no sin encantos, le alargaba la mano para que él se la besara, y luego, 

volviéndola hacia fuera tomaba la de él y se la besaba a su vez. Pero la «alta 

personalidad», aunque estaba plenamente satisfecho con las ternuras y el cariño de su 

familia, juzgaba conveniente tener una amiga en otra parte de la ciudad y mantener 

relaciones amistosas con ella. Esta amiga no era más joven ni más hermosa que su 

esposa; pero tales problemas existen en el mundo y no es asunto nuestro juzgarlos.

Así, pues, la «alta personalidad» bajó las escaleras, subió al trineo y ordenó al 

cochero:

-¡A casa de Carolina Ivanovna!

Envolviéndose en su magnífico abrigo permaneció en este estado, el más agradable 

para un ruso, en que no se piensa en nada y entre tanto se agitan por sí solas las ideas 

en la cabeza, a cual más gratas, sin molestarse en perseguirlas ni en buscarlas. Lleno 

de contento, rememoró los momentos felices de aquella velada y todas sus palabras 

que habían hecho reír a carcajadas a aquel grupo, alguna de las cuales repitió a 

media voz. Le parecieron tan chistosas como antes, y por eso no es de extrañar que se 

riera con todas sus ganas.

De cuando en cuando le molestaba en sus pensamientos un viento fortísimo que se 

levantó de pronto Dios sabe dónde, y le daba en pleno rostro, arrojándole además 

montones de nieve. Y como si ello fuera poco, desplegaba el cuello del abrigo como 

una vela, o de repente se lo lanzaba con fuerza sobrehumana en la cabeza, 

ocasionándole toda clase de molestias, lo que le obligaba a realizar continuos 

esfuerzos para librarse de él.

De repente sintió como si alguien le agarrara fuertemente por el cuello; volvió la 

cabeza y vio a un hombre de pequeña estatura, con un uniforme viejo muy gastado, y 

no sin espanto reconoció en él a Akakiy Akakievich. E1 rostro del funcionario estaba 

pálido como la nieve, y su mirada era totalmente la de un difunto. Pero el terror de la 

«alta personalidad» llegó a su paroxismo cuando vio que la boca del muerto se 

contraía convulsivamente exhalando un olor de tumba y le dirigía las siguientes 

palabras:

-¡Ah! ¡Por fin te tengo!... ¡Por fin te he cogido por el cuello! ¡Quiero tu abrigo! No 

quisiste preocuparte por el mío y hasta me insultaste. ¡Pues bien: dame ahora el tuyo! 

La pobre «alta personalidad» por poco se muere. Aunque era firme de carácter en la

cancillería y en general para con los subalternos, y a pesar de que al ver su aspecto 

viril y su gallarda figura, no se podía por menos de exclamar: «¡Vaya un carácter!», 

nuestro hombre, lo mismo que mucha gente de figura gigantesca, se asustó tanto, que 

no sin razón temió que le diese un ataque. Él mismo se quitó rápidamente el abrigo y 

gritó al cochero, con una voz que parecía la de un extraño:

-¡A casa, a toda prisa!

25

background image

El cochero, al oír esta voz que se dirigía a él generalmente en momentos decisivos, y 

que solía ser acompañado de algo más efectivo, encogió la cabeza entre los hombros

para mayor seguridad, agitó el látigo y lanzó los caballos a toda velocidad. A los seis 

minutos escasos la «alta personalidad» ya estaba delante del portal de su casa.

Pálido, asustado y sin abrigo había vuelto a su casa, en vez de haber ido a la de 

Carolina Ivanovna. A duras penas consiguió llegar hasta su habitación y pasó una 

noche tan intranquila, que a la mañana siguiente, a la hora del té, le dijo su hija:

-¡Qué pálido estás, papá!

Pero papá guardaba silencio y a nadie dijo una palabra de lo que le había sucedido, ni 

en dónde había estado, ni adónde se había dirigido en coche. Sin embargo, este 

episodio le impresionó fuertemente, y ya rara vez decía a los subalternos: «¿Se da 

usted cuenta de quién tiene delante?» Y si así sucedía, nunca era sin haber oído antes 

de lo que se trataba. Pero lo más curioso es que a partir de aquel día ya no se apareció 

el fantasma del difunto empleado. Por lo visto, el abrigo del general le había venido 

justo a la medida. De todas formas, no se oyó hablar más de abrigos arrancados de 

los hombros de los transeúntes.

Sin embargo, hubo unas personas exaltadas e inquietas que no quisieron 

tranquilizarse y contaban que el espectro del difunto empleado seguía apareciéndose 

en los barrios apartados de la ciudad. Y, en efecto, un guardia del barrio de Kolomna 

vio con sus propios ojos asomarse el fantasma por detrás de su casa. Pero como era 

algo débil desde su nacimiento -en cierta ocasión un cerdo ordinario, ya 

completamente desarrollado, que se había escapado de una casa particular, le 

derribó, provocando así las risas de los cocheros que le rodeaban y a quienes pidió 

después, como compensación por la burla de que fue objeto, unos centavos para 

tabaco-, como decimos, pues, era muy débil y no se atrevió a detenerlo. Se contentó 

con seguirlo en la oscuridad hasta que aquel volvió de repente la cabeza y le 

preguntó:

-¿Qué deseas? -y le enseñó un puño de esos que no se dan entre las personas vivas. -

Nada -replicó el guardia, y no tardó en dar media vuelta. El fantasma era, no 

obstante, mucho más alto y tenía bigotes inmensos. A grandes

pasos se dirigió al puente Obuko, desapareciendo en las tinieblas de la noche.

26

background image

LA MUERTE DEL DELFIN

ALPHONSE DAUDET

El pequeño Delfín está enfermo, el pequeño Delfín va a morir... En todas las iglesias 

del reino el Santo Sacramento permanece expuesto día y noche, y grandes cirios 

arden permanentemente en pos de la curación del Real Infante.

Las calles de la vieja Residencia están tristes y silenciosas; las campanas ya no suenan, 

los carruajes van al paso... En los accesos al palacio los burgueses observan, curiosos a 

través de las verjas, a los Guardas Suizos de doradas panzas conversando, en los 

patios, con gesto solemne.

Todo el Palacio está consternado... Chambelanes y Mayordomos suben y bajan 

corriendo las escaleras de mármol... Las galerías están repletas de Pajes y Cortesanos, 

vestidos de seda, que van de un grupo a otro buscando noticias, en voz baja... Sobre 

las anchas escalinatas las afligidas Damas de Honor se hacen elaboradas reverencias, 

mientras secan sus ojos con hermosos pañuelos bordados.

En el Invernadero se han dado cita, en asamblea, multitud de médicos con largas 

togas. Los vemos, a través de los cristales, agitar sus anchas y negras mangas e inclinar 

doctoralmente sus pelucas de rulos...

El Gobernador y el Mozo de Cuadras del pequeño Delfín se pasean delante de la 

puerta, esperando las decisiones de la Facultad. Algunos Pinches de Cocina pasan 

junto a ellos sin saludarles. El Mozo de Cuadras jura como un pagano, el Gobernador 

recita versos de Horacio... Y mientras tanto, de allá, del lado de las cuadras, puede 

oírse un prolongado y lastimero relincho. Es el alazán del pequeño Delfín del que 

parecen haberse olvidado y quien se agita tristemente ante su comedero vacío.

¿Y el Rey? ¿Adónde está Su Majestad el Rey?... El Rey se encerró en una habitación, 

a solas, al otro lado del edificio... A las Majestades no les gusta que les vean llorar... 

Para la reina, es otra cosa... Sentada junto a la cabecera del pequeño Delfín, con su 

bello rostro bañado en lágrimas, solloza muy alto y en presencia de todos, tal y como 

haría una verdulera.

En su litera de encajes, el pequeño Delfín, más blanco que los cojines que le dan 

reposo, mantiene los ojos cerrados. Creemos que duerme; pero no. El pequeño Delfín 

no duerme... Se vuelve hacia su madre, y al ver que ésta llora, le dice: - ¿Señora 

Reina, por qué lloráis? ¿Acaso consideráis seriamente que me voy a morir? La reina 

quiere responder. Los sollozos le impiden hablar...- ¡Ea pues! No lloréis, Señora 

Reina; olvidáis que soy el Delfín, y que los Delfines no pueden morir así... La Reina 

solloza todavía más alto, y el pequeño Delfín comienza a asustarse. - ¡Venga pues!, 

dice, no quiero que la muerte venga cogerme, y sabré impedirle que llegue hasta 

aquí... ¡Que se haga venir sin demora a cuarenta lanceros muy fuertes, y que monten 

guardia alrededor de nuestra cama!... ¡Que cien gruesos cañones velen noche y día, 

mecha encendida, bajo nuestras ventanas! Y... ¡Ay de la muerte, si osa acercársenos!...

27

background image

Para complacerlo, la reina hace un signo. Enseguida, podemos oír los gruesos cañones 

rodando en el patio; y cuarenta grandes lanceros, arma en mano, vienen a situarse 

alrededor de la cámara. Son veteranos soldadotes, de largos mostachos grises. El 

pequeño Delfín aplaude viéndolos. Reconoce a uno de ellos y le llama:

- ¡Lorrain!, ¡Lorrain! El soldado da un paso hacia la cama.

- Te quiero mucho, mi viejo Lorrain, déjame ver un poco tu gran sable... Si la muerte 

quisiera llevarme, habríamos de matarla ¿no?. Lorrain responde: - Sí, mi Señor... 

Mientras dos gruesas lágrimas fluyen por sus curtidas mejillas.

En ese momento, el capellán se acerca al pequeño Delfín y le habla mucho tiempo en 

voz baja, mostrándole un crucifijo. El pequeño Delfín le escucha un tanto asombrado. 

De pronto le interrumpe y dice: - Comprendo bien lo que usted me cuenta, señor 

Abad: pero ¿no podría mi amigo Beppo morir en mi lugar, dándole mucho dinero?...

El capellán continúa hablándole en voz baja, el aspecto del pequeño Delfín luce cada 

vez más contrariado... Cuando el capellán pareció haber terminado, el pequeño 

Delfín respondió con un largo suspiro: - Todo lo que usted me dice ahora es muy 

triste, señor Abad; pero una cosa me consuela, y es que allá arriba, en el paraíso de 

las estrellas, seré todavía el Delfín... Sé que el buen Dios es mi primo y que sabrá 

tratarme como corresponde a la altura de mi rango.

Luego añade, volviéndose hacia su madre: - ¡Que me traigan mis más bellos vestidos, 

mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo! Quiero hacerme fuerte 

ante los ángeles y entrar en el paraíso vestido de Delfín. Por tercera vez, el capellán se 

inclina hacia el pequeño Delfín y le habla nuevamente en voz baja... En medio de su 

discurso, el niño le interrumpe con cólera: - ¿¡Pero entonces, grita, esto de ser Delfín, 

no sirve absolutamente para nada!? ... Y, sin querer atender a nada más, el pequeño 

Delfín se vuelve hacia la pared, y llora amargamente.

28

background image

EL POTRO SALVAJE

HORACIO QUIROGA

Era un caballo, un joven potro de corazón ardiente, que llegó del desierto a la ciudad 

a vivir del espectáculo de su velocidad.

Ver correr a aquel animal era, en efecto, un espectáculo considerable. Corría con la 

crin al viento y el viento en sus dilatadas narices. Corría, se estiraba; se estiraba más 

aún, y el redoble de sus cascos en la tierra no se podía medir. Corría sin reglas ni 

medida, en cualquier dirección del desierto y a cualquier hora del día. No existían 

pistas para la libertad de su carrera, ni normas para el despliegue de su energía. 

Poseía extraordinaria velocidad y un ardiente deseo de correr. De modo que se daba 

todo entero en sus disparadas salvajes y ésta era la fuerza de aquel caballo.

A ejemplo de los animales muy veloces, el joven potro tenía muy pocas aptitudes para 

el arrastre. Tiraba mal, sin coraje, ni bríos, ni gusto. Y como en el desierto apenas 

alcanzaba el pasto para sustentar a los caballos de pesado tiro, el veloz animal se 

dirigió a la ciudad para vivir de sus carreras.

En un principio entregó gratis el espectáculo de su gran velocidad, pues nadie hubiera 

pagado una brizna de paja por verlo -ignorantes todos del corredor que había en él-. 

En bellas tardes, cuando las gentes poblaban los campos inmediatos a la ciudad -y 

sobre todo los domingos-, el joven potro trotaba a la vista de todos, arrancaba de 

golpe, deteníase, trotaba de nuevo humeando el viento para lanzarse al fin a toda 

velocidad, tendido en una carrera loca que parecía imposible superar y que superaba 

a cada instante, pues aquel joven potro, como hemos dicho, ponía en sus narices, en 

sus cascos y en su carrera todo su ardiente corazón.

Las gentes quedaron atónitas ante aquel espectáculo que se apartaba de todo lo que 

acostumbraban ver, y se retiraron sin apreciar la belleza de aquella carrera.

-No importa -se dijo el potro alegremente-. Iré a ver un empresario de espectáculos, y 

ganaré, entretanto lo suficiente para vivir.De qué había vivido hasta entonces en la 

ciudad apenas él podía decirlo. De su propia hambre seguramente y de algún 

desperdicio desechado en el portón de los corralones. Fue, pues, a ver a un 

organizador de fiestas.

-Yo puedo correr ante el público -dijo el caballo-, si me pagan por ello. No sé qué 

puedo ganar; pero mi modo de correr ha gustado a algunos hombres.

-Sin duda, sin duda... -le respondieron-. Siempre hay algún interesado en estas 

cosas... No es cuestión, sin embargo, de que se haga ilusiones. .. Podríamos ofrecerle, 

con un poco de sacrificio de nuestra parte...

El potro bajó los ojos hacia la mano del hombre, y vio lo que le ofrecían: era un 

montón de paja, un poco de pasto ardido y seco.

-No podemos más... Y así mismo...

El joven animal consideró el puñado de pasto con que se pagaban sus extraordinarias 

dotes de velocidad, y recordó las muecas de los hombres ante la libertad de su 

carrera, que cortaba en zig-zag las pistas trilladas.

29

background image

-No importa -se dijo alegremente-. Algún día se divertirán. Con este pasto ardido 

podré, entretanto, sostenerme.

Y aceptó contento, porque lo que él quería era correr. Corrió, pues, ese domingo y los 

siguientes, por igual puñado de pasto cada vez, y cada vez dándose con toda el alma 

en su carrera. Ni un solo momento pensó en reservarse, engañar, seguir las rectas 

decorativas por halago de los espectadores, que no comprendían su libertad. 

Comenzaba al trote, como siempre, con las narices de fuego y la cola en arco; hacía 

resonar la tierra en sus arranques, para lanzarse por fin a escape a campo traviesa, en 

un verdadero torbellino de ansia, polvo y tronar de cascos. Y por premio, su puñado 

de pasto seco, que comía contento y descansado después del baño.

A veces, sin embargo, mientras trituraba con su joven dentadura los duros tallos, 

pensaba en las repletas bolsas de avena que veía en las vidrieras, en la gula de maíz y 

alfalfa olorosa que desbordaba de los pesebres.

-No importa -se decía alegremente-. Puedo darme por contento con este rico pasto.

Y continuaba corriendo con el vientre ceñido de hambre, como había corrido 

siempre. Poco a poco, sin embargo, los paseantes de los domingos se acostumbraron a 

su libertad de carrera, y comenzaron a decirse unos a otros que aquel

espectáculo de velocidad salvaje, sin reglas ni cercas, causaba una bella impresión.

-No corre por las sendas como es costumbre -decían-, pero es muy veloz. Tal vez tiene 

ese arranque porque se siente más libre fuera de las pistas trilladas.

En efecto, el joven potro, de apetito nunca saciado y que obtenía apenas de qué vivir 

con su ardiente velocidad, se empleaba a fondo por un puñado de pasto, como si esa 

carrera fuera la que iba a consagrarlo definitivamente. Y tras el baño, comía contento 

su ración -la ración basta y mínima del más oscuro de los más anónimos caballos-.

-No importa -se decía alegremente-. Ya llegará el día en que se diviertan.

El tiempo pasaba, entre tanto. Las voces cambiadas entre los espectadores cundieron 

por la ciudad, traspasaron sus puertas, y llegó por fin un día en que la admiración de 

los hombres se asentó confiada y ciega en aquel caballo de carrera. Los organizadores 

de espectáculos llegaron en tropel a contratarlo, y el potro, ya de edad madura, que 

había corrido toda su vida por un puñado de pasto, vio tendérsele, en disputa, 

apretadísimos fardos de alfalfa, macizas bolsas de avena y maíz -todo en cantidad 

incalculable- por el solo espectáculo de su carrera.

Entonces el caballo tuvo por primera vez un pensamiento de amargura, al pensar en 

lo feliz que hubiera sido en su juventud si le hubieran ofrecido la milésima parte de lo 

que ahora le introducían gloriosamente en el gaznate.

-En aquel tiempo -se dijo melancólicamente-, un sólo puñado de alfalfa como 

estímulo, cuando mi corazón saltaba de deseos de correr, hubiera hecho de mí el más 

feliz de los seres. Ahora estoy cansado.

En efecto, estaba cansado. Su velocidad era, sin duda la misma de siempre y el mismo 

espectáculo de su salvaje libertad. Pero no poseía ya el ansia de correr de otros 

tiempos. Aquel vibrante deseo de tenderse a fondo, que antes ci joven potro entregaba 

alegre por un montón de paja, precisaba ahora toneladas de exquisito forraje para 

despertar. El triunfante caballo pensaba largamente las ofertas, calculaba, especulaba 

finamente en sus descansos. Y cuando los organizadores se entregaban por último a 

sus exigencias, recién entonces sentía deseos de correr. Corría entonces como él sólo 

30

background image

era capaz de hacerlo; y regresaba a deleitarse ante la magnificencia del forraje 

ganado.

Cada vez, sin embargo, el caballo era más difícil de satisfacer, aunque los 

organizadores hicieran verdaderos sacrificios para excitar, adular, comprar aquel 

deseo de correr que moría bajo la presión del éxito. Y el potro comenzó entonces a 

temer por su prodigiosa velocidad, si la entregaba toda en cada carrera. Corrió, 

entonces, por primera vez en su vida, reservándose, aprovechándose cautamente del 

viento y las largas sendas regulares. Nadie lo notó -o por ello fue acaso más aclamado 

que nunca- pues se creía ciegamente en su salvaje libertad para correr.

Libertad... No, ya no la tenía. La había perdido desde el primer instante en que 

reservó sus fuerzas para no flaquear en la carrera siguiente. No corrió más a campo 

traviesa, ni contra el viento. Corrió sobre sus propios rastros más fáciles, sobre 

aquellos zigzags que más ovaciones habían arrancado. Y en el miedo, siempre 

creciente, de agotarse, llegó un momento en que el caballo de carrera aprendió a 

correr con estilo, engañando, escarceando cubierto de espuma por las sendas más 

trilladas. Y un clamor de gloria lo divinizó.

Pero dos hombres que contemplaban aquel lamentable espectáculo, cambiaron 

algunas tristes palabras.

-Yo lo he visto correr en su juventud -dijo el primero-, y si uno pudiera llorar por un 

animal, lo haría en recuerdo de lo que hizo este mismo caballo cuando no tenía qué 

comer.

-No es extraño que lo haya hecho antes -dijo el segundo-. Juventud y Hambre son el 

más preciado don que puede conceder la vida a un fuerte corazón.

Joven potro: tiéndete a fondo en tu carrera, aunque apenas se te dé para comer. Pues 

si llegas sin valor a la gloria por pingüe forraje, te salvará el haberte dado un día todo 

entero por un puñado de pasto.

31

background image

EL DIABLILLO DE LA BOTELLA

ROBERT L. STEVENSON

Había un hombre en la isla de Hawaii al que llamaré Keawe; porque la verdad es que 

aún vive y que su nombre debe permanecer secreto, pero su lugar de nacimiento no 

estaba lejos de Honaunau, donde los huesos de Keawe el Grande yacen escondidos 

en una cueva. Este hombre era pobre, valiente y activo; leía y escribía tan bien como 

un maestro de escuela, además era un marinero de primera clase, que había 

trabajado durante algún tiempo en los vapores de la isla y pilotado un ballenero en la 

costa de Hamakua. Finalmente, a Keawe se le ocurrió que le gustaría ver el gran 

mundo y las ciudades extranjeras y se embarcó con rumbo a San Francisco.

San Francisco es una hermosa ciudad, con un excelente puerto y muchas personas 

adineradas; y, más en concreto, existe en esa ciudad una colina que está cubierta de 

palacios. Un día, Keawe se paseaba por esta colina con mucho dinero en el bolsillo, 

contemplando con evidente placer las elegantes casas que se alzaban a ambos lados 

de la calle. «¡Qué casas tan buenas!» iba pensando, «y ¡qué felices deben de ser las 

personas que viven en ellas, que no necesitan preocuparse del mañana!». Seguía aún 

reflexionando sobre esto cuando llegó a la altura de una casa más pequeña que 

algunas de las otras, pero muy bien acabada y tan bonita como un juguete, los 

escalones de la entrada brillaban como plata, los bordes del jardín florecían como 

guirnaldas y las ventanas resplandecían como diamantes. Keawe se detuvo 

maravillándose de la excelencia de todo. Al pararse se dio cuenta de que un hombre 

le estaba mirando a través de una ventana tan transparente que Keawe lo veía como 

se ve a un pez en una cala junto a los arrecifes. Era un hombre maduro, calvo y de 

barba negra; su rostro tenía una expresión pesarosa y suspiraba amargamente. Lo 

cierto es que mientras Keawe contemplaba al hombre y el hombre observaba a 

Keawe, cada uno de ellos envidiaba al otro.

De repente, el hombre sonrió moviendo la cabeza, hizo un gesto a Keawe para que 

entrara y se reunió con él en la puerta de la casa.

—Es muy hermosa esta casa mía—dijo el hombre, suspirando amargamente—. ¿No 

le gustaría ver las habitaciones?

Y así fue como Keawe recorrió con él la casa, desde el sótano hasta el tejado; todo lo 

que había en ella era perfecto en su estilo y Keawe manifestó gran admiración.

—Esta casa—dijo Keawe—es en verdad muy hermosa; si yo viviera en otra parecida, 

me pasaría el día riendo. ¿Cómo es posible, entonces, que no haga usted más que 

suspirar?

—No hay ninguna razón—dijo el hombre—para que no tenga una casa en todo 

semejante a ésta, y aun más hermosa, si así lo desea. Posee usted algún dinero, ¿no es 

cierto?

—Tengo cincuenta dólares—dijo Keawe—, pero una casa como ésta costará más de 

cincuenta dólares.

El hombre hizo un cálculo.

32

background image

—Siento que no tenga más —dijo—, porque eso podría causarle problemas en el 

futuro, pero será suya por cincuenta dólares.

—¿La casa?—preguntó Keawe.

—No, la casa no—replicó el hombre—, la botella. Porque debo decirle que aunque le 

parezca una persona muy rica y afortunada, todo lo que poseo, y esta casa misma y el 

jardín, proceden de una botella en la que no cabe mucho más de una pinta. Aquí la 

tiene usted.

Y abriendo un mueble cerrado con llave, sacó una botella de panza redonda con un 

cuello muy largo, el cristal era de un color blanco como el de la leche, con cambiantes 

destellos irisados en su textura. En el interior había algo que se movía confusamente, 

algo así como una sombra y un fuego.

—Esta es la botella—dijo el hombre, y, cuando Keawe se echó a reír, añadió—: ¿No 

me cree? Pruebe usted mismo. Trate de romperla.

De manera que Keawe cogió la botella y la estuvo tirando contra el suelo hasta que se 

cansó; porque rebotaba como una pelota y nada le sucedía.

—Es una cosa bien extraña—dijo Keawe—, porque tanto por su aspecto como al 

tacto se diría que es de cristal.

—Es de cristal—replicó el hombre, suspirando más hondamente que nunca—, pero 

de un cristal templado en las llamas del infierno. Un diablo vive en ella y la sombra 

que vemos moverse es la suya; al menos eso creo yo. Cuando un hombre compra esta 

botella el diablo se pone a su servicio; todo lo que esa persona desee, amor, fama, 

dinero, casas como ésta o una ciudad como San Francisco, será suyo con sólo pedirlo. 

Napoleón tuvo esta botella, y gracias a su virtud llegó a ser el rey del mundo; pero la 

vendió al final y fracasó. El capitán Cook también la tuvo, y por ella descubrió tantas 

islas; pero también él la vendió, y por eso lo asesinaron en Hawaii. Porque al vender 

la botella desaparecen el poder y la protección; y a no ser que un hombre esté 

contento con lo que tiene, acaba por sucederle algo.

—Y sin embargo, ¿habla usted de venderla?—dijo Keawe.

—Tengo todo lo que quiero y me estoy haciendo viejo —respondió el hombre—. Hay 

una cosa que el diablo de la botella no puede hacer... y es prolongar la vida; y, no 

sería justo ocultárselo a usted, la botella tiene un inconveniente; porque si un hombre 

muere antes de venderla, arderá para siempre en el infierno.

—Sí que es un inconveniente, no cabe duda—exclamó Keawe—. Y no quisiera 

verme mezclado en ese asunto. No me importa demasiado tener una casa, gracias a 

Dios; pero hay una cosa que sí me importa muchísimo, y es condenarme.

—No vaya usted tan deprisa, amigo mío—contestó el hombre—. Todo lo que tiene 

que hacer es usar el poder de la botella con moderación, venderla después a alguna 

otra persona como estoy haciendo yo ahora y terminar su vida cómodamente.

—Pues yo observo dos cosas—dijo Keawe—. Una es que se pasa usted todo el tiempo 

suspirando como una doncella enamorada; y la otra que vende usted la botella 

demasiado barata.

—Ya le he explicado por qué suspiro —dijo el hombre—. Temo que mi salud está 

empeorando; y, como ha dicho usted mismo, morir e irse al infierno es una desgracia 

para cualquiera. En cuanto a venderla tan barata, tengo que explicarle una 

peculiaridad que tiene esta botella. Hace mucho tiempo, cuando Satanás la trajo a la 

33

background image

tierra, era extraordinariamente cara, y fue el Preste Juan el primero que la compró 

por muchos millones de dólares; pero sólo puede venderse si se pierde dinero en la 

transacción. Si se vende por lo mismo que se ha pagado por ella, vuelve al anterior 

propietario como si se tratara de una paloma mensajera. De ahí se sigue que el precio 

haya ido disminuyendo con el paso de los siglos y que ahora la botella resulte 

francamente barata. Yo se la compré a uno de los ricos propietarios que viven en esta 

colina y sólo pagué noventa dólares. Podría venderla hasta por ochenta y nueve 

dólares y noventa centavos, pero ni un céntimo más; de lo contrario la botella volvería 

a mí. Ahora bien, esto trae consigo dos problemas. Primero, que cuando se ofrece una 

botella tan singular por ochenta dólares y pico, la gente supone que uno está 

bromeando. Y segundo..., pero como eso no corre prisa que lo sepa, no hace falta que 

se lo explique ahora. Recuerde tan sólo que tiene que venderla por moneda acuñada.

—¿Cómo sé que todo eso es verdad? —preguntó Keawe.

—Hay algo que puede usted comprobar inmediata mente—replicó el otro—. Deme 

sus cincuenta dólares, coja la botella y pida que los cincuenta dólares vuelvan a su 

bolsillo. Si no sucede así, le doy mi palabra de honor de que consideraré inválido el 

trato y le devolveré el dinero.

—¿No me está engañando?—dijo Keawe. El hombre confirmó sus palabras con un 

solemne juramento. —Bueno; me arriesgaré a eso—dijo Keawe—, porque no me 

puede pasar nada malo.

Acto seguido le dio su dinero al hombre y el hombre le pasó la botella. —Diablo de la 

botella—dijo Keawe—, quiero recobrar mis cincuenta dólares.

Y, efectivamente, apenas había terminado la frase cuando su bolsillo pesaba ya lo 

mismo que antes.

—No hay duda de que es una botella maravillosa —dijo Keawe.

—Y ahora muy buenos días, mi querido amigo, ¡que el diablo le acompañe!—dijo el 

hombre.

—Un momento—dijo Keawe—, yo ya me he divertido bastante. Tenga su botella.

—La ha comprado usted por menos de lo que yo pagué —replicó el hombre, 

frotándose las manos—. La botella es completamente suya; y, por mi parte, lo único 

que deseo es perderlo de vista cuanto antes.

Con lo que llamó a su criado chino e hizo que acompañará a Keawe hasta la puerta.

Cuando Keawe se encontró en la calle con la botella bajo el brazo, empezó a pensar. 

«Si es verdad todo lo que me han dicho de esta botella, puede que haya hecho un 

pésimo negocio», se dijo a sí mismo. «Pero quizá ese hombre me haya engañado.» Lo 

primero que hizo fue contar el dinero, la suma era exacta: cuarenta y nueve dólares 

en moneda americana y una pieza de Chile. «Parece que eso es verdad», se dijo 

Keawe. «Veamos otro punto.»

Las calles de aquella parte de la ciudad estaban tan limpias como las cubiertas de un 

barco, y aunque era mediodía, tampoco se veía ningún pasajero. Keawe puso la 

botella en una alcantarilla y se alejó. Dos veces miró para atrás, y allí estaba la botella 

de color lechoso y panza redonda, en el sitio donde la había dejado. Miró por tercera 

vez y después dobló una esquina; pero apenas lo había hecho cuando algo le golpeó el 

codo, y ¡no era otra cosa que el largo cuello de la botella! En cuanto a la redonda 

panza, estaba bien encajada en el bolsillo de su chaqueta de piloto.

34

background image

—Parece que también esto es verdad—dijo Keawe.

La siguiente cosa que hizo fue comprar un sacacorchos en una tienda y retirarse a un 

sitio oculto en medio del campo. Una vez allí intentó sacar el corcho, pero cada vez 

que lo intentaba la espiral salía otra vez y el corcho seguía tan entero como al 

empezar.

—Este corcho es distinto de todos los demás—dijo Keawe, e inmediatamente empezó 

a temblar y a sudar, porque la botella le daba miedo.

Camino del puerto vio una tienda donde un hombre vendía conchas y mazas de islas 

salvajes, viejas imágenes de dioses paganos, monedas antiguas, pinturas de China y

Japón y todas esas cosas que los marineros llevan en sus baúles. En seguida se le 

ocurrió una idea. Entró y le ofreció la botella al dueño por cien dólares. El otro se rió 

de él al principio, y le ofreció cinco; pero, en realidad, la botella era muy curiosa: 

ninguna boca humana había soplado nunca un vidrio como aquél, ni cabía imaginar 

unos colores más bonitos que los que brillaban bajo su blanco lechoso, ni una sombra 

más extraña que la que daba vueltas en su centro; de manera que, después de 

regatear durante un rato a la manera de los de su profesión, el dueño de la tienda le 

compró la botella a Keawe por sesenta dólares y la colocó en un estante en el centro 

del escaparate.

—Ahora—dijo Keawe—he vendido por sesenta dólares lo que compré por cincuenta 

o, para ser más exactos, por un poco menos, porque uno de mis dólares venía de 

Chile. En seguida averiguaré la verdad sobre otro punto.

Así que volvió a su barco y, cuando abrió su baúl, allí estaba la botella, que había 

llegado antes que él.

En aquel barco Keawe tenía un compañero que se llamaba Lopaka. —¿Qué te 

sucede—le preguntó Lopaka—que miras el baúl tan fijamente?

Estaban solos en el castillo de proa. Keawe le hizo prometer que guardaría el secreto 

y se lo contó todo.

—Es un asunto muy extraño—dijo Lopaka—, y me temo que vas a tener dificultades 

con esa botella. Pero una cosa está muy clara: puesto que tienes asegurados los 

problemas, será mejor que obtengas también los beneficios. Decide qué es lo que 

deseas; da la orden y si resulta tal como quieres, yo mismo te compraré la botella 

porque a mí me gustaría tener un velero y dedicarme a comerciar entre las islas.

—No es eso lo que me interesa—dijo Keawe—. Quiero una hermosa casa y un jardín 

en la costa de Kona donde nací; y quiero que brille el sol sobre la puerta, y que haya 

flores en el jardín, cristales en las ventanas, cuadros en las paredes, y adornos y 

tapetes de telas muy finas sobre las mesas, exactamente igual que la casa donde estuve 

hoy; sólo que un piso más alta y con balcones alrededor, como en el palacio del rey; y 

que pueda vivir allí sin preocupaciones de ninguna clase y divertirme con mis amigos 

y parientes.

—Bien—dijo Lopaka—, volvamos con la botella a Hawaii; y si todo resulta verdad, 

como tú supones, te compraré la botella, como ya he dicho, y pediré una goleta.

Quedaron de acuerdo en esto y antes de que pasara mucho tiempo el barco regresó a 

Honolulu, llevando consigo a Keawe, a Lopaka y a la botella. Apenas habían 

desembarcado cuando encontraron en la playa a un amigo que inmediatamente 

empezó a dar el pésame a Keawe.

35

background image

—No sé por qué me estás dando el pésame—dijo Keawe.

—¿Es posible que no te hayas enterado—dijo el amigo—de que tu tío, aquel hombre 

tan bueno, ha muerto; y de que tu primo, aquel muchacho tan bien parecido, se ha 

ahogado en el mar?

Keawe lo sintió mucho y al ponerse a llorar y a lamentarse, se olvidó de la botella. 

Pero Lopaka estuvo reflexionando y cuando su amigo se calmó un poco, le habló así:

—¿No es cierto que tu tío tenía tierras en Hawaii, en el distrito de Kaü?

—No—dijo Keawe—; en Kaü no: están en la zona de las montañas, un poco al sur 

de Hookena.

—Esas tierras, ¿pasarán a ser tuyas?—preguntó Lopaka. —Así es—dijo Keawe, y 

empezó otra vez a llorar la muerte de sus familiares.

—No—dijo Lopaka—; no te lamentes ahora. Se me ocurre una cosa. ¿Y si todo esto 

fuera obra de la botella? Porque ya tienes preparado el sitio para hacer la casa.

—Si es así—exclamó Keawe—, la botella me hace un flaco servicio matando a mis 

parientes. Pero puede que sea cierto, porque fue en un sitio así donde vi la casa con la 

imaginación.

—La casa, sin embargo, todavía no está construida —dijo Lopaka.

—¡Y probablemente no lo estará nunca!—dijo Keawe—, porque si bien mi tío tenía 

algo de café, ava y plátanos, no será más que lo justo para que yo viva cómodamente; 

y el resto de esa tierra es de lava negra.

—Vayamos al abogado—dijo Lopaka—. Porque yo sigo pensando lo mismo.

Al hablar con el abogado se enteraron de que el tío de Keawe se había hecho 

enormemente rico en los últimos días y que le dejaba dinero en abundancia.

—¡Ya tienes el dinero para la casa!—exclamó Lopaka.

—Si está usted pensando en construir una casa—dijo el abogado—, aquí está la 

tarjeta de un arquitecto nuevo del que me cuentan grandes cosas.

—¡Cada vez mejor! —exclamó Lopaka—. Está todo muy claro. Sigamos 

obedeciendo órdenes.

De manera que fueron a ver al arquitecto, que tenía diferentes proyectos de casas 

sobre la mesa.

—Usted desea algo fuera de lo corriente—dijo el arquitecto—. ¿Qué le parece esto?

Y le pasó a Keawe uno de los dibujos.

Cuando Keawe lo vio, dejó escapar una exclamación, porque representaba 

exactamente lo que él había visto con la imaginación.

«Esta es la casa que quiero», pensó Keawe. «A pesar de lo poco que me gusta cómo 

viene a parar a mis manos, ésta es la casa, y más vale que acepte lo bueno junto con 

lo malo.»

De manera que le dijo al arquitecto todo lo que quería, y cómo deseaba amueblar la 

casa, y los cuadros que había que poner en las paredes y las figuritas para las mesas; y 

luego le preguntó sin rodeos cuánto le llevaría por hacerlo todo.

El arquitecto le hizo muchas preguntas, cogió la pluma e hizo un cálculo; y al 

terminar pidió exactamente la suma que Keawe había heredado.

Lopaka y Keawe se miraron el uno al otro y asintieron con la cabeza.

«Está bien claro», pensó Keawe, «que voy a tener esta casa, tanto si quiero como si 

no. Viene del diablo y temo que nada bueno salga de ello; y si de algo estoy seguro es 

36

background image

de que no voy a formular más deseos mientras siga teniendo esta botella. Pero de la 

casa ya no me puedo librar y más valdrá que acepte lo bueno junto con lo malo.»

De manera que llegó a un acuerdo con el arquitecto y firmaron un documento. 

Keawe y Lopaka se embarcaron otra vez camino de Australia; porque habían 

decidido entre ellos que no intervendrían en absoluto, y dejarían que el arquitecto y el 

diablo de la botella construyeran y decoraran aquella casa como mejor les pareciese.

El viaje fue bueno, aunque Keawe estuvo todo el tiempo conteniendo la respiración, 

porque había jurado que no formularía más deseos, ni recibiría más favores del 

diablo. Se había cumplido ya el plazo cuando regresaron. El arquitecto les dijo que la 

casa estaba lista y Keawe y Lopaka tomaron pasaje en el Hall camino de Kona para 

ver la casa y comprobar si todo se había hecho exactamente de acuerdo con la idea 

que Keawe tenía en la cabeza.

La casa se alzaba en la falda del monte y era visible desde el mar. Por encima, el 

bosque seguía subiendo hasta las nubes que traían la lluvia; por debajo, la lava negra 

descendía en riscos donde estaban enterrados los reyes de antaño. Un jardín florecía 

alrededor de la casa con flores de todos los colores; había un huerto de papayas a un 

lado y otro de árboles del pan en el lado opuesto; por delante, mirando al mar, habían 

plantado el mástil de un barco con una bandera. En cuanto a la casa, era de tres 

pisos, con amplias habitaciones y balcones muy anchos en los tres. Las ventanas eran 

de excelente cristal, tan claro como el agua y tan brillante como un día soleado. 

Muebles de todas clases adornaban las habitaciones. De las paredes colgaban cuadros 

con marcos dorados: pinturas de barcos, de hombres luchando, de las mujeres más 

hermosas y de los sitios más singulares; no hay en ningún lugar del mundo pinturas 

con colores tan brillantes

como las que Keawe encontró colgadas de las paredes de su casa. En cuanto a los 

otros objetos de adorno, eran de extraordinaria calidad, relojes con carillón y cajas de 

música, hombrecillos que movían la cabeza, libros llenos de ilustraciones, armas muy 

valiosas de todos los rincones del mundo, y los rompecabezas más elegantes para 

entretener los ocios de un hombre solitario. Y como nadie querría vivir en semejantes 

habitaciones, tan sólo pasar por ellas y contemplarlas, los balcones eran tan amplios 

que un pueblo entero hubiera podido vivir en ellos sin el menor agobio; y Keawe no 

sabía qué era lo que más le gustaba: si el porche de atrás, a donde llegaba la brisa 

procedente de la tierra y se podían ver los huertos y las flores, o el balcón delantero, 

donde se podía beber el viento del mar, contemplar la empinada ladera de la 

montaña y ver al Hall yendo una vez por semana aproximadamente entre Hookena y 

las colinas de Pele, o a las goletas siguiendo la costa para recoger cargamentos de 

madera, de ava y de plátanos.

Después de verlo todo, Keawe y Lopaka se sentaron en el porche. —Bien —preguntó 

Lopaka—, ¿está todo tal como lo habías planeado?

—No hay palabras para expresarlo—contestó Keawe—. Es mejor de lo que había 

soñado y estoy que reviento de satisfacción.

—Sólo queda una cosa por considerar—dijo Lopaka—; todo esto puede haber 

sucedido de manera perfectamente natural, sin que el diablo de la botella haya tenido 

nada que ver. Si comprara la botella y me quedara sin la goleta, habría puesto la 

37

background image

mano en el fuego para nada. Te di mi palabra, lo sé; pero creo que no deberías 

negarme una prueba más.

—He jurado que no aceptaré más favores—dijo Keawe—. Creo que ya estoy 

suficientemente comprometido.

—No pensaba en un favor—replicó Lopaka—. Quisiera ver yo mismo al diablo de la 

botella. No hay ninguna ventaja en ello y por tanto tampoco hay nada de qué 

avergonzarse; sin embargo, si llego a verlo una vez, quedaré convencido del todo. Así 

que accede a mi deseo y déjame ver al diablo; el dinero lo tengo aquí mismo y 

después de eso te compraré la botella.

—Sólo hay una cosa que me da miedo—dijo Keawe—. El diablo puede ser una cosa 

horrible de ver; y si le pones ojo encima quizá no tengas ya ninguna gana de quedarte 

con la botella.

—Soy una persona de palabra—dijo Lopaka—. Y aquí dejo el dinero, entre los dos.

—Muy bien —replicó Keawe—. Yo también siento curiosidad. De manera que, 

vamos a ver: déjenos mirarlo, señor Diablo.

Tan pronto como lo dijo, el diablo salió de la botella y volvió a meterse, tan rápido 

como un lagarto; Keawe y Lopaka quedaron petrificados. Se hizo completamente de 

noche

antes de que a cualquiera de los dos se le ocurriera algo que decir o hallaran la voz 

para decirlo; luego Lopaka empujó el dinero hacia Keawe y recogió la botella.

—Soy hombre de palabra —dijo—, y bien puedes creerlo, porque de lo contrario no 

tocaría esta botella ni con el pie. Bien, conseguiré mi goleta y unos dólares para el 

bolsillo; luego me desharé de este demonio tan pronto como pueda. Porque, si tengo 

que decirte la verdad, verlo me ha dejado muy abatido.

—Lopaka—dijo Keawe—, procura no pensar demasiado mal de mí; sé que es de 

noche, que los caminos están mal y que el desfiladero junto a las tumbas no es un 

buen sitio para cruzarlo tan tarde, pero confieso que desde que he visto el rostro de 

ese diablo, no podré comer ni dormir ni rezar hasta que te lo hayas llevado. Voy a 

darte una linterna, una cesta para poner la botella y cualquier cuadro o adorno de 

casa que te guste; después quiero que marches inmediatamente y vayas a dormir a 

Hookena con Nahinu.

—Keawe—dijo Lopaka—, muchos hombres se enfadarían por una cosa así; sobre 

todo después de hacerte un favor tan grande como es mantener la palabra y comprar 

la botella, y en cuanto a ser de noche, a la oscuridad y al camino junto a las tumbas, 

todas esas circunstancias tienen que ser diez veces más peligrosas para un hombre con 

semejante pecado sobre su conciencia y una botella como ésta bajo el brazo. Pero 

como yo también estoy muy asustado, no me siento capaz de acusarte. Me iré ahora 

mismo; y le pido a Dios que seas feliz en tu casa y yo afortunado con mi goleta, y que 

los dos vayamos al cielo al final a pesar del demonio y de su botella.

De manera que Lopaka bajó de la montaña; Keawe, por su parte, salió al balcón 

delantero; estuvo escuchando el ruido de las herraduras y vio la luz de la linterna 

cuando Lopaka pasaba junto al risco donde están las tumbas de otras épocas; durante 

todo el tiempo Keawe temblaba, se retorcía las manos y rezaba por su amigo, dando 

gracias a Dios por haber escapado él mismo de aquel peligro.

38

background image

Pero al día siguiente hizo un tiempo muy hermoso y la casa nueva era tan agradable 

que Keawe se olvidó de sus terrores. Fueron pasando los días y Keawe vivía allí en 

perpetua alegría. Le gustaba sentarse en el porche de atrás; allí comía, reposaba y leía 

las historias que contaban los periódicos de Honolulu; pero cuando llegaba alguien a 

verle, entraba en la casa para enseñarle las habitaciones y los cuadros. Y la fama de la 

casa se extendió por todas partes; la llamaban Ka-Hale Nui— la Casa Grande—en 

todo Kona; y a veces la Casa Resplandeciente, porque Keawe tenía a su servicio a un 

chino que se pasaba todo el día limpiando el polvo y bruñendo los metales; y el 

cristal, y los dorados, y las telas finas y los cuadros brillaban tanto como una mañana 

soleada. En cuanto a Keawe mismo, se le ensanchaba tanto el corazón con la casa 

que no podía pasear por las habitaciones sin ponerse a cantar; y cuando aparecía 

algún barco en el mar, izaba su estandarte en el mástil.

Así iba pasando el tiempo, hasta que un día Keawe fue a Kailua para visitar a uno de 

sus amigos. Le hicieron un gran agasajo, pero él se marchó lo antes que pudo a la 

mañana siguiente y cabalgó muy deprisa, porque estaba impaciente por ver de nuevo 

su hermosa

casa; y, además, la noche de aquel día era la noche en que los muertos de antaño 

salen por los alrededores de Kona; y el haber tenido ya tratos con el demonio hacía 

que Keawe tuviera muy pocos deseos de tropezarse con los muertos. Un poco más 

allá de Honaunau, al mirar a lo lejos, advirtió la presencia de una mujer que se 

bañaba a la orilla del mar; parecía una muchacha bien desarrollada, pero Keawe no 

pensó mucho en ello. Luego vio ondear su camisa blanca mientras se la ponía, y 

después su holoku rojo; cuando Keawe llegó a su altura la joven había terminado de 

arreglarse y, alejándose del mar, se había colocado junto al camino con su holoku 

rojo; el baño la había revigorizado y los ojos le brillaban, llenos de amabilidad. Nada 

más verla Keawe tiró de las riendas a su caballo.

—Creía conocer a todo el mundo en esta zona—dijo él. ¿Cómo es que a ti no te 

conozco?

—Soy Kokua, hija de Kiano—respondió la muchacha—, y acabo de regresar de 

Oahu. ¿Quién es usted?

—Te lo diré dentro de un poco—dijo Keawe, desmontando del caballo—, pero no 

ahora mismo. Porque tengo una idea y si te dijera quién soy, como es posible que 

hayas oído hablar de mí, quizá al preguntarte no me dieras una respuesta sincera. 

Pero antes de nada dime una cosa: ¿estás casada?

Al oír esto Kokua se echó a reír. —Parece que es usted quien hace todas las preguntas

—dijo ella—. Y usted, ¿está casado?

—No, Kokua, desde luego que no—replicó Keawe—, y nunca he pensado en 

casarme hasta este momento. Pero voy a decirte la verdad. Te he encontrado aquí 

junto al camino y al ver tus ojos que son como estrellas mi corazón se ha ido tras de ti 

tan veloz como un pájaro. De manera que si ahora no quieres saber nada de mí, dilo, 

y me iré a mi casa; pero si no te parezco peor que cualquier otro joven, dilo también, 

y me desviaré para pasar la noche en casa de tu padre y mañana hablaré con el.

Kokua no dijo una palabra, pero miró hacia el mar y se echó a reír.

—Kokua—dijo Keawe—, si no dices nada, consideraré que tu silencio es una 

respuesta favorable; así que pongámonos en camino hacia la casa de tu padre.

39

background image

Ella fue delante de él sin decir nada; sólo de vez en cuando miraba para atrás y luego 

volvía a apartar la vista; y todo el tiempo llevaba en la boca las cintas del sombrero.

Cuando llegaron a la puerta, Kiano salió a la veranda y dio la bienvenida a Keawe 

llamándolo por su nombre. Al oírlo la muchacha se lo quedó mirando, porque la 

fama de la gran casa había llegado a sus oídos; y no hace falta decir que era una gran 

tentación. Pasaron todos juntos la velada muy alegremente; y la muchacha se mostró 

muy descarada en presencia de sus padres y estuvo burlándose de Keawe porque 

tenía un ingenio muy vivo. Al día siguiente Keawe habló con Kiano y después tuvo 

ocasión de quedarse a solas con la muchacha.

—Kokua —dijo él—, ayer estuviste burlándote de mí durante toda la velada; y 

todavía estás a tiempo de despedirme. No quise decirte quién era porque tengo una 

casa muy hermosa y temía que pensaras demasiado en la casa y muy poco en el 

hombre que te ama. Ahora ya lo sabes todo, y si no quieres volver a verme, dilo 

cuanto antes.

—No—dijo Kokua; pero esta vez no se echó a reír ni Keawe le preguntó nada más.

Así fue el noviazgo de Keawe; las cosas sucedieron deprisa; pero aunque una flecha 

vaya muy veloz y la bala de un rifle todavía más rápida, las dos pueden dar en el 

blanco. Las cosas habían ido deprisa pero también habían ido lejos y el recuerdo de 

Keawe llenaba la imaginación de la muchacha; Kokua escuchaba su voz al romperse 

las olas contra la lava de la playa, y por aquel joven que sólo había visto dos veces 

hubiera dejado padre y madre y sus islas nativas. En cuanto a Keawe, su caballo voló 

por el camino de la montaña bajo el risco donde estaban las tumbas, y el sonido de 

los cascos y la voz de Keawe cantando, lleno de alegría, despertaban al eco en las 

cavernas de los muertos. Cuando llegó a la Casa Resplandeciente todavía seguía 

cantando. Se sentó y comió en el amplio balcón y el chino se admiró de que su amo 

continuara cantando entre bocado y bocado. El sol se ocultó tras el mar y llegó la 

noche; y Keawe estuvo paseándose por los balcones a la luz de las lámparas en lo alto 

de la montaña y sus cantos sobresaltaban a las tripulaciones de los barcos que 

cruzaban por el mar.

«Aquí estoy ahora, en este sitio mío tan elevado», se dijo a sí mismo. «La vida no 

puede irme mejor; me hallo en lo alto de la montaña; a mi alrededor, todo lo demás 

desciende. Por primera vez iluminaré todas las habitaciones, usaré mi bañera con 

agua caliente y fría y dormiré solo en el lecho de la cámara nupcial.»

De manera que el criado chino tuvo que levantarse y encender las calderas; y 

mientras trabajaba en el sótano oía a su amo cantando alegremente en las 

habitaciones iluminadas. Cuando el agua empezó a estar caliente el criado chino se lo 

advirtió a Keawe con un grito; Keawe entró en el cuarto de baño; y el criado chino le 

oyó cantar mientras la bañera de mármol se llenaba de agua; y le oyó cantar también 

mientras se desnudaba; hasta que, de repente, el canto cesó. El criado chino estuvo 

escuchando largo rato, luego alzó la voz para preguntarle a Keawe si toda iba bien, y 

Keawe le respondió «Sí», y le mandó que se fuera a la cama, pero ya no se oyó cantar 

más en la Casa Resplandeciente; y durante toda la noche, el criado chino estuvo 

oyendo a su amo pasear sin descanso por los balcones.

Lo que había ocurrido era esto: mientras Keawe se desnudaba para bañarse, 

descubrió en su cuerpo una mancha semejante a la sombra del líquen sobre una roca, 

40

background image

y fue entonces cuando dejó de cantar. Porque había visto otras manchas parecidas y 

supo que estaba atacado del Mal Chino: la lepra.

Es bien triste para cualquiera padecer esa enfermedad. Y también sería muy triste 

para cualquiera abandonar una casa tan hermosa y tan cómoda y separarse de todos 

sus amigos para ir a la costa norte de Molokai, entre enormes farallones y rompientes. 

Pero ¿qué es eso comparado con la situación de Keawe, que había encontrado su 

amor un día antes y

lo había conquistado aquella misma mañana, y que veía ahora quebrantarse todas sus 

esperanzas en un momento, como se quiebra un trozo de cristal?

Estuvo un rato sentado en el borde de la bañera, luego se levantó de un salto dejando 

escapar un grito y corrió afuera; y empezó a andar por el balcón, de un lado a otro, 

como alguien que está desesperado.

«No me importaría dejar Hawaii, el hogar de mis antepasados», se decía Keawe. «Sin 

gran pesar abandonaría mi casa, la de las muchas ventanas, situada tan en lo alto, 

aquí en las montañas. No me faltaría valor para ir a Molokai, a Kalaupapa junto a los 

farallones, para vivir con los leprosos y dormir allí, lejos de mis antepasados. Pero 

¿qué agravio he cometido, qué pecado pesa sobre mi alma, para que haya tenido que 

encontrar a Kokua cuando salía del mar a la caída de la tarde? ¡Kokua, la que me ha 

robado el alma! ¡Kokua, la luz de mi vida! Quizá nunca llegue a casarme con ella, 

quizá nunca más vuelva a verla ni a acariciarla con mano amorosa, esa es la razón, 

Kokua, ¡por ti me lamento!»

Tienen ustedes que fijarse en la clase de hombre que era Keawe, ya que podría haber 

vivido durante años en la Casa Resplandeciente sin que nadie llegara a sospechar que 

estaba enfermo; pero a eso no le daba importancia si tenía que perder a Kokua. 

Hubiera podido incluso casarse con Kokua y muchos lo hubieran hecho, porque 

tienen alma de cerdo; pero Keawe amaba a la doncella con amor varonil, y no estaba 

dispuesto a causarle ningún daño ni a exponerla a ningún peligro.

Algo después de la media noche se acordó de la botella. Salió al porche y recordó el 

día en que el diablo se había mostrado ante sus ojos; y aquel pensamiento hizo que se 

le helara la sangre en las venas.

«Esa botella es una cosa horrible», pensó Keawe, «el diablo también es una cosa 

horrible y aún más horrible es la posibilidad de arder para siempre en las llamas del 

infierno. Pero ¿qué otra posibilidad tengo de llegar a curarme o de casarme con 

Kokua? ¡Cómo! ¿Fui capaz de desafiar al demonio para conseguir una casa y no voy 

a enfrentarme con él para recobrar a Kokua?».

Entonces recordó que al día siguiente el Hall iniciaba su viaje de regreso a Honolulu. 

«Primero tengo que ir allí», pensó, «y ver a Lopaka. Porque lo mejor que me puede 

suceder ahora es que encuentre la botella que tantas ganas tenía de perder de vista.»

No pudo dormir ni un solo momento; también la comida se le atragantaba; pero 

mandó una carta a Kiano, y cuando se acercaba la hora de la llegada del vapor, se 

puso en camino y cruzó por delante del risco donde estaban las tumbas. Llovía; su 

caballo avanzaba con dificultad; Keawe contempló las negras bocas de las cuevas y 

envidió a los muertos que dormían en su interior, libres ya de dificultades; y recordó 

cómo había pasado por allí al galope el día anterior y se sintió lleno de asombro. 

Finalmente llego a Hookena y, como de costumbre, todo el mundo se había reunido 

41

background image

para esperar la llegada del vapor. En el cobertizo delante del almacén estaban todos 

sentados, bromeando y contándose las novedades; pero Keawe no sentía el menor 

deseo de hablar y permaneció

en medio de ellos contemplando la lluvia que caía sobre las casas, y las olas que 

estallaban entre las rocas, mientras los suspiros se acumulaban en su garganta.

—Keawe, el de la Casa Resplandeciente, está muy abatido—se decían unos a otros. 

Así era, en efecto, y no tenía nada de extraordinario.

Luego llegó el Hall y la gasolinera lo llevó a bordo. La parte posterior del barco 

estaba llena de haoles (blancos) que habían ido a visitar el volcán como tienen por 

costumbre; en el centro se amontonaban los kanakas, y en la parte delantera viajaban 

toros de Hilo y caballos de Kaü; pero Keawe se sentó lejos de todos, hundido en su 

dolor, con la esperanza de ver desde el barco la casa de Kiano. Finalmente la divisó, 

junto a la orilla, sobre las rocas negras, a la sombra de las palmeras; cerca de la puerta 

se veía un holoku rojo no mayor que una mosca y que revoloteaba tan atareado como 

una mosca. «¡Ah, reina de mi corazón», exclamó Keawe para sí, «arriesgaré mi alma 

para recobrarte!»

Poco después, al caer la noche, se encendieron las luces de las cabinas y los haoles se 

reunieron para jugar a las cartas y beber whisky como tienen por costumbre; pero 

Keawe estuvo paseando por cubierta toda la noche. Y todo el día siguiente, mientras 

navegaban a sotavento de Maui y de Molokai, Keawe seguía dando vueltas de un 

lado para otro como un animal salvaje dentro de una jaula.

Al caer la tarde pasaron Diamond Head y llegaron al muelle de Honolulu. Keawe 

bajó en seguida a tierra y empezó a preguntar por Lopaka. Al parecer se había 

convertido en propietario de una goleta—no había otra mejor en las islas—y se había 

marchado muy lejos en busca de aventuras, quizá hasta Pola-Pola, de manera que no 

cabía esperar ayuda por ese lado. Keawe se acordó de un amigo de Lopaka, un 

abogado que vivía en la ciudad (no debo decir su nombre), y preguntó por él. Le 

dijeron que se había hecho rico de repente y que tenía una casa nueva y muy 

hermosa en la orilla de Waikiki; esto dio que pensar a Keawe, e inmediatamente 

alquiló un coche y se dirigió a casa del abogado.

La casa era muy nueva y los árboles del jardín apenas mayores que bastones; el 

abogado, cuando salió a recibirle, parecía un hombre satisfecho de la vida.

—¿Qué puedo hacer por usted?—dijo el abogado.

—Usted es amigo de Lopaka—replicó Keawe—, y Lopaka me compró un objeto que 

quizá usted pueda ayudarme a localizar.

El rostro del abogado se ensombreció.

—No voy a fingir que ignoro de qué me habla, míster Keawe—dijo—, aunque se 

trata de un asunto muy desagradable que no conviene remover. No puedo darle 

ninguna seguridad, pero me imagino que si va usted a cierto barrio quizá consiga 

averiguar algo.

A continuación le dio el nombre de una persona que también en este caso será mejor 

no repetirlo. Esto sucedió durante varios días, y Keawe fue conociendo a diferentes 

personas

42

background image

y encontrando en todas partes ropas y coches recién estrenados, y casas nuevas muy 

hermosas y hombres muy satisfechos aunque, claro está, cuando alguien aludía al 

motivo de su visita, sus rostros se ensombrecían.

«No hay duda de que estoy en el buen camino», pensaba Keawe. «Esos trajes nuevos 

y esos coches son otros tantos regalos del demonio de la botella, y esos rostros 

satisfechos son los rostros de personas que han conseguido lo que deseaban y han 

podido librarse después de ese maldito recipiente. Cuando vea mejillas sin color y 

oiga suspiros, sabré que estoy cerca de la botella.»

Sucedió que finalmente le recomendaron que fuera a ver a un haole en Beritania 

Street. Cuando llegó a la puerta, alrededor de la hora de la cena, Keawe se encontró 

con los típicos indicios: nueva casa, jardín recién plantado y luz eléctrica tras las 

ventanas; y cuando apareció el dueño un escalofrío de esperanza y de miedo recorrió 

el cuerpo de Keawe, porque tenía delante de él a un hombre joven tan pálido como 

un cadáver, con marcadísimas ojeras, prematuramente calvo y con la expresión de un 

hombre en capilla.

«Tiene que estar aquí, no hay duda», pensó Keawe, y a aquel hombre no le ocultó en 

absoluto cuál era su verdadero propósito.

—He venido a comprar la botella—dijo.

Al oír aquellas palabras el joven haole de Beritania Street tuvo que apoyarse contra la 

pared.

—¡La botella!—susurró—. ¡Comprar la botella!

Dio la impresión de que estaba a punto de desmayarse y, cogiendo a Keawe por el 

brazo, lo llevó a una habitación y escanció dos vasos de vino.

—A su salud—dijo Keawe, que había pasado mucho tiempo con haoles en su época 

de marinero—. Sí—añadió—, he venido a comprar la botella. ¿Cuál es el precio que 

tiene ahora?

Al oír esto al joven se le escapó el vaso de entre los dedos y miró a Keawe como si 

fuera un fantasma.

—El precio—dijo—. ¡El precio! ¿No sabe usted cuál es el precio?

—Por eso se lo pregunto—replicó Keawe—. Pero ¿qué es lo que tanto le preocupa? 

¿Qué sucede con el precio?

—La botella ha disminuido mucho de valor desde que usted la compró, Mr. Keawe—

dijo el joven tartamudeando.

—Bien, bien; así tendré que pagar menos por ella —dijo Keawe—. ¿Cuánto le costó 

a usted?

El joven estaba tan blanco como el papel.

—Dos centavos—dijo.

—¿Cómo? —exclamó Keawe—, ¿dos centavos? Entonces, usted sólo puede venderla 

por uno. Y el que la compre... —Keawe no pudo terminar la frase; el que comprara 

la botella no podría venderla nunca y la botella y el diablo de la botella se quedarían 

con él hasta su muerte, y cuando muriera se encargarían de llevarlo a las llamas del 

infierno

El joven de Beritania Street se puso de rodillas.

—¡Cómprela, por el amor de Dios!—exclamó—. Puede quedarse también con toda 

mi fortuna. Estaba loco cuando la compré a ese precio. Había malversado fondos en 

43

background image

el almacén donde trabajaba; si no lo hacía estaba perdido; hubiera acabado en la 

cárcel.

—Pobre criatura—dijo Keawe—; fue usted capaz de arriesgar su alma en una 

aventura tan desesperada, para evitar el castigo por su deshonra, ¿y cree que yo voy a 

dudar cuando es el amor lo que tengo delante de mí? Tráigame la botella y el cambio 

que sin duda tiene ya preparado. Es preciso que me dé la vuelta de estos cinco 

centavos.

Keawe no se había equivocado; el joven tenía las cuatro monedas en un cajón; la 

botella cambió de manos y tan pronto como los dedos de Keawe rodearon su cuello le 

susurró que deseaba quedar limpio de la enfermedad Y, efectivamente, cuando se 

desnudó delante de un espejo en la habitación del hotel, su piel estaba tan sonrosada 

como la de un niño. Pero lo más extraño fue que inmediatamente se operó una 

transformación dentro de él y el Mal Chino le importaba muy poco y tampoco sentía 

interés por Kokua; no pensaba más que en una cosa: que estaba ligado al diablo de la 

botella para toda la eternidad y no le quedaba otra esperanza que la de ser para 

siempre una pavesa en las llamas del infierno. En cualquier caso, las veía ya brillar 

delante de él con los ojos de la imaginación; su alma se encogió y la luz se convirtió 

en tinieblas.

Cuando Keawe se recuperó un poco, se dio cuenta de que era la noche en que tocaba 

una orquesta en el hotel. Bajó a oírla porque temía quedarse solo; y allí, entre caras 

alegres, paseó de un lado para otro, escuchó las melodías y vio a Berger llevando el 

compás; pero todo el tiempo oía crepitar las llamas y veía un fuego muy vivo ardiendo 

en el pozo sin fondo del infierno. De repente la orquesta tocó Hiki-ao-ao, una canción 

que él había cantado con Kokua, y aquellos acordes le devolvieron el valor.

«Ya está hecho», pensó, «y una vez más tendré que aceptar lo bueno junto con lo 

malo.»

Keawe regresó a Hawaii en el primer vapor y tan pronto como fue posible se casó con 

Kokua y la llevó a la Casa Resplandeciente en la ladera de la montaña.

Cuando los dos estaban juntos, el corazón de Keawe se tranquilizaba; pero tan pronto 

como se quedaba solo empezaba a cavilar sobre su horrible situación, y oía crepitar 

las llamas y veía el fuego abrasador en el pozo sin fondo. Era cierto que la muchacha 

se había entregado a él por completo; su corazón latía más deprisa al verlo, y su mano 

buscaba siempre la de Keawe, y estaba hecha de tal manera de la cabeza a los pies 

que nadie podía verla sin alegrarse. Kokua era afable por naturaleza. De sus labios 

salían siempre palabras cariñosas. Le gustaba mucho cantar y cuando recorría la 

Casa Resplandeciente gorjeando como los pájaros era ella el objeto más hermoso que 

había en los tres pisos. Keawe la contemplaba y la oía embelesado y luego iba a 

esconderse en un rincón y lloraba y gemía pensando en el precio que había pagado 

por ella; después tenía que secarse los ojos y lavarse la cara e ir a sentarse con ella en 

uno de los balcones, acompañándola en sus canciones y correspondiendo a sus 

sonrisas con el alma llena de angustia.

Pero llegó un día en que Kokua empezó a arrastrar los pies y sus canciones se 

hicieron menos frecuentes y ya no era sólo Keawe el que lloraba a solas, sino que los 

dos se retiraban a dos balcones situados en lados opuestos, con toda la anchura de la 

Casa Resplandeciente entre ellos. Keawe estaba tan hundido en la desesperación que 

44

background image

apenas notó el cambio, alegrándose tan sólo de tener más horas de soledad durante 

las que cavilar sobre su destino y de no verse condenado con tanta frecuencia a 

ocultar un corazón enfermo bajo una cara sonriente Pero un día, andando por la casa 

sin hacer ruido, escuchó sollozos como de un niño y vio a Kokua moviendo la cabeza 

y llorando como los que están perdidos.

—Haces bien lamentándote en esta casa, Kokua—dijo Keawe—. Y, sin embargo, 

daría media vida para que pudieras ser feliz.

—¡Feliz!—exclamó ella—. Keawe, cuando vivías solo en la Casa Resplandeciente, 

toda la gente de la isla se hacía lenguas de tu felicidad; tu boca estaba siempre llena 

de risas y de canciones y tu rostro resplandecía como la aurora. Después te casaste 

con la pobre Kokua y el buen Dios sabrá qué es lo que le falta, pero desde aquel día 

no has vuelto a sonreír. ¿Qué es lo que me pasa? Creía ser bonita y sabía que amaba 

a mi marido. ¿Qué es lo que me pasa que arrojo esta nube sobre él?

—Pobre Kokua—dijo Keawe. Se sentó a su lado y trató de cogerle la mano; pero ella 

la apartó—. Pobre Kokua —dijo de nuevo—. ¡Pobre niñita mía! ¡Y yo que creía 

ahorrarte sufrimientos durante todo este tiempo! Pero lo sabrás todo. Así, al menos, te 

compadecerás del pobre Keawe; comprenderás lo mucho que te amaba cuando sepas 

que prefirió el infierno a perderte; y lo mucho que aún te ama, puesto que todavía es 

capaz de sonreír al contemplarte.

Y a continuación, le contó toda su historia desde el principio.

—¿Has hecho eso por mí?—exclamó Kokua—. Entonces, ¡qué me importa nada!—y, 

abrazándole, se echó a llorar.

—¡Querida mía!—dijo Keawe—, sin embargo, cuando pienso en el fuego del 

infierno, ¡a mí sí que me importa!

—No digas eso—respondió ella—; ningún hombre puede condenarse por amar a 

Kokua si no ha cometido ninguna otra falta. Desde ahora te digo, Keawe, que te 

salvaré con estas manos o pereceré contigo. ¿Has dado tu alma por mi amor y crees 

que yo no moriría por salvarte?

—¡Querida mía! Aunque murieras cien veces, ¿cuál sería la diferencia?—exclamó él

—. Serviría únicamente para que tuviera que esperar a solas el día de mi 

condenación.

—Tú no sabes nada—dijo ella—. Yo me eduqué en un colegio de Honolulu; no soy 

una chica corriente. Y desde ahora te digo que salvaré a mi amante. ¿No me has 

hablado de un centavo? ¿Ignoras que no todos los países tienen dinero americano? En 

Inglaterra existe una moneda que vale alrededor de medio centavo. ¡Qué lástima! —

exclamó en seguida—; eso no lo hace mucho mejor, porque el que comprara la 

botella se condenaría y ¡no vamos a encontrar a nadie tan valiente como mi Keawe! 

Pero también está Francia; allí tienen una moneda a la que llaman céntimo y de ésos 

se necesitan aproximadamente cinco para poder cambiarlos por un centavo. No 

encontraremos nada mejor. Vámonos a las islas del Viento; salgamos para Tahití en el 

primer barco que zarpe. Allí tendremos cuatro céntimos, tres céntimos, dos céntimos 

y un céntimo: cuatro posibles ventas y nosotros dos para convencer a los 

compradores. ¡Vamos, Keawe mío! Bésame y no te preocupes más. Kokua te 

defenderá.

45

background image

—¡Regalo de Dios! —exclamó Keawe—. ¡No creo que el Señor me castigue por 

desear algo tan bueno!

Sea como tú dices; llévame donde quieras: pongo mi vida y mi salvación en tus 

manos.

Muy de mañana al día siguiente Kokua estaba ya haciendo sus preparativos. Buscó el 

baúl de marinero de Keawe; primero puso la botella en una esquina; luego colocó sus 

mejores ropas y los adornos más bonitos que había en la casa.

—Porque—dijo—si no parecemos gente rica, ¿quién va a creer en la botella?

Durante todo el tiempo de los preparativos estuvo tan alegre como un pájaro; sólo 

cuando miraba en dirección a Keawe los ojos se le llenaban de lágrimas y tenía que ir 

a besarlo. En cuanto a Keawe, se le había quitado un gran peso de encima; ahora que 

alguien compartía su secreto y había vislumbrado una esperanza, parecía un hombre 

distinto: caminaba otra vez con paso ligero y respirar ya no era una obligación 

penosa. El terror sin embargo no andaba muy lejos; y de vez en cuando, de la misma 

manera que el viento apaga un cirio, la esperanza moría dentro de él y veía otra vez 

agitarse las llamas y el fuego abrasador del infierno.

Anunciaron que iban a hacer un viaje de placer por los Estados Unidos: a todo el 

mundo le pareció una cosa extraña, pero más extraña les hubiera parecido la verdad 

si hubieran podido adivinarla. De manera que se trasladaron a Honolulu en el Hall y 

de allí a San Francisco en el Umatilla con muchos haoles; y en San Francisco se 

embarcaron en el bergantín correo, el Tropic Bird, camino de Papeete, la ciudad 

francesa más importante de las islas del sur. Llegaron allí, después de un agradable 

viaje, cuando los vientos alisios soplaban suavemente, y vieron los arrecifes en los que 

van a estrellarse las olas, y Motuiti con sus palmeras, y cómo el bergantín se 

adentraba en el puerto, y las casas blancas de la ciudad a lo largo de la orilla entre 

árboles verdes, y, por encima, las montañas y las nubes de Tahití, la isla prudente.

Consideraron que lo más conveniente era alquilar una casa, y eligieron una situada 

frente a la del cónsul británico; se trataba de hacer gran ostentación de dinero y de 

que se les viera por todas partes bien provistos de coches y caballos. Todo esto 

resultaba fácil mientras tuvieran la botella en su poder, porque Kokua era más 

atrevida que Keawe y siempre que se le ocurría, llamaba al diablo para que le 

proporcionase veinte o cien dólares De esta forma pronto se hicieron notar en la 

ciudad; y los extranjeros procedentes de Hawaii, y sus paseos a caballo y en coche, y 

los elegantes holokus y los delicados encajes de Kokua fueron tema de muchas 

conversaciones.

Se acostumbraron a la lengua de Tahití, que es en realidad semejante a la de Hawaii, 

aunque con cambios en ciertas letras; y en cuanto estuvieron en condiciones de 

comunicarse, trataron de vender la botella. Hay que tener en cuenta que no era un 

tema fácil de abordar; no era fácil convencer a la gente de que hablaban en serio 

cuando les ofrecían por cuatro céntimos una fuente de salud y de inagotables 

riquezas. Era necesario además explicar los peligros de la botella; y, o bien los posibles 

compradores no creían nada en absoluto y se echaban a reír, o se percataban sobre 

todo de los aspectos más sombríos y, adoptando un aire muy solemne, se alejaban de 

Keawe y de Kokua, considerándolos personas en trato con el demonio. De manera 

que en lugar de hacer progresos, los esposos descubrieron al cabo de poco tiempo que 

46

background image

todo el mundo les evitaba; los niños se alejaban de ellos corriendo y chillando, cosa 

que a Kokua le resultaba insoportable; los católicos hacían la señal de la cruz al pasar 

a su lado y todos los habitantes de la isla parecían estar de acuerdo en rechazar sus 

proposiciones.

Con el paso de los días se fueron sintiendo cada vez más deprimidos. Por la noche, 

cuando se sentaban en su nueva casa después del día agotador, no intercambiaban 

una sola palabra y si se rompía el silencio era porque Kokua no podía reprimir más 

sus sollozos. Algunas veces rezaban juntos; otras colocaban la botella en el suelo y se 

pasaban la velada contemplando los movimientos de la sombra en su interior. En tales 

ocasiones tenían miedo de irse a descansar. Tardaba mucho en llegarles el sueño y si 

uno de ellos se adormilaba, al despertarse hallaba al otro llorando silenciosamente en 

la oscuridad o descubría que estaba solo, porque el otro había huído de la casa y de la 

proximidad de la botella para pasear bajo los bananos en el jardín o para vagar por la 

playa a la luz de la luna.

Así fue como Kokua se despertó una noche y encontró que Keawe se había 

marchado. Tocó la cama y el otro lado del lecho estaba frío. Entonces se asustó, 

incorporándose. Un poco de luz de luna se filtraba entre las persianas. Había 

suficiente claridad en la habitación para distinguir la botella sobre el suelo. Afuera 

soplaba el viento y hacía gemir los grandes árboles de la avenida mientras las hojas 

secas batían en la veranda. En medio de todo esto Kokua tomó conciencia de otro 

sonido; difícilmente hubiera podido decir si se trataba de un animal o de un hombre, 

pero sí que era tan triste como la muerte y que le desgarraba el alma. Kokua se 

levantó sin hacer ruido, entreabrió la puerta y contempló el jardín iluminado por la 

luna. Allí, bajo los bananos, yacía Keawe con la boca pegada a la tierra y eran sus 

labios los que dejaban escapar aquellos gemidos.

La primera idea de Kokua fue ir corriendo a consolarlo; pero en seguida comprendió 

que no debía hacerlo. Keawe se había comportado ante su esposa como un hombre 

valiente; no estaba bien que ella se inmiscuyera en aquel momento de debilidad. Ante 

este pensamiento Kokua retrocedió, volviendo otra vez al interior de la casa.

«¡Qué negligente he sido, Dios mío!», pensó. «¡Qué débil! Es él, y no yo, quien se 

enfrenta con la condenación eterna; la maldición recayó sobre su alma y no sobre la 

mía. Su preocupación por mi bien y su amor por una criatura tan poco digna y tan 

incapaz de ayudarle son las causas de que ahora vea tan cerca de sí las llamas del 

infierno y hasta huela el humo mientras yace ahí fuera, iluminado por la luna y 

azotado por el viento. ¿Soy tan torpe que hasta ahora nunca se me ha ocurrido 

considerar cuál es mi deber, o quizá viéndolo he preferido ignorarlo? Pero ahora, por 

fin, alzo mi alma en manos de mi afecto; ahora digo adiós a la blanca escalinata del 

paraíso y a los rostros de mis amigos que están allí esperando. ¡Amor por amor y que 

el mío sea capaz de igualar al de Keawe! ¡Alma por alma y que la mía perezca! »

Kokua era una mujer con gran destreza manual y en seguida estuvo preparada. 

Cogió el cambio, los preciosos céntimos que siempre tenían al alcance de la mano, 

porque es una moneda muy poco usada, y habían ido a aprovisionarse a una oficina 

del Gobierno. Cuando Kokua avanzaba ya por la avenida, el viento trajo unas nubes 

que ocultaron la luna. La ciudad dormía y la muchacha no sabía hacia dónde 

dirigirse hasta que oyó una tos que salía de debajo de un árbol.

47

background image

—Buen hombre —dijo Kokua—, ¿qué hace usted aquí solo en una noche tan fría?

El anciano apenas podía expresarse a causa de la tos, pero Kokua logró enterarse de 

que era viejo y pobre y un extranjero en la isla.

—¿Me haría usted un favor?—dijo Kokua—. De extranjero a extranjera y de anciano 

a muchacha, ¿no querrá usted ayudar a una hija de Hawaii?

—Ah—dijo el anciano—. Ya veo que eres la bruja de las Ocho Islas y que también 

quieres perder mi alma. Pero he oído hablar de ti y te aseguro que tu perversidad 

nada conseguirá contra mí.

—Siéntese aquí—le dijo Kokua—, y déjeme que le cuente una historia. Y le contó la 

historia de Keawe desde el principio hasta el fin.

—Y yo soy su esposa—dijo Kokua al terminar—; la esposa que Keawe compró a 

cambio de su alma. ¿Qué debo hacer? Si fuera yo misma a comprar la botella, no 

aceptaría. Pero si va usted, se la dará gustosísimo; me quedaré aquí esperándole: 

usted la comprará por cuatro céntimos y yo se la volveré a comprar por tres. ¡Y que el 

Señor dé fortaleza a una pobre muchacha!

—Si trataras de engañarme —dijo el anciano—, creo que Dios te mataría.

—¡Sí que lo haría!—exclamó Kokua—. No le quepa duda. No podría ser tan 

malvada. Dios no lo consentiría.

—Dame los cuatro céntimos y espérame aquí—dijo el anciano.

Ahora bien, cuando Kokua se quedó sola en la calle todo su valor desapareció. El 

viento rugía entre los árboles y a ella le parecía que las llamas del infierno estaban ya 

a punto de acometerla; las sombras se agitaban a la luz del farol, y le parecían las 

manos engarfiadas de los mensajeros del maligno. Si hubiera tenido fuerzas, habría 

echado a correr y de no faltarle el aliento habría gritado; pero fue incapaz de hacer 

nada y se quedó temblando en la avenida como una niñita muy asustada.

Luego vio al anciano que regresaba trayendo la botella.

—He hecho lo que me pediste—dijo al llegar junto a ella—. Tu marido se ha 

quedado llorando como un niño; dormirá en paz el resto de la noche.

Y extendió la mano ofreciéndole la botella a Kokua.

—Antes de dármela —jadeó Kokua— aprovéchese también de lo bueno: pida verse 

libre de su tos.

—Soy muy viejo—replicó el otro—, y estoy demasiado cerca de la tumba para 

aceptar favores del demonio. Pero ¿qué sucede? ¿Por qué no coges la botella? ¿Acaso 

dudas?

—¡No, no dudo!—exclamó Kokua—. Pero me faltan las fuerzas. Espere un momento. 

Es mi mano la que se resiste y mi carne la que se encoge en presencia de ese objeto 

maldito. ¡Un momento tan sólo!

El anciano miró a Kokua afectuosamente.

—¡Pobre niña! —dijo—; tienes miedo; tu alma te hace dudar. Bueno, me quedaré yo 

con ella. Soy viejo y nunca más conoceré la felicidad en este mundo, y, en cuanto al 

otro...

—¡Démela! —jadeó Kokua—. Aquí tiene su dinero. ¿Cree que soy tan vil como para 

eso? Deme la botella.

—Que Dios te bendiga, hija mía—dijo el anciano.

48

background image

Kokua ocultó la botella bajo su holoku, se despidió del anciano y echó a andar por la 

avenida sin preocuparse de saber en qué dirección. Porque ahora todos los caminos le 

daban lo mismo; todos la llevaban igualmente al infierno. Unas veces iba andando y 

otras corría; unas veces gritaba y otras se tumbaba en el polvo junto al camino y 

lloraba. Todo lo que había oído sobre el infierno le volvía ahora a la imaginación, 

contemplaba el brillo de las llamas, se asfixiaba con el acre olor del humo y sentía 

deshacerse su carne sobre los carbones encendidos.

Poco antes del amanecer consiguió serenarse y volver a casa. Keawe dormía igual que 

un niño, tal como el anciano le había asegurado. Kokua se detuvo a contemplar su 

rostro.

—Ahora, esposo mío—dijo—, te toca a ti dormir. Cuando despiertes podrás cantar y 

reír. Pero la pobre Kokua, que nunca quiso hacer mal a nadie, no volverá a dormir 

tranquila, ni a cantar ni a divertirse.

Después Kokua se tumbó en la cama al lado de Keawe y su dolor era tan grande que 

cayó al instante en un sopor profundísimo.

Su esposo se despertó ya avanzada la mañana y le dio la buena noticia. Era como si la 

alegría lo hubiera trastornado, porque no se dio cuenta de la aflicción de Kokua, a 

pesar de lo mal que ella la disimulaba. Aunque las palabras se le atragantaran, no 

tenía importancia; Keawe se encargaba de decirlo todo. A la hora de comer no probó 

bocado, pero ¿quién iba a darse cuenta?, porque Keawe no dejó nada en su plato. 

Kokua lo veía y le oía como si se tratara de un mal sueño; había veces en que se 

olvidaba o dudaba y se llevaba las manos a la frente; porque saberse condenada y 

escuchar a su marido hablando sin parar de aquella manera le resultaba demasiado 

monstruoso.

Mientras tanto Keawe comía y charlaba, hacía planes para su regreso a Hawaii, le 

daba las gracias a Kokua por haberlo salvado, la acariciaba y le decía que en realidad 

el milagro era obra suya. Luego Keawe empezó a reírse del viejo que había sido lo 

suficientemente estúpido como para comprar la botella.

—Parecía un anciano respetable—dijo Keawe—. Pero no se puede juzgar por las 

apariencias, porque ¿para qué necesitaría la botella ese viejo réprobo?

—Esposo mío—dijo Kokua humildemente—, su intención puede haber sido buena. 

Keawe se echó a reír muy enfadado.

—¡Tonterías! —exclamó acto seguido—. Un viejo pícaro, te lo digo yo; y estúpido por 

añadidura. Ya era bien difícil vender la botella por cuatro céntimos, pero por tres será 

completamente imposible. Apenas queda margen y todo el asunto empieza a oler a 

chamusquina... —dijo Keawe, estremeciéndose—. Es cierto que yo la compré por un 

centavo cuando no sabía que hubiera monedas de menos valor. Pero es absurdo hacer 

una cosa así; nunca aparecerá otro que haga lo mismo, y la persona que tenga ahora 

esa botella se la llevará consigo a la tumba.

—¿No es una cosa terrible, esposo mío dijo Kokua—, que la salvación propia 

signifique la condenación eterna de otra persona? Creo que yo no podría tomarlo a 

broma. Creo que me sentiría abatido y lleno de melancolía. Rezaría por el nuevo 

dueño de la botella.

Keawe se enfadó aún más al darse cuenta de la verdad que encerraban las palabras 

de Kokua.

49

background image

—¡Tonterías! —exclamó—. Puedes sentirte llena de melancolía si así lo deseas. Pero 

no me parece que sea ésa la actitud lógica de una buena esposa. Si pensaras un poco 

en mí, tendría que darte vergüenza.

Luego salió y Kokua se quedó sola.

¿Qué posibilidades tenía ella de vender la botella por dos céntimos? Kokua se daba 

cuenta de que no tenía ninguna. Y en el caso de que tuviera alguna, ahí estaba su 

marido empeñado en devolverla a toda prisa a un país donde no había ninguna 

moneda inferior al centavo. Y ahí estaba su marido abandonándola y recriminándola 

a la mañana siguiente después de su sacrificio.

Ni siquiera trató de aprovechar el tiempo que pudiera quedarle: se limitó a quedarse 

en casa, y unas veces sacaba la botella y la contemplaba con indecible horror y otras 

volvía a esconderla llena de aborrecimiento.

A la larga Keawe terminó por volver y la invitó a dar un paseo en coche.

—Estoy enferma, esposo mío—dijo ella—. No tengo ganas de nada. Perdóname, 

pero no me divertiría.

Esto hizo que Keawe se enfadara todavía más con ella, porque creía que le entristecía 

el destino del anciano, y consigo mismo, porque pensaba que Kokua tenía razón y se 

avergonzaba de ser tan feliz.

—¡Eso es lo que piensas de verdad—exclamó—, y ése es el afecto que me tienes! Tu 

marido acaba de verse a salvo de la condenación eterna a la que se arriesgó por tu 

amor y ¡tú no tienes ganas de nada! Kokua, tu corazón es un corazón desleal.

Keawe volvió a marcharse muy furioso y estuvo vagabundeando todo el día por la 

ciudad. Se encontró con unos amigos y estuvieron bebiendo juntos; luego alquilaron 

un coche para ir al campo y allí siguieron bebiendo.

Uno de los que bebían con Keawe era un brutal haole ya viejo que había sido 

contramaestre de un ballenero y también prófugo, buscador de oro y presidiario en 

varias cárceles. Era un hombre rastrero; le gustaba beber y ver borrachos a los demás; 

y se empeñaba en que Keawe tomara una copa tras otra. Muy pronto, a ninguno de 

ellos le quedaba más dinero.

—¡Eh, tú! —dijo el contramaestre—, siempre estás diciendo que eres rico. Que tienes 

una botella o alguna tontería parecida.

—Si—dijo Keawe—, soy rico; volveré a la ciudad y le pediré algo de dinero a mi 

mujer, que es la que lo guarda.

—Ese no es un buen sistema, compañero—dijo el contramaestre—. Nunca confíes tu 

dinero a una mujer. Son todas tan falsas como Judas; no la pierdas de vista.

Aquellas palabras impresionaron mucho a Keawe porque la bebida le había 

enturbiado el cerebro.

«No me extrañaría que fuera falsa», pensó. «¿Por qué tendría que entristecerle tanto 

mi liberación? Pero voy a demostrarle que a mí no se me engaña tan fácilmente. La 

pillaré in fraganti.

De manera que cuando regresaron a la ciudad, Keawe le pidió al contramaestre que 

le esperara en la esquina junto a la cárcel vieja, y él siguió solo por la avenida hasta la 

puerta de su casa. Era otra vez de noche; dentro había una luz, pero no se oía ningún 

ruido. Keawe dio la vuelta a la casa, abrió con mucho cuidado la puerta de atrás y 

miró dentro.

50

background image

Kokua estaba sentada en el suelo con la lámpara a su lado; delante había una botella 

de color lechoso, con una panza muy redonda y un cuello muy largo; y mientras la 

contemplaba, Kokua se retorcía las manos.

Keawe se quedó mucho tiempo en la puerta, mirando. Al principio fue incapaz de 

reaccionar; luego tuvo miedo de que la venta no hubiera sido válida y de que la 

botella hubiera vuelto a sus manos como le sucediera en San Francisco; y al pensar en 

esto notó que se le doblaban las rodillas y los vapores del vino se esfumaron de su 

cabeza como la neblina desaparece de un río con los primeros rayos del sol. Después 

se le ocurrió otra idea. Era una idea muy extraña e hizo que le ardieran las mejillas

«Tengo que asegurarme de esto», pensó.

De manera que cerró la puerta, dio la vuelta a la casa y entró de nuevo haciendo 

mucho ruido, como si acabara de llegar. Pero cuando abrió la puerta principal ya no 

se veía la botella por ninguna parte; y Kokua estaba sentada en una silla y se 

sobresaltó como alguien que se despierta.

—He estado bebiendo y divirtiéndome todo el día —dijo Keawe—. He encontrado 

unos camaradas muy simpáticos y vengo sólo a por más dinero para seguir bebiendo 

y corriéndonos la gran juerga.

Tanto su rostro como su voz eran tan severos como los de un juez, pero Kokua estaba 

demasiado preocupada para darse cuenta.

—Haces muy bien en usar de tu dinero, esposo mío —dijo ella con voz temblorosa.

—Ya sé que hago bien en todo—dijo Keawe, yendo directamente hacia el baúl y 

cogiendo el dinero. Pero también miró detrás, en el rincón donde guardaba la botella, 

pero la botella no estaba allí.

Entonces el baúl empezó a moverse como un alga marina y la casa a dilatarse como 

una espiral de humo, porque Keawe comprendió que estaba perdido, y que no le 

quedaba ninguna escapatoria. «Es lo que me temía», pensó; «es ella la que ha 

comprado la botella.»

Luego se recobró un poco, alzándose de nuevo; pero el sudor le corría por la cara tan 

abundante como si se tratara de gotas de lluvia y tan frío como si fuera agua de pozo.

—Kokua—dijo Keawe—, esta mañana me he enfadado contigo sin razón alguna. 

Ahora voy otra vez a divertirme con mis compañeros—añadió, riendo sin mucho 

entusiasmo—. Pero sé que lo pasaré mejor si me perdonas antes de marcharme.

Un momento después Kokua estaba agarrada a sus rodillas y se las besaba mientras 

ríos de lágrimas corrían por sus mejillas.

—¡Sólo quería que me dijeras una palabra amable! exclamó ella.

—Ojalá que nunca volvamos a pensar mal el uno del otro—dijo Keawe; acto seguido 

volvió a marcharse.

Keawe no había cogido más dinero que parte de la provisión de monedas de un 

céntimo que consiguieran nada más llegar. Sabía muy bien que no tenía ningún deseo 

de seguir bebiendo. Puesto que su mujer había dado su alma por él, Keawe tenía 

ahora que dar la suya por Kokua; no era posible pensar en otra cosa.

En la esquina, junto a la cárcel vieja, le esperaba el contramaestre.

—Mi mujer tiene la botella—dijo Keawe—, y si no me ayudas a recuperarla, se 

habrán acabado el dinero y la bebida por esta noche.

51

background image

—¿No querrás decirme que esa historia de la botella va en serio?—exclamó el 

contramaestre.

—Pongámonos bajo el farol—dijo Keawe—. ¿Tengo aspecto de estar bromeando?

—Debe de ser cierto—dijo el contramaestre—, porque estás tan serio como si 

vinieras de un entierro.

—Escúchame, entonces—dijo Keawe—; aquí tienes dos céntimos; entra en la casa y 

ofréceselos a mi mujer por la botella, y (si no estoy equivocado) te la entregará 

inmediatamente. Tráemela aquí y yo te la volveré a comprar por un céntimo; porque 

tal es la ley con esa botella: es preciso venderla por una suma inferior a la de la 

compra. Pero en cualquier caso no le digas una palabra de que soy yo quien te envía.

—Compañero, ¿no te estarás burlando de mí?—quiso saber el contramaestre. —

Nada malo te sucedería aunque fuera así—respondió Keawe. —Tienes razón, 

compañero—dijo el contramaestre.

—Y si dudas de mí—añadió Keawe—puedes hacer la prueba. Tan pronto como 

salgas de la casa, no tienes más que desear que se te llene el bolsillo de dinero, o una 

botella del mejor ron o cualquier otra cosa que se te ocurra y comprobarás en seguida 

el poder de la botella.

—Muy bien, kanaka—dijo el contramaestre—. Haré la prueba; pero si te estás 

divirtiendo a costa mía, te aseguro que yo me divertiré después a la tuya con una 

barra de hierro.

De manera que el ballenero se alejó por la avenida; y Keawe se quedó esperándolo. 

Era muy cerca del sitio donde Kokua había esperado la noche anterior; pero Keawe 

estaba más decidido y no tuvo un solo momento de vacilación; sólo su alma estaba 

llena del amargor de la desesperación.

Le pareció que llevaba ya mucho rato esperando cuando oyó que alguien se acercaba, 

cantando por la avenida todavía a oscuras. Reconoció en seguida la voz del 

contramaestre; pero era extraño que repentinamente diera la impresión de estar 

mucho más borracho que antes.

El contramaestre en persona apareció poco después, tambaleándose, bajo la luz del 

farol. Llevaba la botella del diablo dentro de la chaqueta y otra botella en la mano; y 

aún tuvo tiempo de llevársela a la boca y echar un trago mientras cruzaba el círculo 

iluminado.

—Ya veo que la has conseguido—dijo Keawe.

—¡Quietas las manos! —gritó el contramaestre, dando un salto hacia atrás—. Si te 

acercas un paso más te parto la boca. Creías que ibas a poder utilizarme, ¿no es 

cierto?

—¿Qué significa esto?—exclamó Keawe.

—¿Qué significa? —repitió el contramaestre—. Que esta botella es una cosa 

extraordinaria, ya lo creo que sí; eso es lo que significa. Cómo la he conseguido por 

dos céntimos es algo que no sabría explicar; pero sí estoy seguro de que no te la voy a 

dar por uno.

—¿Quieres decir que no la vendes?—jadeó Keawe.

—¡Claro que no!—exclamó el contramaestre—. Pero te dejaré echar un trago de ron, 

si quieres.

52

background image

—Has de saber—dijo Keawe—que el hombre que tiene esa botella terminará en el 

infierno.

—Calculo que voy a ir a parar allí de todas formas —replicó el marinero—; y esta 

botella es la mejor compañía que he encontrado para ese viaje. ¡No, señor! —exclamó 

de nuevo—; esta botella es mía ahora y ya puedes ir buscándote otra.

—¿Es posible que sea verdad todo esto?—exclamó Keawe—. ¡Por tu propio bien, te 

lo ruego, véndemela!

—No me importa nada lo que digas—replicó el contramaestre—. Me tomaste por 

tonto y ya ves que no lo soy; eso es todo. Si no quieres un trago de ron me lo tomaré 

yo. ¡A tu salud y que pases buena noche!

Y acto seguido continuó andando, camino de la ciudad; y con él también la botella 

desaparece de esta historia.

Pero Keawe corrió a reunirse con Kokua con la velocidad del viento; y grande fue su 

alegría aquella noche; y grande, desde entonces, ha sido la paz que colma todos sus 

días en la Casa Resplandeciente.

Apia, Upolu, Islas de Samoa, 1889.

53

background image

ENCENDER UN FUEGO

JACK LONDON

Acababa de amanecer un día gris y frío, enormemente gris y frío, cuando el hombre 

abandonó la ruta principal del Yukón y trepó el alto terraplén por donde un sendero 

apenas visible y escasamente transitado se abría hacia el este entre bosques de gruesos 

abetos. La ladera era muy pronunciada, y al llegar a la cumbre el hombre se detuvo a 

cobrar aliento, disculpándose a sí mismo el descanso con el pretexto de mirar su reloj. 

Eran las nueve en punto. Aunque no había en el cielo una sola nube, no se veía el sol 

ni se vislumbraba siquiera su destello. Era un día despejado y, sin embargo, cubría la 

superficie de las cosas una especie de manto intangible, una melancolía sutil que 

oscurecía el ambiente, y se debía a la ausencia de sol. El hecho no le preocupaba. 

Estaba hecho a la ausencia de sol. Habían pasado ya muchos días desde que lo había 

visto por última vez, y sabía que habían de pasar muchos más antes de que su órbita 

alentadora asomara fugazmente por el horizonte para ocultarse prontamente a su 

vista en dirección al sur.

Echó una mirada atrás, al camino que había recorrido. El Yukón, de una milla de 

anchura, yacía oculto bajo una capa de tres pies de hielo, sobre la que se habían 

acumulado otros tantos pies de nieve. Era un manto de un blanco inmaculado, y que 

formaba suaves ondulaciones. Hasta donde alcanzaba su vista se extendía la blancura 

ininterrumpida, a excepción de una línea oscura que partiendo de una isla cubierta 

de abetos se curvaba y retorcía en dirección al sur y se curvaba y retorcía de nuevo en 

dirección al norte, donde desaparecía tras otra isla igualmente cubierta de abetos. Esa 

línea oscura era el camino, la ruta principal que se prolongaba a lo largo de 

quinientas millas, hasta llegar al Paso de Chilcoot, a Dyea y al agua salada en 

dirección al sur, y en dirección al norte setenta millas hasta Dawson, mil millas hasta 

Nulato y mil quinientas más después, para morir en St. Michael, a orillas del Mar de 

Bering.

Pero todo aquello (la línea fina, prolongada y misteriosa, la ausencia del sol en el cielo, 

el inmenso frío y la luz extraña y sombría que dominaba todo) no le

produjo al hombre ninguna impresión. No es que estuviera muy acostumbrado a ello; 

era un recién llegado a esas tierras, un chechaquo, y aquel era su primer invierno. Lo 

que le pasaba es que carecía de imaginación. Era rápido y agudo para las cosas de la 

vida, pero sólo para las cosas, y no para calar en los significados de las cosas. 

Cincuenta grados bajo cero significaban unos ochenta grados bajo el punto de 

congelación. El hecho se traducía en un frío desagradable, y eso era todo. No lo 

inducía a meditar sobre la susceptibilidad de la criatura humana a las bajas 

temperaturas, ni sobre la fragilidad general del hombre, capaz sólo de vivir dentro de 

unos límites estrechos de frío y de calor, ni lo llevaba tampoco a perderse en 

conjeturas acerca de la inmortalidad o de la función que cumple el ser humano en el 

universo. Cincuenta grados bajo cero significaban para él la quemadura del hielo que 

provocaba dolor, y de la que había que protegerse por medio de manoplas, orejeras, 

54

background image

mocasines y calcetines de lana. Cincuenta grados bajo cero se reducían para él a eso... 

a cincuenta grados bajo cero. Que pudieran significar algo más, era una idea que no 

hallaba cabida en su mente.

Al volverse para continuar su camino escupió meditabundo en el suelo. Un chasquido 

seco, semejante a un estallido, lo sobresaltó. Escupió de nuevo. Y de nuevo crujió la 

saliva en el aire, antes de que pudiera llegar al suelo. El hombre sabía que a cincuenta 

grados bajo cero la saliva cruje al tocar la nieve, pero en este caso había crujido en el 

aire. Indudablemente la temperatura era aún más baja. Cuánto más baja, lo 

ignoraba. Pero no importaba. Se dirigía al campamento del ramal izquierdo del 

Arroyo Henderson, donde lo esperaban sus compañeros. Ellos habían llegado allí 

desde la región del Arroyo Indio, atravesando la línea divisoria, mientras él iba dando 

un rodeo para estudiar la posibilidad de extraer madera de las islas del Yukón la 

próxima primavera. Llegaría al campamento a las seis en punto; para entonces ya 

habría oscurecido, era cierto, pero los muchachos, que ya se hallarían allí, habrían 

encendido una hoguera y la cena estaría preparada y aguardándolo. En cuanto al 

almuerzo... palpó con la mano el bulto que sobresalía bajo la chaqueta. Lo sintió bajo 

la camisa, envuelto en un pañuelo, en contacto con la piel desnuda. Aquel era el 

único modo de evitar que se congelara. Se sonrió ante el recuerdo de aquellas galletas 

empapadas en grasa de cerdo que encerraban sendas lonchas de tocino frito.

Se introdujo entre los gruesos abetos. El sendero era apenas visible. Había caído al 

menos un pie de nieve desde que pasara el último trineo. Se alegró de viajar a pie y 

ligero de equipaje. De hecho, no llevaba más que el almuerzo envuelto en el pañuelo. 

Le sorprendió, sin embargo, la intensidad del frío. Sí, realmente hacía frío, se dijo, 

mientras se frotaba la nariz y las mejillas insensibles con la mano enfundada en una 

manopla. Era un hombre velludo, pero el vello de la cara no lo protegía de las bajas 

temperaturas, ni los altos pómulos, ni la nariz ávida que se hundía agresiva en el aire 

helado.

Pegado a sus talones trotaba un perro esquimal, el clásico perro lobo de color gris y 

de temperamento muy semejante al de su hermano, el lobo salvaje. El animal 

avanzaba abrumado por el tremendo frío. Sabía que aquél no era día para viajar. Su 

instinto le decía más que el raciocinio al hombre a quien acompañaba. Lo cierto es 

que la temperatura no era de cincuenta grados, ni siquiera de poco menos de 

cincuenta; era de sesenta grados bajo cero, y más tarde, de setenta bajo cero. Era de 

setenta y cinco grados bajo cero. Teniendo en cuenta que el punto de congelación es 

treinta y dos sobre cero, eso significaba ciento siete grados bajo el punto de 

congelación. El perro no sabía nada de termómetros. Posiblemente su cerebro no 

tenía siquiera una conciencia clara del frío como puede tenerla el cerebro humano. 

Pero el animal tenía instinto. Experimentaba un temor vago y amenazador que lo 

subyugaba, que lo hacía arrastrarse pegado a los talones del hombre, y que lo inducía 

a cuestionarse todo movimiento inusitado de éste como esperando que llegara al 

campamento o que buscara refugio en algún lugar y encendiera una hoguera. El 

perro había aprendido lo que era el fuego y lo deseaba; y si no el fuego, al menos 

hundirse en la nieve y acurrucarse a su calor, huyendo del aire.

La humedad helada de su respiración cubría sus lanas de una fina escarcha, 

especialmente allí donde el morro y los bigotes blanqueaban bajo el aliento

55

background image

cristalizado. La barba rojiza y los bigotes del hombre estaban igualmente helados, 

pero de un modo más sólido; en él la escarcha se había convertido en hielo y 

aumentaba con cada exhalación. El hombre mascaba tabaco, y aquella mordaza 

helada mantenía sus labios tan rígidos que cuando escupía el jugo no podía limpiarse 

la barbilla. El resultado era una barba de cristal del color y la solidez del ámbar que 

crecía constantemente y que si cayera al suelo se rompería como el cristal en 

pequeños fragmentos. Pero al hombre no parecía importarle aquel apéndice a su 

persona. Era el castigo que los aficionados a mascar tabaco habían de sufrir en esas 

regiones, y él no lo ignoraba, pues había ya salido dos veces anteriormente en días de 

intenso frío. No tanto como en esta ocasión, eso lo sabía, pero el termómetro en 

Sesenta Millas había marcado en una ocasión cincuenta grados, y hasta cincuenta y 

cinco grados bajo cero.

Anduvo varias millas entre los abetos, cruzó una ancha llanura cubierta de matorrales 

achaparrados y descendió un terraplén hasta llegar al cauce helado de un riachuelo. 

Aquel era el Arroyo Henderson. Se hallaba a diez millas de la bifurcación. Miró la 

hora. Eran las diez. Recorría unas cuatro millas por hora y calculó que llegaría a ese 

punto a las doce y media. Decidió que celebraría el hecho almorzando allí mismo.

Cuando el hombre reanudó su camino con paso inseguro, siguiendo el cauce del río, 

el perro se pegó de nuevo a sus talones, mostrando su desilusión con el caer del rabo 

entre las patas. La vieja ruta era claramente visible, pero unas doce pulgadas de nieve 

cubrían las huellas del último trineo. Ni un solo ser humano había recorrido en más 

de un mes el cauce de aquel arroyo silencioso. El hombre siguió adelante a marcha 

regular. No era muy dado a la meditación, y en aquel momento no se le ocurría nada 

en qué pensar excepto que comería en la bifurcación y que a las seis de la tarde 

estaría en el campamento con los compañeros. No tenía a nadie con quien hablar, y 

aunque lo hubiera tenido le habría sido imposible hacerlo debido a la mordaza que le 

inmovilizaba los labios. Así que siguió adelante mascando tabaco monótonamente y 

alargando poco a poco su barba de ámbar.

De vez en cuando se reiteraba en su mente la idea de que hacía mucho frío y que 

nunca había experimentado temperaturas semejantes. Conforme avanzaba en su 

camino se frotaba las mejillas y la nariz con el dorso de una mano enfundada en una 

manopla. Lo hacía automáticamente, alternando la derecha con la izquierda. Pero en 

el instante en que dejaba de hacerlo, los carrillos se le entumecían, y al segundo 

siguiente la nariz se le quedaba insensible. Estaba seguro de que tenía heladas las 

mejillas; lo sabía y sentía no haberse ingeniado un antifaz como el que llevaba Bud en 

días de mucho frío y que le protegía casi toda la cara. Pero al fin y al cabo, tampoco 

era para tanto. ¿Qué importancia tenían unas mejillas entumecidas? Era un poco 

doloroso, es cierto, pero nada verdaderamente serio.

A pesar de su poca inclinación a pensar era buen observador y reparó en los cambios 

que había experimentado el arroyo, en las curvas y los meandros y en las 

acumulaciones de troncos y ramas provocadas por el deshielo de la primavera. Tenía 

especial cuidado en mirar dónde ponía los pies. En cierto momento, al doblar una 

curva, se detuvo sobresaltado como un caballo espantado; retrocedió unos pasos y dio 

un rodeo para evitar el lugar donde había pisado. El arroyo, el hombre lo sabía, 

estaba helado hasta el fondo (era imposible que corriera el agua en aquel frío ártico), 

56

background image

pero sabía también que había manantiales que brotaban en las laderas y corrían bajo 

la nieve y sobre el hielo del río. Sabía que ni el frío más intenso helaba esos 

manantiales, y no ignoraba el peligro que representaban. Eran auténticas trampas. 

Ocultaban bajo la nieve verdaderas lagunas de una profundidad que oscilaba entre 

tres pulgadas y tres pies de agua. En ocasiones estaban cubiertas por una fina capa de 

hielo de un grosor de media pulgada oculta a su vez por un manto de nieve. Otras 

veces alternaban las capas de agua y de hielo, de modo que si el caminante rompía la 

primera, continuaba rompiendo sucesivas capas con peligro de hundirse en el agua, 

en ocasiones hasta la cintura. Por eso había retrocedido con pánico. Había notado 

cómo cedía el suelo bajo su pisada y había oído el crujido de una fina capa de hielo 

oculta bajo la nieve. Mojarse los pies en aquella temperatura era peligroso. En el 

mejor de los casos representaba un retraso, pues le obligaría a detenerse y a hacer una 

hoguera, al calor de la cual calentarse los pies y secar sus mocasines y calcetines de 

lana. Se detuvo a estudiar el cauce del río, y decidió que la corriente de agua venía de 

la derecha. Reflexionó unos instantes, sin dejar de frotarse las mejillas y la nariz, y 

luego dio un pequeño rodeo por la izquierda, pisando con cautela y asegurándose 

cuidadosamente de dónde ponía los pies. Una vez pasado el peligro se metió en la 

boca una nueva porción de tabaco y reemprendió su camino.

En el curso de las dos horas siguientes tropezó con varias trampas semejantes. 

Generalmente la nieve acumulada sobre las lagunas ocultas tenía un aspecto glaseado 

que advertía del peligro. En una ocasión, sin embargo, estuvo a punto de sucumbir, 

pero se detuvo a tiempo y quiso obligar al perro a que caminara ante él. El perro no 

quiso adelantarse. Se resistió hasta que el hombre se vio obligado a empujarlo, y sólo 

entonces se adentró apresuradamente en la superficie blanca y lisa. De pronto el suelo 

se hundió bajo sus patas, el perro se ladeó y buscó terreno más seguro. Se había 

mojado las patas delanteras, y casi inmediatamente el agua adherida a ellas se había 

convertido en hielo. Sin perder un segundo se aplicó a lamerse las pezuñas, y luego se 

tendió en el suelo y comenzó a arrancar a mordiscos el hielo que se había formado 

entre los dedos. Así se lo dictaba su instinto. Permitir que el hielo continuara allí 

acumulado significaba dolor. Él no lo sabía, simplemente obedecía a un impulso 

misterioso que surgía de las criptas más profundas de su ser. Pero el hombre sí lo 

sabía, porque su juicio le había ayudado a comprenderlo, y por eso se quitó la 

manopla de la mano derecha y ayudó al perro a quitarse las partículas de hielo. Se 

asombró al darse cuenta de que no había dejado los dedos al descubierto más de un 

minuto y ya los tenía entumecidos. Sí, señor, hacía frío. Se volvió a enfundar la 

manopla a toda prisa y se golpeó la mano con fuerza contra el pecho.

A las doce, la claridad era mayor, pero el sol había descendido demasiado hacia el sur 

en su viaje invernal, como para poder asomarse sobre el horizonte. La tierra se 

interponía entre él y el Arroyo Henderson, donde el hombre caminaba

bajo un cielo despejado, sin proyectar sombra alguna. A las doce y media en punto 

llegó a la bifurcación. Estaba contento de la marcha que llevaba. Si seguía así, a las 

seis estaría con sus compañeros. Se desabrochó la chaqueta y la camisa y sacó el 

almuerzo La acción no le llevó más de un cuarto de minuto y, sin embargo, notó que 

la sensibilidad huía de sus dedos. No volvió a ponerse la manopla; esta vez se limitó a 

sacudirse los dedos contra el muslo una docena de veces. Luego se sentó sobre un 

57

background image

tronco helado a comerse su almuerzo. El dolor que le había provocado sacudirse los 

dedos contra las piernas se desvaneció tan pronto que se sorprendió. No había 

mordido siquiera la primera galleta. Volvió a sacudir los dedos repetidamente y esta 

vez los enfundó en la manopla, descubriendo, en cambio, la mano izquierda. Trató de 

hincar los dientes en la galleta, pero la mordaza de hielo le impidió abrir la boca. Se 

había olvidado de hacer una hoguera para derretirla. Se rió de su descuido, y 

mientras se reía notó que los dedos que había dejado a la intemperie se le habían 

quedado entumecidos. Sintió también que las punzadas que había sentido en los pies 

al sentarse se hacían cada vez más tenues. Se preguntó si sería porque los pies se 

habían calentado o porque habían perdido sensibilidad. Trató de mover los dedos de 

los pies dentro de los mocasines y comprobó que los tenía entumecidos.

Se puso la manopla apresuradamente y se levantó. Estaba un poco asustado. Dio una 

serie de patadas contra el suelo, hasta que volvió a sentir las punzadas de nuevo. Sí, 

señor, hacía frío, pensó. Aquel hombre del Arroyo del Sulfuro había tenido razón al 

decir que en aquella región el frío podía ser estremecedor. ¡Y pensar que cuando se lo 

dijo él se había reído! No había vuelta que darle, hacía un frío de mil demonios. Paseó 

de arriba a abajo dando fuertes patadas en el suelo y frotándose los brazos con las 

manos, hasta que volvió a calentarse. Sacó entonces los fósforos y comenzó a preparar 

una hoguera. En el nivel más bajo de un arbusto cercano encontró un depósito de 

ramas acumuladas por el deshielo la primavera anterior. Estaban completamente 

secas y se avenían perfectamente a sus propósitos. Añadiendo ramas poco a poco a las 

primeras llamas logró hacer una hoguera perfecta; a su calor se derritió la mordaza 

de hielo y pudo comerse las galletas. De momento había logrado vencer al frío del 

exterior. El perro se solazó al fuego y se tendió sobre la nieve a la distancia precisa 

para poder calentarse sin peligro de quemarse.

Cuando el hombre terminó de comer llenó su pipa y fumó sin apresurarse. Luego se 

puso las manoplas, se ajustó las orejeras y comenzó a caminar siguiendo la orilla 

izquierda del arroyo. El perro, desilusionado, se resistía a abandonar el fuego. Aquel 

hombre no sabía lo que hacía. Probablemente sus antepasados ignoraban lo que era 

el frío, el auténtico frío, el que llega a los ciento setenta grados bajo el punto de 

congelación. Pero el perro sí sabía; sus antepasados lo habían experimentado y él 

había heredado su sabiduría. Él sabía que no era bueno ni sensato echarse al camino 

con aquel frío salvaje. Con ese tiempo lo mejor era acurrucarse en un agujero en la 

nieve y esperar a que una cortina de nubes ocultara el rostro del espacio exterior de 

donde procedía el frío. Pero entre el hombre y el perro no había una auténtica 

compenetración. El uno era siervo del otro, y las únicas caricias que había recibido 

eran las del látigo y los sonidos sordos y amenazadores que las precedían. Por eso el 

perro no hizo el menor esfuerzo por comunicar al hombre sus temores. Su suerte no 

le preocupaba; si se resistía a abandonar la hoguera era exclusivamente por sí mismo. 

Pero el hombre silbó y le habló con el lenguaje del látigo, y el perro se pegó a sus 

talones y lo siguió.

El hombre se metió en la boca una nueva porción de tabaco y dio comienzo a otra 

barba de ámbar. Pronto su aliento húmedo le cubrió de un polvo blanco el bigote, las 

cejas y las pestañas. No había muchos manantiales en la orilla izquierda del 

Henderson, y durante media hora caminó sin hallar ninguna dificultad. Pero de 

58

background image

pronto sucedió. En un lugar donde nada advertía del peligro, donde la blancura 

ininterrumpida de la nieve parecía ocultar una superficie sólida, el hombre se hundió. 

No fue mucho, pero antes de lograr ponerse de pie en terreno firme se había mojado 

hasta la rodilla.

Se enfureció y maldijo en voz alta su suerte. Quería llegar al campamento a las seis en 

punto y aquel percance representaba una hora de retraso. Ahora tendría

que encender una hoguera y esperar a que se le secaran los pies, los calcetines y los 

mocasines. Con aquel frío no podía hacer otra cosa, eso sí lo sabía. Trepó a lo alto del 

terraplén que formaba la ribera del riachuelo. En la cima, entre las ramas más bajas 

de varios abetos enanos, encontró un depósito de leña seca hecho de troncos y ramas 

principalmente, pero también de algunas ramillas de menor tamaño y de briznas de 

hierba del año anterior. Arrojó sobre la nieve los troncos más grandes, con objeto de 

que sirvieran de base para la hoguera e impidieran que se derritiera la nieve y se 

hundiera en ella la llama que logró obtener arrimando una cerilla a un trozo de 

corteza de abedul que se había sacado del bolsillo La corteza de abedul ardía con más 

facilidad que el papel. Tras colocar la corteza sobre la base de troncos, comenzó a 

alimentar la llama con las briznas de hierba seca y las ramas de menor tamaño.

Trabajó lentamente y con cautela, sabedor del peligro que corría. Poco a poco, 

conforme la llama se fortalecía, fue aumentando el tamaño de las ramas que a ella 

añadía. Decidió ponerse en cuclillas sobre la nieve para poder sacar la madera de 

entre las ramas de los abetos y aplicarlas directamente al fuego. Sabía que no podía 

permitirse un solo fallo. A setenta y cinco grados bajo cero y con los pies mojados no 

se puede fracasar en el primer intento de hacer una hoguera. Con los pies secos 

siempre se puede correr media milla para restablecer la circulación de la sangre, pero 

a setenta y cinco bajo cero es totalmente imposible hacer circular la sangre por unos 

pies mojados. Cuanto más se corre, más se hielan los pies.

Esto el hombre lo sabía. El veterano del Arroyo del Sulfuro se lo había dicho el otoño 

anterior, y ahora se daba cuenta de que había tenido razón. Ya no sentía los pies. Para 

hacer la hoguera había tenido que quitarse las manoplas, y los dedos se le habían 

entumecido también. El andar a razón de cuatro millas por hora había mantenido 

bien regadas de sangre la superficie del tronco y las extremidades, pero en el instante 

en que se había detenido, su corazón había aminorado la marcha. El frío castigaba 

sin piedad en aquel extremo inerme de la tierra y el hombre, por hallarse en aquel 

lugar, era víctima del castigo en todo su rigor. La sangre de su cuerpo retrocedía ante 

aquella temperatura extrema. La sangre estaba viva como el perro, y como el perro 

quería ocultarse, ponerse al abrigo de aquel frío implacable. Mientras el hombre 

andaba a cuatro millas por hora obligaba a la sangre a circular hasta la superficie, 

pero ahora ésta, aprovechando su inacción, se retraía y se hundía en los recovecos 

más profundos de su cuerpo. Las extremidades fueron las primeras que notaron los 

efectos de su ausencia. Los pies mojados se helaron, mientras que los dedos expuestos 

a la intemperie perdieron sensibilidad, aunque aún no habían empezado a 

congelarse. La nariz y las mejillas estaban entumecidas, y la piel del cuerpo se 

enfriaba conforme la sangre se retiraba.

Pero el hombre estaba a salvo. El hielo sólo le afectaría los dedos de los pies y la nariz, 

porque el fuego comenzaba ya a cobrar fuerza. Lo alimentaba ahora con ramas del 

59

background image

grueso de un dedo. Un minuto más y podría arrojar a él troncos del grosor de su 

muñeca. Entonces se quitaría los mocasines y los calcetines y mientras se secaban 

acercaría a las llamas los pies desnudos, no sin antes frotarlos, naturalmente, con un 

puñado de nieve. La hoguera era un completo éxito. Estaba salvado. Recordó el 

consejo del veterano del Arroyo del Sulfuro y sonrió. El anciano había enunciado con 

toda seriedad la ley según la cual por debajo de cincuenta grados bajo cero no se debe 

viajar solo por la región del Klondike. Pues bien, allí estaba él; había sufrido el 

accidente más temido, iba solo, y, sin embargo, se había salvado. Abuelos veteranos, 

pensó, eran bastante cobardes, al menos algunos de ellos. Mientras no se perdiera la 

cabeza no había nada que temer. Se podía viajar solo con tal de que se fuera hombre 

de veras. Aun así era asombrosa la velocidad a que se helaban la nariz y las mejillas. 

Nunca había sospechado que los dedos pudieran quedar sin vida en tan poco tiempo. 

Y sin vida se hallaban los suyos porque apenas podía unirlos para coger una rama y 

los sentía lejos, muy lejos de su cuerpo. Cuando trataba de coger una rama tenía que 

mirar para asegurarse con la vista de que había logrado su propósito. Entre su 

cerebro y las yemas de sus dedos quedaba escaso contacto.

Pero todo aquello no importaba gran cosa. Allí estaba la hoguera crujiendo y 

chisporroteando y prometiendo vida con cada llama retozona. Trató de quitarse los 

mocasines. Estaban cubiertos de hielo. Los gruesos calcetines alemanes se habían 

convertido en láminas de hierro que llegaban hasta media pantorrilla. Los cordones 

de los mocasines eran cables de acero anudados y enredados en extraña 

confabulación. Durante unos momentos trató de deshacer los nudos con los dedos; 

luego, dándose cuenta de la inutilidad del esfuerzo, sacó su cuchillo.

Pero antes de que pudiera cortar los cordones ocurrió la tragedia. Fue culpa suya o, 

mejor dicho, consecuencia de su error. No debió hacer la hoguera bajo las ramas del 

abeto. Debió hacerla en un claro. Pero le había resultado más sencillo recoger el 

material de entre las ramas y arrojarlo directamente al fuego. El árbol bajo el que se 

hallaba estaba cubierto de nieve. El viento no había soplado en varias semanas y las 

ramas estaban excesivamente cargadas. Cada brizna de hierba, cada rama que cogía, 

comunicaba al árbol una leve agitación, imperceptible a su entender, pero suficiente 

para provocar el desastre. En lo más alto del árbol una rama volcó su carga de nieve 

sobre las ramas inferiores, y el impacto multiplicó el proceso hasta acumularse toda la 

nieve del árbol sobre las ramas más bajas. La nieve creció como en una avalancha y 

cayó sin previo aviso sobre el hombre y sobre la hoguera. El fuego se apagó. Donde 

pocos momentos antes había crepitado, no quedaba más que un desordenado 

montón de nieve fresca.

El hombre quedó estupefacto. Fue como si hubiera oído su sentencia de muerte. 

Durante unos instantes se quedó sentado mirando hacia el lugar donde segundos 

antes ardiera un alegre fuego. Después se tranquilizó. Quizá el veterano del Arroyo 

del Sulfuro había tenido razón. Si tuviera un compañero de viaje, ahora no correría 

peligro. Su compañero podía haber encendido el fuego. Pero de este modo sólo él 

podía encender otra hoguera y esta segunda vez un fallo sería mortal. Aun si lo 

lograba, lo más seguro era que perdería para siempre parte de los dedos de los pies. 

Debía tenerlos congelados ya, y aún tardaría en encender un fuego.

60

background image

Estos fueron sus pensamientos, pero no se sentó a meditar sobre ellos. Mientras 

merodeaban por su mente no dejó de afanarse en su tarea. Hizo una nueva base para 

la hoguera, esta vez en campo abierto, donde ningún árbol traidor pudiera sofocarla. 

Reunió luego un haz de ramillas e hierbas secas acumuladas por el deshielo. No podía 

cogerlas con los dedos, pero sí podía levantarlas con ambas manos, en montón. De 

esta forma cogía muchas ramas podridas y un musgo verde que podría perjudicar al 

fuego, pero no podía hacerlo mejor. Trabajó metódicamente; incluso dejó en reserva 

un montón de ramas más gruesas para utilizarlas como combustible una vez que el 

fuego hubiera cobrado fuerza. Y mientras trabajaba, el perro lo miraba con la 

ansiedad reflejándose en los ojos, porque lo consideraba el encargado de 

proporcionarle fuego, y el fuego tardaba en llegar.

Cuando todo estuvo listo, el hombre buscó en su bolsillo un segundo trozo de corteza 

de abedul. Sabía que estaba allí, y aunque no podía sentirla con los dedos la oía crujir, 

mientras revolvía en sus bolsillos. Por mucho que lo intentó no pudo hacerse con ella. 

Y, mientras tanto, no se apartaba de su mente la idea de que cada segundo que 

pasaba los pies se le helaban más y más. Comenzó a invadirlo el pánico, pero supo 

luchar contra él y conservar la calma. Se puso las manoplas con los dientes y blandió 

los brazos en el aire para sacudirlos después con fuerza contra los costados. Lo hizo 

primero sentado, luego de pie, mientras el perro lo contemplaba sentado sobre la 

nieve con su cola peluda de lobo enroscada en torno a las patas para calentarlas, y las 

agudas orejas lupinas proyectadas hacia el frente. Y el hombre, mientras sacudía y 

agitaba en el aire los brazos y las manos, sintió una enorme envidia por aquella 

criatura, caliente y segura bajo su cobertura natural.

Al poco tiempo sintió la primera señal lejana de un asomo de sensación en sus dedos 

helados. El suave cosquilleo inicial se fue haciendo cada vez más fuerte hasta 

convertirse en un dolor agudo, insoportable, pero que él recibió con indecible 

satisfacción. Se quitó la manopla de la mano derecha y se dispuso a buscar la astilla. 

Los dedos expuestos comenzaban de nuevo a perder sensibilidad. Luego sacó un 

manojo de fósforos de sulfuro. Pero el tremendo frío había entumecido ya totalmente 

sus dedos. Mientras se esforzaba por separar una cerilla de las otras, el paquete entero 

cayó al suelo Trató de recogerlo, pero no pudo. Los dedos muertos no podían ni tocar 

ni coger. Ejecutaba cada acción con una inmensa cautela. Apartó de su mente la idea 

de que los pies, la nariz y las mejillas se le helaban a enorme velocidad, y se entregó 

en cuerpo y alma a la tarea de recoger del suelo las cerillas. Decidió utilizar la vista en 

lugar del tacto, y en el momento en que vio dos de sus dedos debidamente colocados 

uno a cada lado del paquete, los cerró, o mejor dicho quiso cerrarlos, pero la 

comunicación estaba ya totalmente cortada y los dedos no obedecieron. Se puso la 

manopla derecha y se sacudió la mano salvajemente sobre la rodilla. Luego, 

utilizando ambas manos, recogió el paquete de fósforos entre un puñado de nieve y se 

lo colocó en el regazo. Pero con esto no había conseguido nada. Tras una larga 

manipulación logró aprisionar el paquete entre las dos manos enguantadas, y de esta 

manera lo levantó hasta su boca. El hielo que sellaba sus labios crujió cuando con un 

enorme esfuerzo consiguió separarlos. Contrajo la mandíbula, elevó el labio superior 

y trató de separar una cerilla con los dientes. Al fin lo logró, y la dejó caer sobre las 

rodillas. Seguía sin conseguir nada. No podía recogerla. Al fin se le ocurrió una idea. 

61

background image

La levantó entre los dientes y la frotó contra el muslo. Veinte veces repitió la 

operación, hasta que logró encender el fósforo. Sosteniéndolo aún entre los dientes lo 

acercó a la corteza de abedul, pero el vapor de azufre le llegó a los pulmones y le 

causó una tos espasmódica. El fósforo cayó sobre la nieve y se apagó.

El veterano del Arroyo del Sulfuro tenía razón, pensó el hombre en el momento de 

resignada desesperación que siguió al incidente. A menos de cincuenta grados bajo 

cero se debe viajar siempre con un compañero. Dio unas cuantas palmadas, pero no 

notó en las manos la menor sensación. Se quitó las manoplas con los dientes y cogió 

el paquete entero de fósforos con la base de las manos. Como aún no tenía helados los 

músculos de los brazos pudo ejercer presión sobre el paquete. Luego frotó los fósforos 

contra la pierna. De pronto estalló la llama.

¡Sesenta fósforos de azufre ardiendo al mismo tiempo! No soplaba ni la brisa más 

ligera que pudiera apagarlos. Ladeó la cabeza para escapar a los vapores y aplicó la 

llama a la corteza de abedul. Mientras lo hacía notó una extraña sensación en la 

mano. La carne se le quemaba. A su olfato llegó el olor y allá dentro, bajo la 

superficie, lo sintió. La sensación se fue intensificando hasta convertirse en un dolor 

agudo. Y aún así lo soportó manteniendo torpemente la llama contra la corteza que 

no se encendía porque sus manos se interponían, absorbiendo la mayor parte del 

fuego.

Al fin, cuando no pudo aguantar más, abrió las manos de golpe. Los fósforos cayeron 

chisporroteando sobre la nieve, pero la corteza de abedul estaba encendida. Comenzó 

a acumular sobre la llama ramas y briznas de hierba. No podía seleccionar, porque la 

única forma de transportar el combustible era utilizando la base de las manos. A las 

ramas iban adheridos fragmentos de madera podrida y de un musgo verde que 

arrancó como pudo con los dientes. Cuidó la llama con mimo y con torpeza. Esa 

llama significaba la vida, y no podía perecer. La sangre se retiró de la superficie de su 

cuerpo, y el hombre comenzó a tiritar y a moverse desarticuladamente. Un 

montoncillo de musgo verde cayó sobre la llama. Trató de apartarlo, pero el temblor 

de los dedos desbarató el núcleo de la hoguera. Las ramillas se disgregaron. Quiso 

reunirlas de nuevo, pero a pesar del enorme esfuerzo que hizo por conseguirlo, el 

temblor de sus manos se impuso y las ramas se disgregaron sin remedio. Cada una de 

ellas elevó en el aire una pequeña columna de humo y se apagó. El hombre, el 

encargado de proporcionar el fuego, había fracasado. Mientras miraba apáticamente 

en torno suyo, su mirada recayó en el perro, que sentado frente a él, al otro lado de 

los restos de la hoguera, se movía con impaciencia, levantando primero una pata, 

luego la otra, y pasando de una a otra el peso de su cuerpo.

Al ver al animal se le ocurrió una idea descabellada. Recordó haber oído la historia 

de un hombre que, sorprendido por una tormenta de nieve, había matado a un 

novillo, lo había abierto en canal y había logrado sobrevivir introduciéndose en su 

cuerpo. Mataría al perro e introduciría sus manos en el cuerpo caliente,

hasta que la insensibilidad desapareciera. Después encendería otra hoguera. Llamó al 

perro, pero el tono atemorizado de su voz asustó al animal, que nunca lo había oído 

hablar de forma semejante. Algo extraño ocurría, y su naturaleza desconfiada 

olfateaba el peligro. No sabía de qué se trataba, pero en algún lugar de su cerebro el 

temor se despertó. Agachó las orejas y redobló sus movimientos inquietos, pero no 

62

background image

acudió a la llamada. El hombre se puso de rodillas y se acercó a él. Su postura 

inusitada despertó aún mayores sospechas en el perro, que se hizo a un lado 

atemorizado.

El hombre se sentó en la nieve unos momentos y luchó por conservar la calma. Luego 

se puso las manoplas con los dientes y se levantó. Tuvo que mirar al suelo primero 

para asegurarse de que se había levantado, porque la ausencia de sensibilidad en los 

pies le había hecho perder contacto con la tierra. Al verle en posición erecta, el perro 

dejó de dudar, y cuando el hombre volvió a hablarle en tono autoritario con el sonido 

del látigo en la voz, volvió a su servilismo acostumbrado y lo obedeció. En el 

momento en que llegaba a su lado, el hombre perdió el control. Extendió los brazos 

hacia él y comprobó con auténtica sorpresa que las manos no se cerraban, que no 

podía doblar los dedos ni notaba la menor sensación. Había olvidado que estaban ya 

helados y que el proceso se agravaba por momentos. Aun así, todo sucedió con tal 

rapidez que antes de que el perro pudiera escapar lo había aferrado entre los brazos. 

Se sentó en la nieve y lo mantuvo aferrado contra su cuerpo, mientras el perro se 

debatía por desasirse.

Aquello era lo único que podía hacer. Apretarlo contra sí y esperar. Se dio cuenta de 

que ni siquiera podía matarlo. Le era completamente imposible. Con las manos 

heladas no podía ni empuñar el cuchillo ni asfixiar al animal. Al fin lo soltó y el perro 

escapó con el rabo entre las patas, sin dejar de gruñir. Se detuvo a unos cuarenta pies 

de distancia, y desde allí estudió al hombre con curiosidad, con las orejas enhiestas y 

proyectadas hacia el frente.

El hombre se buscó las manos con la mirada y las halló colgando de los extremos de 

sus brazos. Le pareció extraño tener que utilizar la vista para encontrarlas. Volvió a 

blandir los brazos en el aire golpeándose las manos

enguantadas contra los costados. Los agitó durante cinco minutos con violencia 

inusitada, y de este modo logró que el corazón lanzara a la superficie de su cuerpo la 

sangre suficiente para que dejara de tiritar. Pero seguía sin sentir las manos. Tenía la 

impresión de que le colgaban como peso muerto al final de los brazos, pero cuando 

quería localizar esa impresión, no la encontraba.

Comenzó a invadirle el miedo a la muerte, un miedo sordo y tenebroso. El temor se 

agudizó cuando cayó en la cuenta de que ya no se trataba de perder unos cuantos 

dedos de las manos o los pies, que ahora constituía un asunto de vida o muerte en el 

que llevaba todas las de perder. La idea le produjo pánico; se volvió y echó a correr 

sobre el cauce helado del arroyo, siguiendo la vieja ruta ya casi invisible. El perro 

trotaba a su lado, a la misma altura que él. Corrió ciegamente sin propósito ni fin, 

con un miedo que no había sentido anteriormente en su vida. Mientras corría 

desesperado entre la nieve comenzó a ver las cosas de nuevo: las riberas del arroyo, 

los depósitos de ramas, los álamos desnudos, el cielo... Correr le hizo sentirse mejor. 

Ya no tiritaba. Era posible que si seguía corriendo los pies se le descongelaran y hasta, 

quizá, si corría lo suficiente, podría llegar al campamento. Indudablemente perdería 

varios dedos de las manos y los pies y parte de la cara, pero sus compañeros se 

encargarían de cuidarlo y salvarían el resto. Mientras acariciaba este pensamiento le 

asaltó una nueva idea. Pensó de pronto que nunca llegaría al campamento, que se 

hallaba demasiado lejos, que el hielo se había adueñado de él y pronto sería un 

63

background image

cuerpo rígido, muerto. Se negó a dar paso franco a este nuevo pensamiento, y lo 

confinó a los lugares más recónditos de su mente, desde donde siguió pugnando por 

hacerse oír, mientras el hombre se esforzaba en pensar en otras cosas.

Le extrañó poder correr con aquellos pies tan helados que ni los sentía cuando los 

ponía en el suelo y cargaba sobre ellos el peso de su cuerpo. Le parecía deslizarse 

sobre la superficie sin tocar siquiera la tierra. En alguna parte había visto un 

Mercurio alado, y en aquel momento se preguntó qué sentiría Mercurio al volar sobre 

la tierra.

Su teoría acerca de correr hasta llegar al campamento tenía un solo fallo: su cuerpo 

carecía de la resistencia necesaria. Varias veces tropezó y se tambaleó, y al fin, en una 

ocasión, cayó al suelo. Trató de incorporarse, pero le fue imposible. Decidió sentarse 

y descansar; cuando lograra poder levantarse andaría en vez de correr, y de este 

modo llegaría a su destino. Mientras esperaba a recuperar el aliento notó que lo 

invadía una sensación de calor y bienestar. Ya no tiritaba, y hasta le pareció sentir en 

el pecho una especie de calorcillo agradable. Y, sin embargo, cuando se tocaba la 

nariz y las mejillas no experimentaba ninguna sensación. A pesar de haber corrido 

del modo en que lo había hecho, no había logrado que se deshelaran, como tampoco 

las manos ni los pies. De pronto se le ocurrió que el hielo debía ir ganando terreno en 

su cuerpo. Trató de olvidarse de ello, de pensar en otra cosa. La idea despertaba en él 

auténtico pánico, y tenía miedo al pánico. Pero el pensamiento iba cobrando terreno, 

afirmándose y persistiendo hasta que el hombre conjuró la visión de un cuerpo 

totalmente helado. No pudo soportarlo y comenzó a correr de nuevo.

Y siempre que corría, el perro lo seguía, pegado a sus talones. Cuando el hombre se 

cayó por segunda vez, el animal se detuvo, reposó el rabo sobre las patas delanteras y 

se sentó a mirarlo con fijeza extraña. El calor y la seguridad de que disfrutaba 

enojaron al hombre de tal modo que lo insultó hasta que el animal agachó las orejas 

con gesto contemporizador. Esta vez el temblor invadió al hombre con mayor 

rapidez. Perdía la batalla contra el hielo, que atacaba por todos los flancos a la vez. El 

temor lo hizo correr de nuevo, pero no pudo sostenerse en pie más de un centenar de 

pies. Tropezó y cayó de bruces sobre la nieve. Aquella fue la última vez que sintió el 

pánico. Cuando recuperó el aliento y se dominó, comenzó a pensar en recibir la 

muerte con dignidad. La idea, sin embargo, no se le presentó de entrada en estos 

términos. Pensó primero que había perdido el tiempo al correr como corre la gallina 

con la cabeza cortada (aquel fue el símil que primero se le ocurrió). Si tenía que morir 

de frío, al menos lo haría con cierta decencia. Y con esa paz recién estrenada llegaron 

los primeros síntomas de sopor. ¡Qué buena idea, pensó, morir durante el sueño! 

Como si le hubieran dado anestesia. El frío no era tan terrible como la gente creía. 

Había peores formas de morir.

Se imaginó el momento en que los compañeros lo encontrarían al día siguiente. Se 

vio avanzando junto a ellos en busca de su propio cuerpo. Surgía con sus compañeros 

de una revuelta del camino y hallaba su cadáver sobre la nieve. Ya no era parte de sí 

mismo... Había escapado de su envoltura carnal y junto con sus amigos se miraba a sí 

mismo muerto sobre el hielo. Sí, la verdad es que hacía frío, pensó. Cuando volviera a 

su país le contaría a su familia y a sus conocidos lo que era aquello. Recordó luego al 

64

background image

anciano del Arroyo del Sulfuro. Lo veía claramente con los ojos de la imaginación, 

cómodamente sentado al calor del fuego, mientras fumaba su pipa.

-Tenías razón, viejo zorro, tenías razón -susurró quedamente el hombre al veterano 

del Arroyo del Sulfuro.

Y después se hundió en lo que le pareció el sueño más tranquilo y reparador que 

había disfrutado jamás. Sentado frente a él esperaba el perro. El breve día llegó a su 

fin con un crepúsculo lento y prolongado. Nada indicaba que se preparara una 

hoguera. Nunca había visto el perro sentarse un hombre así sobre la nieve sin 

aplicarse antes a la tarea de encender un fuego. Conforme el crepúsculo se fue 

apagando, fue dominándolo el ansia de calor, y mientras alzaba las patas una tras 

otra, comenzó a gruñir suavemente al tiempo que agachaba las orejas en espera del 

castigo del hombre. Pero el hombre no se movió. Más tarde el perro gruñó más 

fuerte, y aún más tarde se acercó al hombre, hasta que olfateó la muerte. Se irguió de 

un salto y retrocedió. Durante unos segundos permaneció inmóvil, aullando bajo las 

estrellas que brillaban, brincaban y bailaban en el cielo gélido. Luego se volvió y 

avanzó por la ruta a un trote ligero, hacia un campamento que él conocía, donde 

estaban los otros proveedores-de- alimento y proveedores-de-fuego.

65

background image

LA CASA DE MUÑECAS

KATHERINE MANSFIELD

Cuando la querida anciana señora de Hay volvió a la ciudad después de pasar un 

tiempo en casa de los Burnell, les envió a los niños una casa de muñecas. Era tan 

grande que el cochero y Pat la llevaron al patio, y allí quedó, apuntalada por dos cajas 

de madera al lado de la puerta del comedor diario. No podía pasarle nada; era 

verano. Y quizás el olor de pintura se habría ido cuando llegara el momento de tener 

que entrarla. Porque, realmente, el olor de pintura que venía de esa casa de muñecas 

("¡tan simpático de parte de la anciana señora de Hay, por supuesto; tan simpático y 

generoso!") ... pero el olor de pintura bastaba como para enfermar seriamente a 

cualquiera, según opinaba la tía Berly. Aun antes de sacarla de su envoltorio. Y 

cuando la sacaron...

Allí quedó la casa de muñecas, de un color verde espinaca, oscuro y aceitoso, 

entremezclado de amarillo brillante. Sus dos sólidas y pequeñas chimeneas, pegadas 

al techo, estaban pintadas de rojo y blanco, y la puerta, resplandeciente de barniz 

amarillo, parecía un trocito de caramelo. Cuatro ventanas, ventanas de verdad, 

estaban divididas en paneles por una ancha franja de verde. Había realmente un 

pequeño pórtico, también, pintado de amarillo, con grandes grumos de pintura seca 

colgando a lo largo del borde. ¡Pero qué casita perfecta, perfecta! A quién podía 

importarle el olor. Era parte de la alegría, parte de la novedad. -¡Pronto, que alguien 

la abra! El gancho del costado estaba atascado fuertemente. Pat lo levantó con su 

cortaplumas, y todo el frente de la casa se abrió con un vaivén, y... uno podía ver al 

mismo tiempo la sala de estar y el comedor, la cocina y los dos dormitorios. ¡Esa sí 

que era una forma de abrirse una casa! ¿Por qué no se abrirían todas las casas así? 

¡Cuánto más emocionante que espiar a través de la hendija de una puerta la 

mezquina salita con su perchero y sus dos paraguas! Es eso... ¿no es cierto?... lo que 

uno desea conocer de una casa en cuanto pone las manos sobre el llamador. Quizás 

ésa es la forma en que Dios abre las casas en lo profundo de la noche cuando hace su 

ronda silenciosa con un ángel... -¡Oh, oh! -las niñas de los Burnell lo dijeron como si 

estuviesen desesperadas. Era demasiado maravilloso; era demasiado para ellas. Nunca 

en su vida habían visto nada semejante. Todos los cuartos estaban empapelados. 

Había cuadros en las paredes, pintados sobre el papel, completos con marcos 

dorados. Una alfombra roja cubría todos los pisos excepto el de la cocina; sillas de 

felpa roja en la sala de estar, verde en el comedor; mesas, camas con sábanas 

verdaderas, una cuna, una estufa, un aparador con diminutos platos y una jarra 

grande. Pero lo que a Kezia más le gustaba, lo que le gustaba terriblemente, era la 

lámpara. Estaba colocada en el centro de la mesa del comedor, una exquisita lámpara 

ambarina con un globo blanco. Incluso estaba llena para ser encendida pero, por 

supuesto, no se podía encender. Pero había algo como aceite dentro, que se movía al 

sacudirla. Los muñecos padre y madre, tendidos muy tiesos como si se hubiesen 

desmayado en la sala, y sus dos hijitos dormidos arriba eran en realidad demasiado 

66

background image

grandes para la casa de muñecas. No parecían pertenecer a ella. Pero la lámpara era 

perfecta. Parecía sonreírle a Kezia, decir: "Aquí vivo". La lámpara era real. Las niñas 

de los Burnell se apuraron como nunca para llegar a la escuela al otro día. Ardían por 

contarles a todos, por describir, por... bueno... jactarse de su casa de muñecas antes de 

que tocase la campana de la escuela. -Voy a hablar yo -dijo Isabel- porque soy la 

mayor. Y ustedes dos pueden hablar después. Pero primero voy a hablar yo. No había 

nada que contestar. Isabel era autoritaria, pero siempre tenía razón, y Lottie y Kezia 

sabían demasiado bien cuáles eran los poderes que confería el ser la mayor. Rozaron 

al caminar las matas de botones de oro al borde del camino y no dijeron nada. -Y yo 

voy a elegir quién va a venir a verla primero. Mamá me dijo que podía. Porque se 

había dispuesto que, mientras la casa de muñecas estuviese en el patio, podían invitar 

a las chicas de la escuela, dos por vez, a venir verla. No para quedarse a tomar el té, 

por supuesto, o para vagar por la casa. Pero sí para estar calladas en el patio mientras 

Isabel señalaba las bellezas que contenía, y Lottie y Kezia miraban complacidas... 

Pero por más que se apuraron, al llegar a las negras empalizadas del campo de juego 

de los varones, la campana había empezado a sonar. Apenas tuvieron tiempo de

quitarse de un manotazo los sombreros y ponerse en fila antes de que pasasen lista. 

No importaba. Isabel trató de compensarlo dándose aire de importancia y de 

misterio, y murmurando detrás de la mano a las niñas que estaban cerca: "Tengo algo 

que decirles en el recreo". Llegó el recreo e Isabel fue rodeada. Las chicas de su clase 

casi se pelearon por poner sus brazos en torno de ella, por caminar con ella, por 

sonreír halagadoramente, por ser su amiga preferida. Desplegó toda una corte bajo 

los inmensos pinos a un lado del campo de deportes. Codeándose, riendo sin motivo, 

las niñas se apretaban a su alrededor. Y las dos únicas que estaban fuera del círculo 

eran las dos que siempre estaban fuera, las pequeñas Kelvey. Sabían perfectamente 

que no debían acercarse a las Burnell. Porque el hecho era que la escuela a la que 

iban las niñas de Burnell no era en absoluto el lugar que sus padres habrían elegido si 

hubiesen podido elegir. Pero no había elección. Era la única escuela en varias millas. 

Y en consecuencia todos los niños del vecindario, las hijas del juez, las hijas del 

médico, las chicas del almacenero, las del lechero, estaban obligadas a estar juntas. Ni 

hablar de otros tantos niñitos maleducados y groseros que también asistían. Pero en 

algún punto había que establecer la separación. Ese punto era las Kelvey. Muchos de 

los chicos, incluidas las Burnell, ni siquiera tenían permiso para hablarles. Pasaban 

frente a las Kelvey con la cabeza levantada y, como establecían las normas de 

conducta en la escuela, las Kelvey eran evitadas por todos. Hasta la maestra tenía 

para con ellas una voz especial, y una sonrisa especial para con los otros niños cuando 

Lil Kelvey se acercaba a su escritorio con un ramo de flores de aspecto terriblemente 

vulgar. Eran las hijas de una pequeña lavandera muy trabajadora, que iba de casa en 

casa y a la que se le pagaba por día. Eso era ya de por sí desagradable. Pero, además, 

¿dónde estaba el señor Kelvey? Nadie lo sabía con seguridad. Todos decían que 

estaba en la cárcel. De modo que eran las hijas de una lavandera y de un malviviente. 

¡Linda compañía para los hijos de la otra gente! Y lo parecían. Por qué las hacía tan 

notorias la señora de Kelvey era difícil de entender. La verdad era que estaban 

vestidas con retazos que le daba la gente para quien trabajaba. Lil, por ejemplo, que 

era una chica fornida y vulgar, con grandes pecas, iba a la escuela con un vestido 

67

background image

hecho con un mantel de tela de lana verde de los Burnell, con mangas rojas de felpa 

de las cortinas de los Logan. El sombrero, colocado en lo alto de su ancha frente, era 

un sombrero de mujer, que había pertenecido una vez a Miss Lecky, la empleada del 

correo. Estaba levantado por detrás y adornado con una gran pluma escarlata. ¡Qué 

aspecto raro tenía! Era imposible no reírse. Y su hermanita, nuestra Else, llevaba un 

largo vestido largo, parecido a un camisón, y un par de botitas de varón. Pero, usase 

Else lo que usase, hubiese parecido extraño. Era una niñita parecida a una clavícula 

de pollo, con el pelo mal cortado y enormes ojos solemnes... una lechucita blanca. 

Nadie la había visto sonreír nunca; apenas hablaba. Iba por la vida agarrándose de 

Lil, con un pedazo de la pollera de Lil apretado en su mano. Adonde Lil fuera, 

nuestra Else la seguía. En el patio, en el camino de ida y vuelta a la escuela, allí iba Lil 

marchando adelante y nuestra Else agarrándose atrás. Sólo cuando quería algo, o 

cuando perdía el aliento, nuestra Else le daba a Lil un tirón, una sacudida, y Lil se 

detenía y se daba vuelta. Las Kelvey se entendían siempre.

Ahora las rondaban; no podía evitarse que oyeran. Cuando las niñas se volvieron y se 

burlaron de ellas, Lil, como de costumbre, mostró su sonrisa tonta y avergonzada. 

Pero nuestra Else no hizo más que mirar. Y la voz de Isabel, tan orgullosa, seguía 

contando. La alfombra causó gran sensación, pero también las camas con las sábanas 

de verdad y la cocina con la puerta del horno. Cuando terminó, Kezia la 

interrumpió: "Te olvidaste de la lámpara, Isabel".

-Ah, sí -dijo Isabel- y también hay una pequeñísima lámpara, hecha toda de vidrio 

amarillo, con un globo blanco, en la mesa del comedor. No se puede diferenciar de 

una de verdad. -La lámpara es lo mejor de todo -exclamó Kezia. Pensó que Isabel no 

le estaba dando la suficiente importancia a la lamparita. Pero nadie le prestó 

atención. Isabel estaba eligiendo a las dos que volverían a casa con ella esa tarde para 

verla. Eligió a Emmie Cole y Lena Logan. Pero, cuando las otras se enteraron de que 

todas tendrían su oportunidad, no supieron qué hacer para congraciarse con Isabel. 

Una por una pusieron sus brazos en torno de su cintura y caminaron con ella. Tenían 

algo que decirle en secreto. "Isabel es mi amiga." Sólo las pequeñas Kelvey se alejaron 

olvidadas; para ellas no había nada más que oír.

Pasaron los días y, mientras más chicos venían a ver la casa de muñecas, su fama se 

expandía. Se convirtió en el único tema, en la única moda. La pregunta era: "¿Viste 

la casa de muñecas de las Burnell? ¿No es hermosísima?" "¿No la has visto? ¡Qué 

maravilla!".

Hasta la hora de la merienda era olvidada para hablar de eso. Las niñas se sentaban a 

la sombra de los pinos comiendo gruesos sándwiches de cordero y grandes rebanadas 

de tortas de maíz enmantecadas. Como siempre, lo más cerca que se les permitía 

estar se sentaban las Kelvey, nuestra Else agarrándose de Lil, escuchando también 

mientras masticaban sus sándwiches de mermelada que sacaban de un diario 

empapado con grandes manchas rojas.

-Mamá -dijo Kezia-, ¿puedo invitar a las Kelvey una sola vez? -Por cierto que no, 

Kezia. -Pero, ¿por qué no? -Vete, Kezia; sabes muy bien por qué no.

Por fin todos la habían visto excepto ellas. Ese día el tema decayó. Era la hora de la 

merienda. Las niñas se agruparon a la sombra de los pinos y de pronto, mientras 

68

background image

miraban a las Kelvey comiendo de su diario, siempre solas, siempre escuchando, 

decidieron ser odiosas con ellas. Emmie Cole empezó el murmullo.

-Lil Kelvey va a ser sirvienta cuando sea grande. -¡Oh, oh, qué horrible! -dijo Isabel 

Burnell, mirando a Emmie de una manera especial. Emmie tragó de una manera 

significativa y asintió mirando a Isabel como había visto hacer a su madre en esas 

ocasiones. -Es verdad... es verdad... es verdad -dijo. Entonces los pequeños ojos de 

Lena Logan brillaron: "¿Se lo pregunto?", murmuró. -A que no lo haces -dijo Jessie 

May. -Bah, a mí no me asusta -dijo Lena. De pronto dio un pequeño chillido y bailó 

frente a las otras chicas: "¡Miren! ¡Mírenme! ¡Mírenme ahora!", dijo Lena. Y 

resbalando, deslizándose, arrastrando un pie, riéndose detrás de la mano, Lena se 

acercó a las Kelvey. Lil levantó los ojos de su merienda. Envolvió rápidamente el 

resto. Nuestra Else dejó de masticar. ¿Qué ocurriría ahora? -¿Es verdad que vas a ser 

una sirvienta cuando crezcas, Lil Kelvey?- chilló Lena. Un silencio de muerte. Pero, 

en lugar de contestar, Lil sólo sonrió de esa manera tonta y avergonzada. La pregunta 

no pareció importarle en absoluto. ¡Qué fracaso para Lena! Las chicas empezaron a 

reírse. Lena no podía soportarlo. Se puso las manos en las caderas; se lanzó hacia 

adelante:"¡Sí, si el padre de ustedes está preso!", silbó malévolamente. Esto era algo 

tan maravilloso, haberlo dicho, que las niñas se alejaron corriendo en bandada, muy, 

muy excitadas, enloquecidas de alegría. Alguien encontró una soga larga, y 

empezaron a saltar. Y nunca saltaron tan alto, ni corrieron tan velozmente de un lado 

a otro, ni hicieron cosas tan atrevidas como esa mañana. Por la tarde, Pat vino a 

buscar a las niñas de Burnell con el coche y volvieron a la casa. Había visitas. Isabel y 

Lottie, a quienes les gustaban las visitas, subieron a cambiarse los delantales. Pero 

Kezia se escabulló por el fondo. No había nadie; empezó a hamacarse en los grandes 

portones blancos del patio. De pronto, mirando hacia el camino, vio dos pequeños 

puntos. Se agrandaron, venían hacia ella. Ahora podía ver que uno iba adelante y 

otro lo seguía de atrás. Ahora podía ver que eran las Kelvey. Kezia dejó de 

hamacarse. Se bajó del portón suavemente, como si fuera a escaparse. Después dudó. 

Las Kelvey se acercaron y a su lado caminaban las sombras muy largas, 

extendiéndose a través del camino con sus cabezas entre los botones de oro. Kezia 

volvió a subirse al portón; se había decidido; se balanceó hacia afuera. -Hola -dijo a 

las Kelvey, que pasaban. Quedaron tan sorprendidas que se detuvieron. Lil sonrió 

tontamente. Nuestra Else miraba. -Pueden venir a ver nuestra casa de muñecas, si 

quieren -dijo Kezia, y arrastró un dedo por el suelo. Pero Lil se puso colorada y 

sacudió rápidamente la cabeza. -¿Por qué no? -preguntó Kezia. Lil contuvo el aliento, 

y después dijo: "Tu mamá le dijo a la nuestra que no tenías que hablarnos". -Ah, 

bueno -dijo Kezia. No sabía qué contestar-. No importa. Pueden venir a ver nuestra 

casa de muñecas lo mismo. Vamos. Nadie está mirando. Pero Lil sacudió la cabeza 

más fuertemente. -¿No quieres venir? -preguntó Kezia. De pronto hubo un tirón, una 

sacudida en la falda de Lil. Se dio vuelta. Nuestra Else la miraba con grandes ojos, 

implorante; tenía el ceño fruncido; quería ir. Por un instante, Lil miró a nuestra Else 

dubitativamente. Pero entonces nuestra Else volvió a tironear de la falda. Caminó 

hacia adelante. Kezia indicó el camino. Como dos gatitos de albañal, cruzaron el 

patio hacia donde estaba la casa de muñecas. -Ahí está -dijo Kezia.

69

background image

Hubo una pausa. Lil respiraba pesadamente, casi resoplando; nuestra Else parecía de 

piedra. -La abriré para que la vean -dijo Kezia amablemente. Levantó el gancho y 

miraron dentro.

-Esa es la sala y ése el comedor, y ésta es... -¡Kezia! ¡Qué salto dieron! -¡Kezia!

Era la voz de la tía Beryl. Se dieron vuelta. En la puerta estaba la tía Beryl, atónita 

como si no pudiese creer lo que veía. -¡Cómo te atreves a invitar a las pequeñas 

Kelvey al patio! -dijo su fría voz enfurecida-. Sabes tan bien como yo que no tienes 

permiso para hablarles. Váyanse, chicas, váyanse enseguida. Y no vuelvan -dijo la tía 

Beryl. Y avanzó hacia el patio y las espantó como si fuesen gallinas-. ¡Váyanse 

inmediatamente! -gritó, fría y orgullosa.

No necesitaban que se lo repitieran. Ardiendo de vergüenza, encogiéndose, Lil 

encorvada como su madre, nuestra Else aturdida, cruzaron de alguna manera el 

enorme patio y se escurrieron por el blanco portón. -¡Niña mala, desobediente! -dijo 

la tía Beryl a Kezia amargamente, y cerró de un golpe la casa de muñecas.

La tarde había sido terrible. Había llegado una carta de Willie Brent, una carta 

aterradora, amenazadora, diciendo que, si no se encontraba con él esa tarde en 

Pulman Bush, vendría hasta la puerta de la casa para preguntarle por qué. Pero, 

ahora que había asustado a esas dos ratitas Kelvey y que le había dado un buen reto a 

Kezia, se sentía más tranquila. La horrible opresión había desaparecido. Volvió a la 

casa canturreando.

Cuando las Kelvey estuvieron fuera de la vista de los Burnell, se sentaron para 

descansar junto a un gran tubo de desagüe rojo a un lado del camino. Las mejillas de 

Lil ardían aún; se sacó el sombrero con la pluma y lo puso sobre las rodillas. Como 

soñando, miraron por encima de los cercos de heno, más allá del arroyo, hacia las 

zarzas donde las vacas de Logan esperaban ser ordeñadas. ¿En qué estarían 

pensando? De pronto nuestra Else se acurrucó junto a su hermana. Pero ahora había 

olvidado a la enojada señora. Estiró un dedo y rozó la pluma de su hermana; sonrió 

con su extraña sonrisa. -Vi la lamparita -dijo suavemente. Después las dos quedaron 

otra vez en silencio.

70

background image

EL MILAGRO SECRETO

JORGE LUIS BORGES

Y Dios lo hizo morir durante cien años

 y luego lo animó y le dijo:

—¿Cuánto tiempo has estado aquí? 

—Un día o parte de un día —respondió.

Alcorán, II, 261

La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de 

Praga, Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia “Los Enemigos”, de una 

Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob 

Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias 

ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de 

nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las 

piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el 

primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la 

impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no 

lograba recordar las figuras nilas leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron 

los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, 

cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer; las 

blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.

El diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al 

atardecer, Jaromir Hladík fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y 

blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de 

la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre 

Boehme era judaizante, su firma dilataba el censo final de una protesta contra el 

Anschluss. En 1928 había traducido el Sepher Yezirah para la editorial Hermann 

Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el 

renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de los jefes en 

cuyas manos estaba la suerte de Hladík. No hay hombre que, fuera de su 

especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron para que 

Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladík y dispusiera que lo condenaran a 

muerte, pour encourager les autres. Se fijó el día veintinueve de marzo, a las nueve 

a.m. Esa demora (cuya importancia apreciará después el lector) se debía al deseo 

administrativo de obrar impersonal y pausadamente, como los vegetales y los 

planetas.

El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran 

arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era 

intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no 

las circunstancias concretas. No se cansaba de imaginar esas circunstancias: 

absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el 

proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día 

71

background image

prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y 

cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número 

cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. Afrontaba 

con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada 

simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir 

interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego reflexionó que 

la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que 

prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, 

inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer 

que esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de 

algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el 

alba del día veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; 

mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que 

las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A 

veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, 

de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en 

los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama 

Los enemigos.

Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas 

costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo 

escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros 

lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la 

estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de 

Boehme, de Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente la mera aplicación; 

en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba 

menos deficiente, tal vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia 

las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de 

Parménides hasta el pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis 

Bradley) que todos los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que 

no es infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola 

"repetición" para demostrar que el tiempo es una falacia... Desdichadamente, no son 

menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladík solía recorrerlos con 

cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie de poemas 

expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una antología de 1924 y 

no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y 

lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladík 

preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es 

condición del arte.)

Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en 

Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del 

siglo diecinueve. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a 

Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, 

el aire trae una apasionada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; 

Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda 

impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo 

72

background image

halagan, pero es notorio —primero para los espectadores del drama, luego para el 

mismo barón— que son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt 

logra detener o burlar sus complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de 

Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Éste, 

ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt... Los peligros arrecian; 

Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un 

conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las 

incoherencias: vuelven actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por 

un instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha 

atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire 

trae una apasionada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las 

palabras que pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla 

sin asombro; el espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. 

El drama no ha ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive 

Kubin.

Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o 

admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención 

más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de 

rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el 

primer acto y alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía 

examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. 

Pensó que aún le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en 

la oscuridad. Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, 

existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede 

justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de quien son 

los siglos y el tiempo. Era la última noche, la más atroz, pero diez minutos después el 

sueño lo anegó como un agua oscura.

Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del 

Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladík le 

replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de 

las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los 

padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola. Se 

quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver 

un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un 

mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. 

Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se 

despertó.

Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha 

escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se 

puede ver quién las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron 

que los siguiera.

Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y 

pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera 

de fierro. Varios soldados —alguno de uniforme desabrochado— revisaban una 

motocicleta y la discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro 

73

background image

minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladík, más insignificante que 

desdichado, se sentó en un montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados 

rehuían los suyos. Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no 

fumaba; lo aceptó por cortesía o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban 

las manos. El día se nubló; los soldados hablaban en voz baja como si él ya estuviera 

muerto. Vanamente, procuró recordar a la mujer cuyo símbolo era Julia de 

Weidenau...

El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel, esperó la 

descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le 

ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las 

vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las 

sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.

El universo físico se detuvo.

Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban 

inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa 

del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un 

cuadro. Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que 

estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó 

estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. 

Luego reflexionó que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso 

ponerlo a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. 

Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia; anheló comunicarse 

con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga 

inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo 

seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la 

sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de 

dispersarse. Otro "día" pasó, antes que Hladík entendiera.

Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su 

omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo 

germánico,en la hora determinada, pero en su mente un año trascurría entre la orden 

y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la 

resignación, de la resignación a la súbita gratitud.

No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro 

que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y 

olvidan párrafos interinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de 

cuyas preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el 

tiempo su alto laberinto invisible. Rehízo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo 

demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo 

importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión 

primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban 

modificó su concepción del carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas 

cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: 

debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora... Dio término a 

su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua 

74

background image

resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple 

descarga lo derribó.

Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la 

mañana.

75

background image

EL PRINCIPE FELIZ

OSCAR WILDE

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del 

Príncipe Feliz.

Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos 

centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.

Por todo lo cual era muy admirada.

-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que 

deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil 

-añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.

Y realmente no lo era.

-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, 

que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz 

en grito.

-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -

murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.

-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, 

vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.

-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno 

nunca?

-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.

Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque 

no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad. Seis semanas antes 

habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.

Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la 

primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y 

su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.

-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.

Y el Junco le hizo un profundo saludo.

Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y 

trazando estelas de plata.

Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.

-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un 

pobretón y tiene realmente demasiada familia.

Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.

Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.

Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su 

amante.

-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin 

cesar con la brisa.

76

background image

Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas 

reverencias.

-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por 

lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.

-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco. Pero el Junco 

movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar. -¡Te has burlado de mí! -le gritó 

la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós! Y la Golondrina se fue. Voló 

durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.

-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho 

preparativos para recibirme.

Entonces divisó la estatua sobre la columnita. -Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es 

bonito. Hay mucho aire fresco. Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe 

Feliz. -Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno 

suyo. Y se dispuso a dormir. Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le 

cayó encima una pesada gota de agua.

-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y 

brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente 

extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.

Entonces cayó una nueva gota.

-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a 

buscar un buen copete de chimenea.

Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera 

gota.

La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!

Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus 

mejillas de oro.

Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad. -

¿Quién sois? -dijo. -Soy el Príncipe Feliz.

-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis 

empapado casi.

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo 

que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no 

se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín 

y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla 

altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me 

rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, 

era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy 

muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias 

de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que 

llorar.

«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues 

estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las 

personas.

-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una 

callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo 

77

background image

ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las 

manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. 

Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de 

corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón 

del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede 

darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres 

llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me 

puedo mover.

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí 

para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al 

sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una 

tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade 

verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo 

una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, 

cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, 

no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. 

Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a 

una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.

Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.

-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra 

mensajera.

-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.

Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo 

en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.

Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol 

blanco. Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile. Una bella muchacha 

apareció en el balcón con su novio. -¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué 

poderosa es la fuerza del amor!

-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He 

mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!

Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el 

gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas 

de cobre.

Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba 

febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.

La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de 

la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus 

alas la cara del niño.

-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.

Y cayó en un delicioso sueño.

Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo 

que había hecho.

78

background image

-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho 

frío.

Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces 

reflexionaba se dormía.

Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.

-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. 

¡Una golondrina en invierno!

Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.

Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...

-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.

Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.

Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del 

campanario de la iglesia.

Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros: -¡Qué 

extranjera más distinguida! Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo 

vuelo hacia el Príncipe Feliz. -¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a 

emprender la marcha. -Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no 

te quedarás otra noche conmigo?

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia 

la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón 

se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y 

cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos 

leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos 

más atronadores que los rugidos de la catarata.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de 

la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta 

de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro 

y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos 

soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente 

demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre 

le ha rendido.

-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen 

corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?

-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son 

unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno 

de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y 

concluirá su obra.

-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso. Y se puso a llorar. -

¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.

Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del 

estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La 

Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.

El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando 

levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.

79

background image

-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya 

puedo terminar la obra.

Y parecía completamente feliz.

Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.

Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban 

enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.

-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente. -¡Me voy a Egipto! -les gritó la 

Golondrina. Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz. -

He venido para deciros adiós -le dijo.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás 

conmigo una noche más?

-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto 

calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran 

perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el 

templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se 

arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la 

primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las 

que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el 

océano.

-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña 

vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su 

padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni 

zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no 

le pegará.

-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo 

porque entonces os quedaríais ciego del todo.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo 

llevándoselo.

Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de 

su mano.

-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a su casa muy alegre. 

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe. - Ahora estáis ciego. Por 

eso me quedaré con vos para siempre. -No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. 

Tienes que ir a Egipto.

-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.

Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del 

Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños.

Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a 

picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el 

desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus 

camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las 

montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de 

cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están 

encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos 

80

background image

que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en 

guerra con las mariposas.

-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más 

maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más 

grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.

Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en 

sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.

Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de 

hambre, mirando con apatía las calles negras.

Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para 

calentarse. -¡Qué hambre tenemos! -decían. -¡No se puede estar tumbado aquí! -les 

gritó un guardia. Y se alejaron bajo la lluvia.

Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había 

visto.

-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis 

pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.

Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó 

sin brillo ni belleza.

Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron 

nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.

-¡Ya tenemos pan! -gritaban. Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo. Las 

calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían.

Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las 

casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y 

patinaban sobre el hielo.

La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al 

Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.

Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba 

calentarse batiendo las alas.

Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más 

sobre el hombro del Príncipe.

-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.

-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. 

Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios 

porque te amo.

-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la 

Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?

Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.

En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se 

hubiera roto algo.

El hecho es que la coraza de plomo se habla partido en dos. Realmente hacia un frío 

terrible.

A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos 

concejales de la ciudad.

Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.

81

background image

-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!

-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran 

siempre de la opinión del alcalde.

Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.

-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- En 

resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.

-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.

-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que 

promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.

Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.

Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.

-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión 

para decidir lo que debía hacerse con el metal.

-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.

-O la mía -dijo cada uno de los concejales.

Y acabaron disputando.

-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo 

no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.

Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta. -

Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles. Y el 

ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará 

eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

82

background image

LA BALANZA DE LOS BALEK

HEINRICH BÖLL

En la tierra de mi abuelo, la mayor parte de la gente vivía de trabajar en las 

agramaderas(1). Desde hacía cinco generaciones, pacientes y alegres generaciones 

que comían queso de cabra, papas y, de cuando en cuando, algún conejo, respiraban 

el polvo que desprenden al romperse los tallos del lino y dejaban que éste los fuera 

matando poco a poco. Por la noche, hilaban y tejían en sus chozas, cantaban y bebían 

té con menta y eran felices. De día, agramaban el lino con las viejas máquinas, 

expuestos al polvo y también al calor que desprendían los hornos de secar, sin ningún 

tipo de protección. En sus chozas había una sola cama, semejante a un armario, 

reservada a los padres, mientras que los hijos dormían alrededor en bancos. Por la 

mañana la estancia se llenaba de olor a sopas; los domingos había gachas, y 

enrojecían de alegría los rostros de los niños cuando en los días de fiesta 

extraordinaria el negro café de bellotas se teñía de claro, cada vez más claro, con la 

leche que la madre vertía sonriendo en sus tazones.

Los padres se iban temprano al trabajo y dejaban a los hijos al cuidado de la casa; 

ellos barrían, hacían las camas, lavaban los platos y pelaban papas: preciosos y 

amarillentos frutos cuyas finas mondas tenían que presentar luego para no caer bajo 

sospecha de despilfarro o ligereza.

Cuando los niños regresaban del colegio debían ir al bosque a recoger setas o hierbas, 

según la época; asperilla, tomillo, comino y menta, también dedalera, y en verano, 

cuando habían cosechado el heno de sus miserables prados, recogían amapolas. Las 

pagaban a un pfennig(2) o por un kilo pfennig en la ciudad, los boticarios las vendían 

por veinte pfennigs a las señoras nerviosas. Las setas eran lo más valioso: las pagaban 

a veinte pfenngs por kilo y en las tiendas de la ciudad se vendían a un marco veinte. 

En otoño, cuando la humedad hace brotar las setas de la tierra, los niños penetraban 

en lo más profundo y espeso del bosque, y así cada familia tenía sus rincones donde 

recoger las setas, sitios cuyo secreto se transmitía de generación en generación.

Los bosques y las agramaderas pertenecían a los Balek; en el pueblo de mi abuelo los 

Balek tenían un castillo, y la esposa del cabeza de familia de cada generación tenía un 

gabinete junto a la despensa donde se pesaban y pagaban las setas, las hierbas y las 

amapolas. Sobre la mesa de aquel gabinete estaba la gran balanza de los Balek, un 

antiguo y retorcido artefacto, de bronce dorado, ante el cual habían esperado los 

abuelos de mi abuelo, con las cestitas de setas y los cucuruchos de amapolas entre sus 

sucias manos infantiles, mirando ansiosos cuántos pesos tenía que poner la señora 

Balek en el platillo para que el fiel de la balanza se detuviera exactamente en la raya 

negra, aquella delgada línea de la justicia que cada año había que trazar de nuevo. La 

señora Balek después tomaba el libro de lomo de cuero pardo, apuntaba el peso y 

pagaba el dinero, en pfennigs o en piezas de diez pfennigs y, muy rara vez, de marco. 

Y cuando mi abuelo era niño allí había un bote de vidrio con caramelos ácidos de los 

que costaban a marco el kilo, y cuando la señora Balek que en aquella época 

83

background image

gobernaba el gabinete se encontraba de buen humor, metía la mano en aquel bote y 

le daba un caramelo a cada niño, cuyos rostros enrojecían de alegría como cuando su 

madre, en los días de fiesta extraordinaria, vertía leche en sus tazones, leche que teñía 

de claro el café, cada vez más claro hasta llegar a ser tan rubio como las trenzas de las 

niñas.

Una de las leyes que habían impuesto los Balek en el pueblo, era que nadie podía 

tener una balanza en su casa. Era tan antigua aquella ley que ya a nadie se le ocurría 

pensar cuándo y por qué había nacido, pero había que respetarla, porque quien no la 

obedecía era despedido de las agramaderas, y no se le compraban más setas, ni 

tomillo ni amapolas; y llegaba tan lejos el poder de los Balek que en pueblos vecinos 

tampoco había nadie que le diera trabajo ni nadie que le comprara las hierbas del 

bosque. Pero desde que los abuelos de mi abuelo eran niños y recogían setas y las 

entregaban para que fueran a amenizar los asados o los pasteles de la gente rica de 

Praga, a nadie se le había ocurrido infringir aquella ley: los huevos se podían contar, 

se sabía cuánto se tenía hilado midiéndolo por varas y, por lo demás, la balanza de los 

Balek, antigua y de bronce dorado, no daba la impresión de poder engañar; cinco 

generaciones habían confiado al negro fiel de la balanza lo que con ahínco infantil 

recogían en el bosque.

Si bien entre aquellas pacíficas gentes había algunos que burlaban la ley, cazadores 

furtivos que pretendían ganar en una sola noche más de lo que hubieran ganado en 

un mes de trabajo en la fábrica de lino, a ninguno se le había ocurrido la idea de 

comprarse una balanza o fabricársela en casa. Mi abuelo fue el primero que tuvo la 

osadía de verificar la justicia de los Balek que vivían en el castillo, que poseían dos 

coches, que siempre le pagaban a un muchacho del pueblo los estudios de teología en 

el seminario de Praga, a cuya casa, cada miércoles, acudía el párroco a jugar al tarot, 

a los que el comandante del departamento, luciendo el escudo imperial en el coche, 

visitaba para Año Nuevo, y a los que en 1900 el emperador en persona elevó a la 

categoría de nobles.

Mi abuelo era laborioso y listo; se internaba más en los bosques que los otros niños de 

su estirpe, se aventuraba en la espesura donde, según contaba la leyenda, vivía Bilgan, 

el gigante que guarda el tesoro de los Balderar. Pero mi abuelo no tenía miedo a 

Bilgan: se metía hasta lo más profundo del bosque y, ya de niño, cobraba un 

importante botín de setas, e incluso encontraba trufas que la señora Balek valoraba en 

treinta pfennigs la libra. Todo lo que vendía a los Balek mi abuelo lo apuntaba en el 

reverso de una hoja de calendario: cada libra de setas, cada gramo de tomillo, y, con 

su caligrafía infantil, apuntaba al lado lo que le habían pagado por ello; desde sus 

siete años hasta los doce, dejó inscrito cada pfennigs. Y cuando cumplió los doce llegó 

el año 1900 y, para celebrar que el emperador les había concedido un título, los Balek 

regalaron a cada familia del pueblo un cuarto de libra de café auténtico del que viene 

del Brasil; también repartieron tabaco y cerveza a los hombres, y en el castillo se 

celebró una gran fiesta: la avenida de chopos que va de la verja al castillo estaba 

atestada de coches.

El día anterior a la fiesta repartieron el café en el gabinete donde hacía casi cien años 

que estaba instalada la balanza de los Balek, que se llamaban ahora Balek von Bilgan, 

84

background image

porque, según contaba la leyenda, Bilgan, el gigante, había vivido en un gran castillo 

allí donde ahora están los edificios de los Balek.

Mi abuelo muchas veces me había contado que, al salir de la escuela, fue a recoger el 

café de cuatro familias: los Chech, los Weidler, los Vohla y el suyo propio, el de los 

Brüchen. Era la tarde de Año Viejo: había que adornar las casas, hacer pasteles, y no 

se quiso prescindir de cuatro muchachos para enviarlos al castillo a recoger un cuarto 

de libra de café.

Fue así como mi abuelo fue a sentarse en el banquillo de madera del gabinete, y 

esperando que Gertrud, la criada, le entregara los paquetes de octavo de kilo, 

previamente pesados, cuatro bolsas, fue que le dio por mirar la balanza en cuyo 

platillo izquierdo había quedado la pesa de medio kilo; la señora Balek von Bilgan 

estaba ocupada con los preparativos de la fiesta. Y cuando Gertrud fue a meter la 

mano en el bote de vidrio de los caramelos ácidos para darle uno a mi abuelo, vio que 

estaba vacío: lo llenaba una vez al año y en él cabía un kilo de los de un marco:

Gertrud se echó a reír y dijo: -Espera, voy a buscar más. Y, con los cuatro paquetes de 

octavo de kilo que habían sido empaquetados y precintados en la

fábrica, se quedó mi abuelo delante de la balanza en la que alguien había dejado la 

pesa de medio kilo. Tomó los cuatro paquetitos de café, los puso en el platillo vacío y 

su corazón empezó a latir precipitadamente cuando vio que el negro indicador de la 

justicia permanecía a la izquierda de la raya, el platillo con la pesa de medio kilo 

seguía abajo y el medio kilo de café flotaba a una altura considerable; su corazón latía 

aún con más fuerza que si, apostado en el bosque, hubiese estado aguardando a 

Bilgan, el gigante; y buscó en el bolsillo unos guijarros de esos que siempre llevaba 

para disparar con la honda contra los gorriones que picoteaban entre las coles de su 

madre... tres, cuatro, cinco guijarros tuvo que poner al lado de los cuatro paquetes de 

café antes de que el platillo con la pesa de medio kilo se elevara y el indicador 

coincidiera, finalmente, con la raya negra. Mi abuelo sacó el café de la balanza, 

envolvió los cinco guijarros en su pañuelo, y cuando Gertrud regresó con la gran 

bolsa de a kilo llena de caramelos ácidos que debían durar otro año para provocar el 

rubor de la alegría en los rostros de los niños, y ruidosamente los metió en el bote, el 

muchacho permaneció pálido y silencioso como si nada hubiese ocurrido. Pero mi 

abuelo sólo tomó tres paquetes de café y Gertrud miró asombrada y asustada al 

pálido muchacho al ver que tiraba el caramelo ácido al suelo, lo pisoteaba y decía:

-Quiero hablar con la señora Balek. -Querrás decir Balek von Bilgan -replicó 

Gertrud. -Está bien, quiero hablar con la señora Balek von Bilgan. Pero Gertrud se 

burló de él y mi abuelo volvió de noche al pueblo, dio el café que les

correspondía a los Chech, los Weidler y los Vohla, e hizo ver que aún tenía que ir a 

hablar con el párroco.

Pero se fue con los cinco guijarros envueltos en el pañuelo, camino adelante. Tuvo 

que ir muy lejos hasta encontrar quien tuviera una balanza, quien pudiera tenerla; en 

los pueblos de Blaugau y Bernau nadie la tenía, ya sabía eso, los atravesó y luego de 

caminar dos horas a oscuras llegó a la villa de Dielheim donde vivía el boticario 

Honig. Salía de casa de Honig el olor a buñuelos recién hechos y cuando Honig abrió 

la puerta al muchacho aterido de frío, su aliento olía a ponche y llevaba un cigarro 

85

background image

húmedo entre los labios. Oprimió un instante las manos frías del muchacho entre las 

suyas y dijo:

-¿Qué sucede? ¿Han empeorado los pulmones de tu padre? -No, señor, no vengo en 

busca de medicinas; yo quería... Mi abuelo abrió el pañuelo, sacó los cinco guijarros, 

se los mostró a Honig y dijo: -Querría que me pesara esto. Miró asustado para ver 

qué cara ponía Honig, pero como no decía nada, no se enfadaba ni le preguntaba 

nada, añadió: -Es lo que le falta a la justicia. Y al entrar en la casa caliente, se dio 

cuenta de que llevaba los pies mojados. La nieve había traspasado su viejo calzado, y 

al cruzar el bosque las ramas le habían sacudido la nieve encima; estaba cansado y 

tenía hambre, y de repente se echó a llorar porque pensó en la gran cantidad de setas, 

de hierbas y de flores pesadas con la balanza a la que faltaba el peso de cinco 

guijarros para la justicia. Y cuando, sacudiendo la cabeza y con los cinco guijarros en 

la mano, Honig llamó a su mujer, mi abuelo pensó en la generación de sus padres y 

en la de sus abuelos, en todas aquellos que habían tenido que pesar sus setas y sus 

flores en aquella balanza, y le embargó algo así como una gran ola de injusticia y se 

echó a llorar aún más, y se sentó sin que nadie se lo dijera en una silla de la casa de 

Honig, sin fijarse en los buñuelos ni en la taza de café caliente que le ofrecía la buena 

y gorda señora Honig, y no cesó de llorar hasta que el propio Honig volvió de su 

tienda y, todavía sopesando los guijarros con una mano, decía en voz baja a su mujer:

-Cincuenta y cinco gramos, exactamente.

Mi abuelo anduvo las dos horas de regreso por el bosque, dejó que en su casa lo 

azotaran, y calló; tampoco contestó cuando le preguntaron por el café; se pasó la 

noche echando cuentas en el trozo de papel en el cual había apuntado todo lo que 

entregara a la actual señora Balek von Bilgan y cuando vio la medianoche, cuando se 

oyeron los disparos de mortero del castillo, el ruido de las carracas y el griterío 

jubiloso de todo el pueblo, cuando la familia se hubo abrazado y besado, mi abuelo 

dijo en el silencio que sigue al Año Nuevo:

-Los Balek me deben dieciocho marcos y treinta y dos pfennigs.

Y de nuevo pensó en todos los niños que había en el pueblo, pensó en su hermano 

Fritz que había recogido muchas setas, en su hermana Ludmilla, pensó en cientos de 

niños que habían recogido para los Balek setas, hierbas y flores, y no lloró esta vez, 

sino que contó a sus padres y a sus hermanos lo que había descubierto.

Cuando el día de Año Nuevo los Balek von Bilgan concurrieron a misa mayor con sus 

nuevas armas -un gigante sentado al pie de un abeto- en su coche ya campeando 

sobre azul y oro, vieron los duros y pálidos rostros de la gente mirándolos de hito en 

hito. Habían esperado ver el pueblo lleno de guirnaldas, y que irían por la mañana a 

cantarles al pie de sus ventanas, y vivas y aclamaciones, pero, cuando ellos pasaron 

con su coche, el pueblo estaba como muerto; en la iglesia, los pálidos rostros de la 

gente se volvieron hacia ellos con expresión enemiga, y cuando el párroco subió al 

púlpito para decir el sermón, sintió el frío de aquellos rostros hasta entonces tan 

apacibles y amables, pronunció pesaroso su plática y regresó al altar bañado en sudor. 

Y cuando, después de la misa, los Balek von Bilgan salieron de la iglesia, pasaron 

entre dos filas de silenciosos y pálidos rostros. Pero la joven Balek von Bilgan se detuvo 

delante, junto a los bancos de los niños, buscó la cara de mi abuelo, el pequeño y 

pálido Franz Brücher y, en la misma iglesia, le preguntó:

86

background image

-¿Por qué no llevaste el café a tu madre? Y mi abuelo se levantó y dijo: -Porque 

todavía me debe usted tanto dinero como cuestan cinco kilos de café -y sacando los

cinco guijarros del bolsillo, los presentó a la joven dama y añadió-: Todo esto, 

cincuenta y cinco gramos, es lo que falta en medio kilo de su justicia.

Y antes de que la señora pudiera decir nada, los hombres y mujeres que había en la 

iglesia entonaron el canto:

"La Justicia de la tierra, oh, Señor, te dio muerte..."

Mientras los Balek estaban en la iglesia, Wilhelm Vohla, el cazador furtivo, había 

entrado en el gabinete, habían robado la balanza y aquel libro tan grueso, 

encuadernado en piel, en el cual estaban anotados todos los kilos de setas, todos los 

kilos de amapolas, todo lo que los Balek habían comprado en el pueblo. Y toda la 

tarde del día de Año Nuevo, estuvieron los hombres del pueblo en casa de mis abuelos 

contando; contaron la décima parte de todo lo que les habían comprado... pero 

cuando habían ya contado muchos miles de marcos y aún no terminaban, llegaron 

los gendarmes del comandante del distrito e irrumpieron en la choza de mi abuelo 

disparando y empuñado las bayonetas y, a la fuerza, se llevaron la balanza y el libro. 

En la refriega murió la pequeña Ludmilla, hermana de mi abuelo, resultaron heridos 

un par de hombres y fue agredido uno de los gendarmes por Wilhem Vohla, el 

cazador furtivo.

No sólo se sublevó nuestro pueblo, sino también Blaugau y Bernau, y durante casi 

una semana se interrumpió el trabajo de las agramaderas. Pero llegaron muchos 

gendarmes y amenazaron a hombres y mujeres con meterlos en la cárcel, y los Balek 

obligaron al párroco a que exhibiera públicamente la balanza en la escuela y 

demostrara que el fiel de la justicia estaba bien equilibrado. Y hombres y mujeres 

volvieron a las agramaderas, pero nadie fue a la escuela a ver al párroco. Estuvo allí 

solo, indefenso y triste con sus pesas, la balanza y las bolsas de café.

Y los niños volvieron a recoger setas, tomillo, flores y dedaleras, mas cada domingo, 

en cuanto los Balek entraban a la iglesia, se entonaba el canto "La Justicia de la tierra, 

oh señor, te dio muerte", hasta que el comandante del distrito ordenó hacer un 

pregón en todos los pueblos diciendo que quedaba prohibido aquel himno.

Los padres de mi abuelo tuvieron que abandonar el pueblo y la reciente tumba de su 

hijita; emprendieron el oficio de cesteros, no se detenían mucho tiempo en ningún 

lugar, porque les apenaba ver que en todas partes latía mal el péndulo de la justicia. 

Andaban tras el carro que avanzaba lentamente por las carreteras, arrastrando una 

cabra flaca; y quien pasara cerca del carro a veces podía oír que dentro cantaban: "La 

Justicia de la tierra, oh Señor, te dio muerte". Y quien parara a escucharlos también 

podía oír la historia de los Balek von Bilgan, a cuya justicia faltaba la décima parte. 

Pero casi nadie escuchaba.

1. Agramadera: Máquina que realiza el agramado. Es decir: que maja el cáñamo o el lino para separar la 

fibra del tallo.

2.  Pfenning: Unidad monetaria alemana, igual a un céntimo de marco.

87

background image

NUESTRA SEÑORA DE LAS 

GOLONDRINAS

MARGERITE YOURCENAR

El monje Therapion había sido en su juventud el discípulo más fiel del gran Atanasío; 

era brusco, austero, dulce tan sólo con las criaturas en quienes no sospechaba la 

presencia de demonios. En Egipto había resucitado y evangelizado a las momias; en 

Bizancio había confesado a los Emperadores que había venido a Grecia obedeciendo 

a un sueño, con la intención de exorcizar a aquella tierra aún sometida a los 

sortilegios de Pan. Se encendía de odio cuando veía los árboles sagrados donde los 

campesinos, cuando enferman de fiebre, cuelgan unos trapos encargados de temblar 

en su lugar al menor soplo de viento de la noche; se indignaba al ver los faros erigidos 

en los campos para obligar al suelo a producir buenas cosechas, y los dioses de arcilla 

escondidos en el hueco de los muros y en la concavidad de los manantiales. Se había 

construido con sus propias manos una estrecha cabaña a orillas del Cefiso, poniendo 

gran cuidado en no emplear más que materiales bendecidos. Los campesinos 

compartían con él sus escasos alimentos y aunque aquellas gentes estaban macilentas, 

pálidas y desanimadas, debido al hambre y a las guerras que les habían caído encima, 

Therapion no conseguía acercarlos al cielo. Adoraban a Jesús, Hijo de María, vestido 

de oro como un sol naciente, mas su obstinado corazón seguía fiel a las divinidades 

que viven en los árboles o emergen del burbujeo de las aguas; todas las noches 

depositaban, al pie del plátano consagrado a las Ninfas, una escudilla de leche de la 

única cabra que les quedaba; los muchachos se deslizaban al mediodía bajo los 

macizos de árboles para espiar a las mujeres de ojos de ónice, que se alimentan de 

tomillo y miel. Pululaban por todas partes y eran hijas de aquella tierra seca y dura 

donde, lo que en otros lugares se dispersa en forma de vaho, adquiere en seguida 

figura y sustancia reales. Se veían las huellas de sus pasos en la greda de sus fuentes, y 

la blancura de sus cuerpos se confundía desde lejos con el espejo de las rocas. Incluso 

sucedía a veces que una Ninfa mutilada sobreviviese todavía en la viga mal pulida que 

sostenía el techo y, por la noche, se la oía quejarse o cantar. Casi todos los días se 

perdía alguna cabeza de ganado, a causa de sus hechicerías, allá en la montaña, y 

hasta meses más tarde no lograban encontrar el mantoncito que formaban sus 

huesos. Las Malignas cogían a los niños de la mano y se los llevaban a bailar al borde 

de los precipicios: sus pies ligeros no tocaban la tierra, pero en cambio el abismo se 

tragaba los pesados cuerpecillos de los niños. 0 bien alguno de los muchachos jóvenes 

que les seguían la pista regresaba al pueblo sin aliento, tiritando de fiebre y con la 

muerte en el cuerpo tras haber bebido agua de un manantial. Cuando ocurrían estos 

desastres, el monje Therapion mostraba el puño en dirección a los bosques donde se 

escondían aquellas malditas, pero los campesinos continuaban amando a las frescas 

hadas casi invisibles y les perdonaban sus fecharías igual que se le perdona al sol 

cuando descompone el cerebro de los locos, y al amor que tanto hace sufrir.

88

background image

El monje las temía como a una banda de lobas, y le producían tanta inquietud como 

un rebaño de prostitutas. Aquellas caprichosas beldades no lo dejaban en paz: por las 

noches sentía en su rostro su aliento caliente como el de un animal a medio 

domesticar que rondase tímidamente por la habitación. Si se aventuraba por los 

campos, para llevar el viático a un enfermo, oía resonar tras sus talones el trote 

caprichoso y entrecortado de aquellas cabras jóvenes. Cuando, a pesar de sus 

esfuerzos, terminaba por dormirse a la hora de la oración, ellas acudían a tirarle 

inocentemente de la barba. No trataban de seducirlo, pues lo encontraban feo, 

ridículo y muy viejo, vestido con aquellos hábitos de estameña parda y, pese a ser muy 

bellas, no despertaban en él ningún deseo impuro, pues su desnudez le repugnaba 

igual que la carne pálida de los gusanos o el dermo liso de las culebras. No obstante, 

lo inducían a tentación, pues acababa por poner en duda la sabiduría de Dios, que ha 

creado tantas criaturas inútiles y perjudiciales, como si la creación no fuera sino un 

juego maléfico con el que Él se complaciese. Una mañana, los aldeanos encontraron a 

su monje serrando el plátano de las Ninfas y se afligieron por partida doble, pues, por 

una parte, temían la venganza de las hadas -que se marcharían llevándose consigo 

fuentes y manantiales-, y por otra parte, aquel plátano daba sombra a la plaza, en 

donde acostumbraban a reunirse para bailar. Mas no hicieron reproche alguno al 

santo varón, por miedo a malquistarse con el Padre que está en los cielos y que 

suministra la lluvia y el sol. Se callaron, y los proyectos del monje Therapion contra 

las Ninfas viéronse respaldados por aquel silencio.

Ya no salía nunca sin coger antes dos pedernales, que escondía entre los pliegues de 

su manga, y por la noche, subrepticiamente, cuando no veía a ningún campesino por 

los campos desiertos, prendía fuego a un viejo olivo, cuyo cariado tronco le parecía 

ocultar a unas diosas, o a un joven pino escamoso, cuya resina se vertía como un 

llanto de oro. Una forma desnuda se escapaba de entre las hojas y corría a reunirse 

con sus compañeras inmóviles a lo lejos como corzas asustadas, y el santo monje se 

regocijaba de haber destruido uno de los reductos del Mal. Plantaba cruces por todas 

partes y los jóvenes animales divinos se apartaban, huían de la sombra de aquel 

sublime patíbulo, dejando en torno al pueblo santificado una zona cada vez más 

amplia de silencio y de soledad. Pero la lucha proseguía pie tras pie por las primeras 

cuestas de la montaña, que se defendía con sus zarzas cuajadas de espinas y sus 

piedras resbaladizas, haciendo muy difícil desalojar de allí a los dioses. Finalmente, 

envueltas en oraciones y fuego, debilitadas por la ausencia de ofrendas, privadas de 

amor desde que los jóvenes del pueblo se apartaban de ellas, las Ninfas buscaron 

refugio en un vallecito desierto, donde unos cuantos pinos negros plantados en un 

suelo arcilloso recordaban a unos grandes pájaros que cogiesen con sus fuertes garras 

la tierra roja y moviesen por el cielo las mil puntas finas de sus plumas de águila. Los 

manantiales que por allí corrían, bajo un montón de piedras informes, eran harto 

fríos para atraer a lavanderas y pastores. Una gruta se abría a mitad de la ladera de 

una colina y a ella se accedía por un agujero apenas lo bastante ancho para dejar 

pasar un cuerpo. Las Ninfas se habían refugiado allí desde siempre, en las noches en 

que la tormenta estorbaba sus juegos, pues temían al rayo, como todos los animales 

del bosque, y era asimismo allí donde acostumbraban dormir en las noches sin luna. 

Unos pastores jóvenes presumían de haberse introducido una vez en aquella caverna, 

89

background image

con peligro de su salvación y del vigor de su juventud, y no cesaban de alabar 

aquellos dulces cuerpos, visibles a medias en las frescas tinieblas, y aquellas cabelleras 

que se adivinaban, más que se palpaban. Para el monje Therapion, aquella gruta 

escondida en la ladera de la peña era como un cáncer hundido en su propio seno, y 

de pie a la entrada del valle, con los brazos alzados, inmóvil durante horas enteras, 

oraba al cielo para que le ayudase a destruir aquellos peligrosos restos de la raza de 

los dioses.

Poco después de Pascua, el monje reunió una tarde a los más fieles y más recios de sus 

feligreses; les dio picos y linternas; él cogió un crucifijo y los guió a través del laberinto 

de colinas, por entre las blandas tinieblas repletas de savia, ansioso de aprovechar 

aquella noche oscura. El monje Therapion se paró a la entrada de la gruta y no 

permitió que entraran allí sus fieles, por miedo a que fuesen tentados. En la sombra 

opaca oíanse reír ahogadamente los manantiales. Un tenue ruido palpitaba, dulce 

como la brisa en los pinares: era la respiración de las Ninfas dormidas, que soñaban 

con la juventud del mundo, en los tiempos en que aún no existía el hombre y en que 

la tierra daba a luz a los árboles, a los animales y a los dioses. Los aldeanos 

encendieron un gran fuego, mas hubo que renunciar a quemar la roca; el monje les 

ordenó que amasaran cemento y acarreasen piedras. A las primeras luces del alba 

empezaron a construir una capillita adosada a la ladera de la colina, delante de la 

entrada de la gruta maldita. Los muros aún no se habían secado, el tejado no estaba 

puesto todavía y faltaba la puerta, pero el monje Therapion sabía que las Ninfas no 

intentarían escapar atravesando el lugar santo, que él ya había consagrado y 

bendecido. Para mayor seguridad había plantado al fondo de la capilla, allí donde se 

abría la boca de la gruta, un Cristo muy grande, pintado en una cruz de cuatro 

brazos desiguales, y las Ninfas, que sólo sabían sonreír, retrocedían horrorizadas ante 

aquella imagen del Ajusticiado. Los primeros rayos del sol se estiraban tímidamente 

hasta el umbral de la caverna: era la hora en que las desventuradas acostumbraban a 

salir, para tomar de los árboles cercanos su primera colación de rocío; las cautivas 

sollozaban, suplicaban al monje que las ayudara y en su inocencia le decían que -en 

caso de que les permitiera huir- lo amarían. Continuaron los trabajos durante todo el 

día y hasta la noche se vieron lágrimas resbalando por las piedras, y se oyeron toses y 

gritos roncos parecidos a las quejas de los animales heridos. Al día siguiente colocaron 

el tejado y lo adornaron con un ramo de flores; ajustaron la puerta y la cerraron con 

una gruesa llave de hierro. Aquella misma noche, los cansados aldeanos regresaron al 

pueblo, pero el monje Therapion se acostó cerca de la capilla que había mandado 

edificar y, durante toda la noche, las quejas de sus prisioneras le impidieron 

deliciosamente dormir. No obstante, era compasivo, se enternecía ante un gusano 

hollado por los pies o ante un tallo de flor roto por culpa del roce de su hábito,pero en 

aquel momento parecía un hombre que se regocija de haber emparedado, entre dos 

ladrillos, un nido de víboras.

Al día siguiente, los aldeanos trajeron cal y embadurnaron con ella la capilla, por 

dentro y por fuera; adquirió el aspecto de una blanca paloma acurrucada en el seno 

de la roca. Dos lugareños menos miedosos que los demás se aventuraron dentro de la 

gruta para blanquear sus paredes húmedas y porosas, con el fin de que el agua de las 

fuentes y la miel de las abejas dejaran de chorrear en el interior del hermoso antro, y 

90

background image

de sostener así la vida desfalleciente de las mujeres hadas. Las Ninfas, muy débiles, no 

tenían ya fuerzas para manifestarse a los humanos; apenas podía adivinarse aquí y 

allá, vagamente, en la penumbra, una boca joven contraída, dos frágiles manos 

suplicantes o el pálido color de rosa de un pecho desnudo. Asimismo, de cuando en 

cuando, al pasar por las asperidades de la roca sus gruesos dedos blancos de cal, los 

aldeanos sentían huir una cabellera suave y temblorosa como esos culantrillos que 

crecen en los sitios húmedos y abandonados. El cuerpo deshecho de las Ninfas se 

descomponía en forma de vaho, o se preparaba a caer convertido en polvo, como las 

alas de una mariposa muerta; seguían gimiendo, pero habla que aguzar el oído para 

oír aquellas débiles quejas; ya no eran más que almas de Ninfas que lloraban.

Durante toda la noche siguiente el monje Therapion continuó montando su guardia 

de oración a la entrada de la capilla, como un anacoreta en el desierto. Se alegraba 

de pensar que antes de la nueva luna las quejas habrían cesado y las Ninfas, muertas 

ya de hambre, no serían más que un impuro recuerdo. Rezaba para apresurar el 

instante en que la muerte liberaría a sus prisioneras, pues empezaba a compadecerlas 

a pesar suyo, y se avergonzaba de su debilidad. Ya nadie subía hasta donde él estaba; 

el pueblo parecía tan lejos como si se hallara al otro extremo del mundo; ya no 

vislumbraba, en la vertiente opuesta al valle, más que la tierra roja, unos pinos y un 

sendero casi tapado por las agujas de oro. Sólo oía los estertores de las Ninfas, que 

iban disminuyendo, y el sonido cada vez más ronco de sus propias oraciones. En la 

tarde de aquel día vio venir por el sendero a una mujer que caminaba hacia él, con la 

cabeza baja, un poco encorvado; llevaba un manto y un pañuelo negros, pero una luz 

misteriosa se abría camino a través de la tela oscura, como si se hubiera echado la 

noche sobre la mañana. Aunque era muy joven, poseía la gravedad, la lentitud y la 

dignidad de una anciana y su dulzura era parecida a la del racimo de uvas maduras y 

a la de la flor perfumada. Al pasar por delante de la capilla miró atentamente al 

monje, que se vio turbado en sus oraciones.

-Este sendero no lleva a ninguna parte, mujer -le dijo-. ¿De dónde vienes? -Del Este, 

como la mañana -respondió la joven-. ¿Y qué haces tú aquí, anciano monje? -He 

emparedado en esta gruta a las Ninfas que infestaban la comarca -dijo el monje-, y

delante de su antro he edificado una capilla. Ellas no se atreven a atravesarla para 

huir porque están desnudas, y a su manera tienen temor de Dios. Estoy esperando a 

que se mueran de hambre y de frío en la caverna y cuando esto suceda, la paz de 

Dios reinará en los campos.

-¿Y quién te dice que la paz de Dios no se extiende también a la Ninfas lo mismo que 

a los rebaños de cabras? -respondió la joven-. ¿No sabes que en tiempos de la 

Creación, Dios olvidó darle alas a ciertos ángeles, que cayeron en la tierra y se 

instalaron en los bosques, donde formaron la raza de Pan y de las Ninfas? Y otros se 

instalaron en una montaña, en donde se convirtieron en dioses olímpicos. No exaltes, 

como hacen los paganos, la criatura a expensas del Creador, pero no te escandalices 

tampoco de Su Obra. Y dale gracias a Dios en tu corazón por haber creado a Diana 

y a Apolo.

-Mi espíritu no se eleva tan alto -dijo humildemente el monje-. Las Ninfas 

importunan a mis feligreses y ponen en peligro su salvación, de la que yo soy 

responsable ante Dios, y por eso las perseguiré aunque tenga que ir hasta el Infierno.

91

background image

-Y se tendrá en cuenta tu celo, honrado monje -dijo sonriendo la joven-. Pero ¿no 

puede haber un medio de conciliar la vida de las Ninfas y la salvación de tus 

feligreses?

Su voz era dulce, como la música de una flauta. El monje, inquieto, agachó la cabeza. 

La joven le puso la mano en el hombro y le dijo con gravedad:

-Monje, déjame entrar en esa gruta. Me gustan las grutas, y compadezco a los que en 

ellas buscan refugio. En una gruta traje yo al mundo a mi Hijo, y en una gruta lo 

confié sin temor a la muerte, con el fin de que naciera por segunda vez en su 

resurrección.

El anacoreta se apartó para dejarla pasar. Sin vacilar, se dirigió ella a la entrada de la 

caverna, escondida detrás del altar. La enorme cruz tapaba la abertura; la apartó con 

cuidado, como un objeto familiar, y se introdujo en el antro.

Se oyeron en las tinieblas unos gemidos aún más agudos, un piar de pájaros y roces de 

alas. La joven hablaba con las Ninfas en una lengua desconocida, que acaso fuera la 

de los pájaros o la de los ángeles. Al cabo de un instante volvió a aparecer al lado del 

monje, que no había parado de rezar.

-Mira, monje... -le dijo-. Y escucha... Innumerables grititos estridentes salían de 

debajo de su manto. Separó las puntas del mismo y el monje Therapion vio que 

llevaba entre los pliegues de su vestido centenares de golondrinas. Abrió ampliamente 

los brazos, como una mujer en oración, y dio así suelta a los pájaros. Luego dijo, con 

una voz tan clara como el sonido del arpa:

-Id, hijas mías... Las golondrinas, libres, volaron en el cielo de la tarde, dibujando con 

el pico y las alas signos indescifrables. El anciano y la joven las siguieron un instante 

con la mirada, y luego la viajera le dijo al solitario:

-Volverán todos los años, y tú les darás asilo en mi iglesia. Adiós, Therapion.

Y María se fue por el sendero que no lleva a ninguna parte, como mujer a quien poco 

importa que se acaben los caminos, ya que conoce el modo de andar por el cielo. El 

monje Therapion bajó al pueblo y al día siguiente, cuando subió a decir misa en la 

capilla, la gruta de las Ninfas se hallaba tapizada de nidos de golondrinas. Volvieron 

todos los años y se metían en la iglesia, muy ocupados en dar de comer a sus 

pequeñuelos o consolidando sus casas de barro, y muy a menudo, el monje 

Therapion interrumpía sus oraciones para seguir con mirada enternecida sus amores 

y sus juegos, pues lo que les está prohibido a las Ninfas les está permitido a las 

golondrinas.

92

background image

NOCHES BLANCAS

FEDOR DOSTOIEVSKY

¿O fue creado

para estar siquiera un momento 

en las cercanías de tu corazón?  

I.TURGENEV

Noche primera

Era  una  noche  maravillosa,  una  de  esas  noches,  amable  lector,  que  quizá  sólo 

existen  en  nuestros  años  mozos.  El  cielo  estaba  tan  estrellado,  tan  luminoso,  que 

mirándolo  no  podía uno  menos  de preguntarse:  ¿pero  es posible  que  bajo  un  cielo 

como  éste  pueda vivir  tanta  gente  atrabiliaria y  caprichosa? Ésta, amable  lector, es 

también una pregunta de  los años mozos, muy  de los años mozos, pero  Dios quiera 

que  te  la  hagas  a  menudo.  Hablando  de  gente  atrabiliaria  y  por  varios  motivos 

caprichosa,  debo  recordar  mi  buena  conducta  durante  todo  ese  día.  Ya  desde  la 

mañana me  atormentaba una extraña melancolía. Me  pareció de  pronto que a mí, 

hombre solitario, me  abandonaba todo el  mundo  que todos me  rehuían. Claro que 

tienes derecho a preguntar: ¿y  quiénes son  esos «todos»? Porque  hace  ya ocho años 

que vivo  en  Petersburgo  y  no  he  podido trabar  conocimiento  con  nadie. ¿Pero qué 

falta me hace conocer a gente alguna? Porque aun sin ella, a mí todo Petersburgo me 

es  conocido.  He  aquí  por  qué  me  pareció  que  todos  me  abandonaban  cuando 

Petersburgo  entero  se  levantó  y  salió  acto  seguido  para  el  campo.  Fue  horrible 

quedarme  solo.  Durante  tres  días  enteros  recorrí  la  ciudad  dominado  por  una 

profunda angustia, sin  darme clara cuenta de lo que me pasaba. Fui a la perspectiva 

Nevski, fui a los jardines, me paseé por los muelles; pues bien, no vi ni una sola de las 

personas que solía encontrar durante el año en tal o cual lugar, a esta o aquella hora. 

Esas personas, por supuesto, no me conocen a mí, pero yo sí las conozco a ellas. Las 

conozco a fondo, casi me he aprendido de memoria sus fisonomías, me alegro cuando 

las  veo  alegres  y  me  entristezco  cuando  las  veo  tristes.  Estuve  a  punto  de  trabar 

amistad  con  un  anciano  a  quien  encontraba  todos  los días  a la  misma  hora  en  la 

Fontanka.  ¡Qué  rostro  tan  impresionante,  tan  pensativo,  el  suyo!  Caminaba 

murmurando continuamente y accionando con la mano izquierda, mientras que en la 

derecha blandía un  bastón  nudoso con puño de  oro. Él también  se percató de mí y 

me miraba con  vivo interés. Estoy seguro de que se ponía triste si por ventura yo no 

pasaba a esa hora precisa por ese lugar de la Fontanka. He ahí por qué algunas veces 

estuvimos a punto de saludarnos, sobre todo cuando estábamos de buen  humor. No 

hace  mucho,  cuando  nos  encontramos al  cabo  de  tres días  de  no  vernos, casi  nos 

llevamos  la mano  al  sombrero, pero  afortunadamente  nos dimos  cuenta  a  tiempo, 

bajamos el brazo y pasamos uno junto a otro con  un  gesto de simpatía. También las 

casas me son conocidas. Cuando voy por la calle parece que cada una de ellas me sale 

al encuentro, me  mira con.todas sus ventanas y casi  me dice: «¡Hola! ¿Qué  tal? Yo, 

93

background image

gracias a Dios, voy  bien, y  en  mayo me  añaden  un piso. » O bien: «¿ Cómo va esa 

salud? A mí mañana me ponen en reparaciones.» O bien: «Estuve a punto de arder y 

me  llevé  un  buen  susto.»  Y  así  por  el  estilo.  Entre  ellas  tengo  mis  preferidas,  mis 

amigas íntimas. Una de ellas tiene la intención de ponerse en tratamiento este verano 

con un arquitecto. Iré de propósito a verla todos los días para que no la curen al buen 

tuntún.  ¡Dios  la  proteja!  Nunca  olvidaré  lo  que  me  pasó  con  una  casita  preciosa 

pintada de rosa claro. Era una casita adorable, de piedra, y me miraba de un modo 

tan afable y observaba con tanto orgullo a sus desgarbadas vecinas que mi corazón se 

henchía de gozo cuando pasaba ante ella. Pero de repente, la semana pasada, cuando 

bajaba por la calle y eché una mirada a mi amiga, oí un grito de dolor: «¡Me van a 

pintar  de  amarillo!»  ¡Malvados,  bárbaros! No  han  perdonado  nada, ni  siquiera las 

columnas o las cornisas; y mi amiga se ha puesto amarilla como un canario. A mí casi 

me dio un  ataque de ictericia con  ese motivo. Y ésta es la hora en que no he tenido 

fuerzas  para  ir  a  ver  a  mi  pobre  amiga  desecrada,  teñida  del  color  nacional  del 

Imperio Celeste.

Así, pues, lector, ya ves de qué manera conozco todo Petersburgo.

Ya he dicho que durante tres días enteros me tuvo atormentado la inquietud  hasta 

que por fin averigüé su  causa. En  la calle no  me  sentía bien  éste ya no está aquí, ni 

este otro; y ¿adónde habrá ido aquel  otro?, ni tampoco en casa. Durante dos noches 

seguidas  hice  un  esfuerzo: ¿qué  echo  de  menos  en  mi  rincón? ¿por  qué  me  es  tan 

molesto permanecer en él? Miraba perplejo las paredes verdes y mugrientas, el techo 

cubierto de telarañas que con gran éxito cultivaba Matryona; volvía a examinar todo 

mi  mobiliario,  a inspeccionar  cada  silla,  pensando  si  no  estaría  ahí  la  clave  de  mi 

malestar (porque basta que una sola de  mis sillas no esté  en  el mismo sitio que ayer 

para que ya no me sienta bien), miré por la ventana, y todo en vano..., no hallé alivio. 

Decidí incluso llamar a Matryona y reprenderla paternalmente por lo de las telarañas 

y, en general, por la falta de limpieza, pero ella se limitó a mirarme con asombro y me 

volvió la espalda sin decir palabra; así, pues, las telarañas siguen todavía felizmente en 

su sitio. Por fin esta mañana logre averiguar de qué se trataba. Pues nada, que todo el 

mundo estaba saliendo de estampía para el campo. Pido perdón  por la frase  vulgar, 

pero  es  que ahora no  estoy  para expresarme  en  estilo elevado  .... porque, así como 

suena, todo  lo que  encierra Petersburgo  se  iba a pie  o en  vehículo  al  campo. Todo 

caballero de digno y próspero aspecto que tomaba un coche de alquiler se convertía al 

punto  en  mis  ojos  en  un  honrado  padre  de  familia  que, después de  las  consabidas 

labores  de su  cargo, se  dirigía desembarazado de  equipaje  al  seno  de su  familia en 

una casa de campo. Cada transeúnte tomaba ahora un aire singular, como si quisiera 

decir a sus congéneres: «Nosotros, señores, estamos aquí sólo de paso. Dentro de un 

par de horas nos vamos al campo.» Se abría una ventana, se oía primero el teclear de 

unos dedos finos  y  blancos como el  azúcar, y  asomaba la cabeza de  una muchacha 

bonita  que  llamaba al  vendedor ambulante  de  flores; al  punto  me  figuraba  yo  que 

estas  flores  se  compraban,  no  para  disfrutar  de  ellas  y  de  la  primavera  en  el  aire 

cargado de una habitación ciudadana, sino porque todos se  iban pronto al  campo y 

querían  llevarse  las  flores  consigo.  Pero  hay  más,  y  es  que  había  adquirido  ya  tal 

destreza  en  este  nuevo  e  insólito  género  de  descubrimientos  que  podía,  sin 

equivocarme,  guiado  sólo  por  el  aspecto  físico, determinar  en  qué  tipo  de  casa  de 

94

background image

campo vivía cada cual. Los que las tenían  en las islas Kamenny y Aptekarski o en  el 

camino de Peterhof, se distinguían  por la estudiada elegancia de sus modales, por su 

atildada  indumentaria  veraniega  y  por  los  soberbios  carruajes  en  que  venían  a  la 

ciudad.  Los  que  las  tenían  en  Pargolov,  o  aún  más  lejos,  impresionaban  desde  el 

primer momento por su prestancia y prudencia. Los de la isla Krestovski destacaban 

por  su  continente  invariablemente  alegre.  Sucedía  que  tropezaba  a  veces  con  una 

larga hilera de carreteros que con  las riendas en la mano caminaban perezosamente 

junto  a sus carromatos, cargados de verdaderas montañas de  muebles de  toda laya; 

mesas, sillas, divanes turcos y no turcos, y otros enseres domésticos; y encima de todo 

ello,  en  la  cumbre  misma  de  la  montaña,  iba  a  menudo  sentada  una  macilenta 

cocinera, protectora de la hacienda de sus señores como si fuera oro en paño. O veía 

pasar, cargadas hasta los topes de utensilios domésticos, barcas que se deslizaban por 

el  Neva  o  la  Fontanka  hasta  a  río  Chorny  o  las  islas.  Los  carros  y  las  barcas  se 

multiplicaban por diez o por ciento a mis ojos. Parecía que todo se levantaba y se iba, 

que todo  se trasladaba al campo en  caravanas enteras, que Petersburgo  amenazaba 

con  quedarse desierto y llegué al  punto  de tener  vergüenza, de  sentirme ofendido  y 

triste. Yo no tenía adónde ir, ni por qué ir al campo, pero estaba dispuesto a irine con 

cualquier  carromato, con  cualquier caballero de aspecto respetable  que alquilara un 

coche de punto. Nadie, sin embargo, absolutamente nadie me invitaba. Era como si 

se hubieran olvidado de mí, como si efectivamente fuera un extraño para todos.

Anduve  mucho,  largo  tiempo,  hasta  que,  como  me  ocurre  a  menudo,  perdí  la 

noción  de dónde estaba, y  cuando volví en  mi  acuerdo me hallé  a las puertas de la 

ciudad. De pronto me sentí contento, rebasé el puesto de peaje y  me adentré por los 

sembrados y praderas sin parar  mientes en  el cansancio, sintiendo sólo con todo mi 

cuerpo que  se me quitaba un  peso del alma. Los transeúntes me miraban con tanta 

afabilidad  que  se  diría  que  les  faltaba  poco  para saludarme.  No  sé  por  qué  todos 

estaban  alegres, y  todos,  sin  excepción,  iban  fumando  cigarros. También  yo  estaba 

alegre, alegre como hasta entonces nunca lo había estado. Era como si de pronto me 

encontrase en Italia tanto me afectaba la naturaleza, a mí, hombre de ciudad, medio 

enfermo, que casi comenzaba a asfixiarme entre los muros urbanos.

Hay algo inefablemente conmovedor en  nuestra naturaleza petersburguesa cuando, 

a la llegada de la primavera, despliega de pronto toda su pujanza, todas las fuerzas de 

que el cielo la ha dotado, cuando gallardea, se engalana y se tiñe con  los mil matices 

de las flores. Me recuerda a una de esas muchachas endebles y enfermizas a las que a 

veces  se  mira  con  lástima, a veces con  una  especie  de afecto compasivo, y  a  veces, 

sencillamente, no se fija uno en ellas, pero que de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, 

sin  que  se  sepa  cómo,  se  convierten  en  beldades  singulares  y  prodigiosas.  Y  uno, 

asombrado,  cautivado, se  pregunta  sin  más:  ¿qué  impulso  ha hecho  brillar  con  tal 

fuego  esos ojos tristes  y  pensativos?, ¿qué  ha hecho  volver  la sangre  a esas  mejillas 

pálidas y sumidas?, ¿qué ha regado de pasión los rasgos de ese tierno rostro?, ¿de qué 

palpita ese pecho?, ¿qué ha traído de súbito vida, vigor y belleza al rostro de la pobre 

muchacha?,  ¿qué  la  ha  hecho  iluminarse  con  tal  sonrisa,  animarse  con  esa  risa 

cegadora  y  chispeante? Mira  uno  en  torno  suyo  buscando  a  alguien,  sospechando 

algo. Pero pasa ese momento y quizás al día siguiente encuentra uno la misma mirada 

vaga y pensativa de antes, el mismo rostro pálido, la misma humildad y timidez en los 

95

background image

movimientos;  y  más  aún:  remordimiento,  rastros  de  cierta  torva  melancolía  y  aun 

irritación ante el momentáneo enardecimiento. Y le apena a uno que esa instantánea 

belleza se haya marchitado de manera tan rápida e irrevocable, que haya brillado tan 

engañosa  e  ineficazmente  ante  uno;  le  apena  el  que  ni  siquiera  hubiese  tiempo 

bastante para enamorarse de ella...

Mi noche, sin embargo, fue mejor que el día. He aquí lo que pasó:

Regresé a la ciudad muy tarde y ya daban las diez cuando llegué cerca de casa. Mi 

camino me  llevaba por  el  muelle  del canal, en  el  que  a esa hora no  encontré alma 

viviente, aunque verdad es que vivo en uno de los barrios más apartados de la ciudad. 

Iba cantando porque cuando me siento feliz siempre tarareo algo entre dientes, como 

cualquier  hombre  feliz  que  carece de  amigos o de  buenos conocidos y  que, cuando 

llega un  momento  alegre, no  tiene con  quien  compartir  su  alegría. De  repente  me 

sucedió la aventura mas inesperada.

A  unos pasos  de  mí, de  codos  en  la barandilla del  muelle, estaba una  mujer  que 

parecía observar con gran atención el agua turbia del canal. Vestía un chal negro muy 

coqueto  y  llevaba  un  bonito  sombrero  amarillo.  «Es,  sin  duda,  joven  y  morena», 

pensé.  Por  lo  visto  no  había  oído  mis  pasos  y  ni  siquiera  se  movió  cuando, 

conteniendo  el  aliento y con  el  corazón  a galope, pasé  junto a ella. «Es extraño  me 

dije, algo la tiene muy abstraída.» De pronto me quedé clavado en el sitio. Creí haber 

oído un sollozo ahogado. Sí, no me había equivocado, porque momentos después oí 

otros sollozos. ¡Dios mío! Se me encogió el corazón. Soy muy tímido con las mujeres, 

pero  en  esta  ocasión  giré  sobre  los  talones,  me  acerqué  a  ella  y  le  hubiera  dicho 

«¡Señorita!» de no saber  que esta exclamación  ha sido  pronunciada ya un  millar  de 

veces  en  novelas  rusas que  versan  sobre  la alta  sociedad. Eso  fue  lo  único  que  me 

contuvo. Pero  mientras buscaba otra palabra  la muchacha  recobró  su  compostura, 

miró  en  torno  suyo, bajó  los  ojos y  se  deslizó  junto  a  mí a lo  largo  del  muelle. Al 

momento me puse a seguirla, pero ella, adivinándolo, se apartó del muelle, cruzó la 

calle y  siguio caminando por  la acera. Yo no me atreví a cruzar la calle. El corazón 

me latía como el de un pajarillo que se tiene cogido en la mano. Inopinadamente la 

casualidad vino en mi ayuda.

Por la acera, no lejos de mi desconocida, apareció de pronto un caballero vestido de 

frac,  impresionante  por  los  años,  aunque  no  lo  fuera  por  su  manera  de  andar. 

Caminaba  haciendo  eses  y  apoyándose  con  tiento  en  la  pared.  La  muchacha  iba 

como una flecha, rauda y tímida, como van por lo común las mocitas que no quieren 

que se las acompañe  a casa de  noche, y, por  supuesto, el  caballero  tambaleante  no 

hubiera  podido  alcanzarla  si  mi  suerte  no  le  hubiera  sugerido  recurrir  a  una 

estratagema. Sin decir palabra, el caballero se arrancó de repente y se puso a galopar 

en  persecución de mi  desconocida. Ella volaba, pero no  obstante  el  caballero de los 

trompicones iba alcanzándola, la alcanzó por fin, la muchacha lanzó un grito... y yo 

doy  gracias  al  destino  por  el  excelente  bastón  de  nudos  que  mi  mano  derecha 

empuñaba en tal ocasión. En un abrir y cerrar de ojos me planté en la acera opuesta, 

el  caballero  importuno  comprendió  al  instante  de  qué  se  trataba,  tomó  en 

consideración el argumento irresistible que yo blandía, calló, se desvió, y sólo cuando 

se  halló  bastante  lejos  protestó  contra  mí en  términos  bastante  enérgicos, pero  sus 

palabras apenas se percibían desde donde estábamos.

96

background image

Deme  usted  la  mano  le  dije  a  mi  desconocida.  Ese  sujeto  ya  no  se  atreverá  a 

acercarse.

Ella, en silencio, me alargó la mano, que aún temblaba de agitación y espanto. ¡Oh, 

caballero  importuno, cómo  te di  las gracias en  ese  momento! La miré  fugazmente. 

Era bonita y morena. Había acertado. En sus pestañas negras brillaban aún lágrimas 

de  miedo  reciente  o  de  tristeza  anterior.  No  sé.  Pero  a  los  labios  afloraba  ya  una 

sonrisa. Ella también me miró de soslayo, se ruborizó ligeramente y bajó los ojos.

¿Por qué me rechazó usted antes? Si yo hubiera estado allí no habría pasado esto.

No le conocía. Pensé que también usted...

¿Pero es que me conoce usted ahora?

Un poco. Por ejemplo, ¿por qué tiembla usted?

¡Ah, ha acertado a la primera mirada! respondí entusiasmado de saberla inteligente, 

lo que, unido a la belleza, no es humo de pajas. Sí, a la primera mirada ha adivinado 

usted qué clase de persona soy. Es verdad, soy tímido con las mujeres. Estoy agitado, 

no  lo niego; ni más ni menos que usted misma lo estaba hace un  minuto cuando la 

asustó ese señor. Ahora el que  tiene  miedo  soy yo. Parece un  sueño, pero  ni aun en 

sueños hubiera creído que hablaría con una mujer.

¿Cómo? ¿Es posible?

Sí. Si me tiembla la mano es porque hasta ahora no había apretado nunca otra tan 

pequeña y  bonita como la suya. He  perdido la costumbre  de estar  con  las mujeres; 

mejor dicho, nunca la he tenido, soy un solitario. Ni  siquiera sé hablar con  ellas. Ni 

ahora  tampoco.  ¿No  le  he  soltado  a  usted  alguna  majadería?  Dígamelo  con 

franqueza. Le advierto que no me ofendo.

No, nada. Todo  lo  contrario. Y  si  me  pide usted  que  sea  franca le  diré  que  a las 

mujeres les gusta esa clase de timidez. Y si  quiere saber algo más, también  a mí me 

gusta, y no le diré que se vaya hasta que lleguemos a casa.

Lo que hará usted conmigo dije jadeante de entusiasmo es que dejaré de ser tímido 

y entonces ¡adiós a todos mis métodos!

¿Métodos? ¿Qué clase de métodos? ¿Y para qué sirven? Eso ya no me suena bien.

Perdón. No será así. Se  me fue  la lengua. Pero ¿como  quiere  que en un  momento 

como éste no tenga el deseo ... ?

¿De agradar, no es eso?

Pues sí. Por amor de Dios, sea usted buena. Juzgue de quién soy. Tengo ya veintiséis 

años y  nunca he  conocido a nadie. ¿Cómo  puedo hablar bien, con facilidad  y buen 

sentido? Mejor irán las cosas cuando todo quede explicado, con claridad y franqueza. 

No  sé  callar  cuando  habla el  corazón  dentro  de  mí.  Bueno,  da  lo  mismo.  ¿Puede 

usted creer que nunca he hablado con una mujer, nunca jamás? ¿qué no he conocido 

a ninguna? Ahora bien, todos los días sueño que por fin voy a encontrar a alguien. ¡Si 

supiera usted cuántas veces he estado enamorado de esa manera!

Pero ¿cómo? ¿Con quién?

Con nadie, con un  ideal, con la mujer con que se sueña. En mis sueños compongo 

novelas  enteras.  Ah,  usted  no  me  conoce.  Es  verdad  que  he  conocido  a dos  o  tres 

mujeres; otra cosa sería inconcebible, pero ¿qué mujeres? Una especie de patronas... 

Pero  voy  a  hacerla  reír,  voy  a  ctecirle  que  algunas  veces  he  pensado  entablar 

conversación  en la calle con  alguna mujer de la buena sociedad. Así, sin cumplidos. 

97

background image

Claro  está  que  cuando  se  halle  sola.  Hablar,  por  supuesto,  con  timidez,  respeto  y 

apasionamiento; decirle  que me  muero  solo, que  no  me  rechace,  que no hallo  otro 

medio de conocer a mujer alguna, insinuarle incluso que es obligación de las mujeres 

el no rechazar la tímida súplica de un hombre tan infeliz como yo; y que, al fin y al 

cabo, lo que pido es sólo que me diga con simpatía un par de palabras amistosas, que 

no  me  mande  a  paseo  desde  el  primer  instante,  que  me  crea  bajo  palabra,  que 

escuche lo que le digo, que se ría de mí si le da gusto, que me dé esperanzas, que me 

diga dos palabras, tan  sólo  dos palabras, aunque no nos volvamos a ver jamás. Pero 

usted se ríe... Por lo demás, hablo sólo para hacerla reír...

No se  enfade. Me río  porque  es usted  su  propio  enemigo. Si  probara usted, quizá 

lograra todo  eso aun  en  la calle  misma. Cuanto más sencillo, mejor. No  hay  mujer 

buena, a menos que sea tonta o esté enfadada en ese momento por cualquier motivo, 

que pensara despedirle  a usted sin esas dos palabras que implora con tanta timidez. 

Por otro lado, ¿quién  soy yo para hablar? Lo más probable es que le tuviera a usted 

por loco. Juzgo por mí misma. ¡Bien sé yo cómo viven las gentes en el mundo!

Se lo agradezco exclamé. ¡No sabe usted lo que acaba de hacer por mí!

Bien. Ahora  dígame  cómo  conoció  usted  que  soy  de  las  mujeres  con  quienes  .... 

bueno, a quienes usted  considera dignas de... atención y amistad. En otras palabras, 

no una patrona, como decía usted. ¿Por qué decidió acercarse a mí?

¿Por  qué?  ¿Por  qué?  Pues  porque  estaba  usted  sola,  porque  ese  caballero  era 

demasiado atrevido y porque es de noche. No dirá usted que no es obligación...

No,  no,  antes  de  eso.  Allí,  al  otro  lado  de  la  calle.  Usted  quería  acercárseme, 

¿verdad?

¿Allí, al otro lado? De veras que no sé qué decir. Temo que... Hoy, sabe usted, me he 

sentido feliz. He estado andando y cantando. Salí a las afueras. Nunca hasta ahora he 

tenido  momentos tan  felices. Usted... me parecía quizá... Bueno, perdone  que  se  lo 

recuerde: me  parecía que lloraba usted y me era intolerable oírlo. Se me  oprimía el 

corazón. ¡Ay, Dios mío! ¿Cree usted que podía oírla sin afligirme? ¿Es que fue pecado 

sentir compasión fraternal por usted? Perdone que diga compasión... En suma, ¿acaso 

podía ofenderla cuando se me ocurrio acercarme a usted?

Bueno, basta; no diga más repuso la joven, bajando los ojos y apretándome la mano. 

Yo  misma  tengo  la  culpa  por  haber  hablado  de  eso.  Pero  estoy  contenta  de  no 

haberme  equivocado con usted. Bueno, ya hemos llegado. Tengo que meterme  por 

esta callejuela. Son dos pasos nada más. Adiós, le agradezco...

¿Pero  es  de  veras  posible  que  no  volvamos  a  vernos?  ¿Es  posible  que  las  cosas 

queden así?

Mire dijo riendo la muchacha. Al principio sólo queria usted dos palabras, y ahora... 

Pero, en fin, no le prometo nada. Puede que nos encontremos.

Mañana vengo aquí dije. Ah, perdone, ya estoy exigiendo...

Sí, es usted impaciente. Exige casi...

Escuche  la  interrumpí.  Perdone  que  se  lo  diga  otra vez,  pero  no  puedo  dejar  de 

venir  aquí mañana. Soy  un  soñador. Hay  en  mí tan  poca vida  real,  los momentos 

como éste, como el de ahora, son para mí tan raros que me es imposible no repetirlos 

en  mis sueños. Voy  a soñar  con  usted  toda  la noche,  toda la semana, todo  el  año. 

Mañana vendré aquí sin falta, aquí mismo, a este mismo  sitio, a esta misma hora, y 

98

background image

seré feliz recordando el día de hoy. Este sitio ya me es querido. Tengo otros dos o tres 

sitios como éste en Petersburgo. Una vez hasta lloré recordando algo, igual que usted. 

Quién  sabe, quizá usted también hace diez minutos lloraba recordando alguna cosa. 

Pero  perdón,  estoy  desbarrando  de  nuevo.  Puede  que  usted,  alguna  vez,  fuera 

especialmente feliz en este lugar.

Bueno dijo la muchacha. Quizá yo también venga aquí mañana. A las diez también. 

Veo que  ya no puedo impedirle... pero, mire, es que  necesito  venir aquí. No  piense 

usted  que  le  doy  una  cita. Le  aseguro  que  tengo  que  estar  aquí  por  asuntos míos. 

Ahora bien, se lo digo sin titubeos: no me importaría que también viniera usted. En 

primer lugar porque pudieran ocurrir incidentes desagradables como el de hoy; pero 

dejemos eso... En  suma, sencillamente me gustaría verle... para decirle dos palabras. 

Ahora, vamos a ver, ¿no me condena usted? ¿No piensa que le estoy dando una cita 

sin más ni más? No se la daría si ... ; pero, bueno, eso es un secreto mío. Antes de todo 

una condición.

¡Una  condición!  Hable,  dígalo  todo  de  antemano.  Estoy  de  acuerdo  con  todo, 

dispuesto a todo exclamé exaltado. Respondo de mí, seré atento, respetuoso... Usted 

me conoce.

Precisamente  porque  le  conozco  le  invito  para  mañana  dijo  la  joven  riendo.  Le 

conozco muy  bien. Pero, mire, venga con  una condición: en primer lugar (sea usted 

bueno y haga lo que  le pido; ya ve  que hablo con  franqueza)  no se enamore  de mí. 

Eso  no  puede  ser,  se  lo  aseguro.  Estoy  dispuesta  a  ser  amiga  suya. Aquí  tiene  mi 

mano. Pero lo de enamorarse no puede ser. Se lo ruego.

Le juro grité yo, cogiéndole la mano...

Basta, no jure, porque es usted capaz de estallar como la pólvora. No piense mal de 

mí porque le hablo así. Si usted supiera... Yo tampoco tengo a nadie con quien poder 

cambiar una palabra o a quien pedir consejo. Claro que la calle no es sitio indicado 

para  encontrar  consejeros.  Usted  es  la  excepción.  Le  conozco  a  usted  como  si 

fuésemos amigos desde hace veinte años. ¿De veras que no cambiará usted?

Usted  lo verá. Lo  que  no sé, sin  embargo, es cómo  voy  a sobrevivir  las próximas 

veinticuatro horas.

Duerma  usted  a  pierna  suelta.  Buenas  noches.  Recuerde  que  ya  he  confiado  en 

usted.  Hace  un  momento  lanzó  usted  una  exclamación  tan  hermosa  que  justifica 

cualquier, sentimiento, incluso  el  de  simpatía fraternal. ¿Sabe? Lo  dijo  usted  de  un 

modo tan bello que al instante pensé que podía fiarme de usted.

¿Pero en qué asunto?.¿Para qué?

Hasta mañana. Mientras tanto hay  que  guardar  secreto. Tanto  mejor  para usted, 

porque a cierta distancia parece una novela. Quizá mañana se lo diga, o quizá no. Ya 

hablaremos, nos conoceremos mejor...

Yo mañana le voy a contar a usted todo lo mío. Pero ¿qué es esto? Parece como si 

me  ocurriera  un  milagro.  ¿Dónde  estoy,  Dios  mío? ¿No  está  usted  contenta de  no 

haberse  enfadado  conmigo,  como  lo  hubiera  hecho  otra  mujer?  ¿De  no  haberme 

rechazado desde el primer momento? En  dos minutos me ha hecho usted feliz para 

siempre. Sí, feliz. Quién sabe, quizá me ha reconciliado usted conmigo mismo, quizá 

ha resuelto mis dudas... Quizá hay también para mí minutos así... Pero ya le contaré 

todo mañana, ya se enterará usted de todo.

99

background image

Bueno, acepto. Usted empezará.

De acuerdo.

Hasta la vista.

Hasta la vista.

Nos separamos. Pasé  la noche  andando, sin  decidirme  a volver a casa. ¡Me  sentía 

tan feliz! ¡Hasta mañana!

Noche segunda

Bueno,  ya  veo  que  ha  sobrevivido  usted  me  dijo  riendo  y  estrechándome  ambas 

manos.

Ya llevo aquí dos horas. ¡No puede usted figurarse qué día he pasado!

Me lo figuro, sí. Pero al grano. ¿Sabe usted para qué he venido? Pues no para decir 

tonterías  como  ayer.  Mire,  es  preciso  que  en  adelante  seamos  más  sensatos  Ayer 

estuve pensando mucho en todo esto.

¿Pero en  qué ser más sensatos? ¿En qué? Por mí estoy dispuesto, pero la verdad es 

que en mi vida me han ocurrido cosas tan sensatas como ahora.

¿De veras? Para empezar le ruego que no me apriete las manos tanto. En  segundo 

lugar le advierto que hoy ya he pensado mucho en usted.

Bien, ¿y con qué conclusión?

¿Con qué  conclusión? Pues con  la conclusión  de que tenemos que empezar por  el 

principio, porque hoy estoy persuadida de que aún no le conozco bien. Ayer me porté 

como una niña, como una chicuela. Por supuesto, mi buen corazón tiene la culpa de 

todo.  Me  estuve  dando  importancia,  como  sucede  siempre  que  empezamos  a 

examinar  nuestra  vida.  Y  para  corregir  esa  falta  me  he  propuesto  enterarme 

detalladamente de todo lo que toca a usted. Ahora bien, como no tengo a nadie que 

me  pueda dar informes, usted  mismo habrá de  contármelo todo, revelarme  todo  el 

secreto.  A  ver,  ¿qué  clase  de  hombre  es  usted?  ¡Hala,  empiece,  cuénteme  toda  la 

historia!

¡Historia!  exclamé  sobrecogido.  ¡Historia!  ¿Pero  quién  le  ha  dicho  que  tengo 

historia? Yo no tengo historia...

Puesto que ha vivido usted, ¿cómo no va a tener historia? me interrumpió riendo.

No  ha  habido  historia  de  ninguna  clase,  ninguna.  He  vivido,  como  quien  dice, 

conmigo  mismo,  es  decir,  enteramente  solo,  solo,  completamente  solo.  ¿Entiende 

usted lo que es estar solo?

¿Cómo solo? ¿Es que no ve nunca a nadie?

¡Ah, no! Ver, sí veo; pero solo, a pesar de ello.

¿Entonces qué? ¿Es que no habla con nadie?

En sentido estricto, con nadie.

Entonces,  explíquese.  ¿Qué  clase  de  hombre  es usted?  Déjeme  adivinarlo.  Usted, 

como  yo,  probablemente  tiene  una abuela. La  mía  está ciega. Nunca  me  deja ir  a 

ninguna parte, de modo que casi se me ha olvidado hablar. Y cuando un par de años 

atrás hice ciertas travesuras, y ella vio que no podía hacer carrera de mí, me llamó y 

prendió  mi  vestido  al  suyo  con  un  imperdible.  Desde  entonces  así  nos  pasamos 

100

background image

sentadas días enteros. Ella  hace  calceta aunque está ciega; y  yo, sentada a su  lado, 

coso o le leo  algún  libro. De esta manera tan  rara, prendida a otra persona con un 

alfiler, llevo ya dos años.

¡Qué desgracia, Dios santo! No, yo no tengo una abuela como ésa.

Si no la tiene, ¿por qué se queda usted en casa?

Escuche. ¿Quiere saber qué clase de persona soy? Pues sí.

¿En el sentido riguroso de la palabra?

En el sentido más riguroso de la palabra.

Pues bien, soy... un tipo.

Un  tipo.  ¿Un  tipo? ¿Qué  clase  de  tipo?  gritó  la  muchacha,  riendo  a  borbotones, 

como si  no lo hubiera hecho en todo un año. Es usted  divertidísimo. Mire, aquí hay 

un banco. Sentémonos. Por aquí no pasa nadie. Nadie nos oye y... empiece su historia. 

Porque, no  pretenda lo  contrario, usted  tiene una historia y trata sólo de  escurrir  el 

bulto. En primer lugar, ¿qué es un tipo?

¿Un  tipo? Un  tipo es un  original, un  hombre ridículo  contesté con  una carcajada 

que empalmaba con su risa infantil. Es un bicho raro. Oiga, ¿sabe usted lo que es un 

soñador?

¿Un  soñador? ¿Cómo  no voy  a saberlo?  Yo  misma soy  una soñadora. Hay  veces, 

cuando estoy  sentada junto  a la abuela, que no sé por qué motivo no se me ocurre 

nada. Pero me pongo a soñar y a ensimismarme hasta que..., en fin, qué me caso con 

un  príncipe chino. A  veces eso  de soñar  está bien... Por otra parte, quizá no. Sobre 

todo  si  ya  hay  bastantes  cosas en  que  pensar  agregó  la joven  hablando  ahora  con 

relativa seriedad.

¡Magnífico! Si alguna vez decide casarse con un emperador chino, entenderá lo que 

digo. Bueno, oiga... Pero, perdón, todavía no sé cómo se llama usted.

Por fin. ¡Pues sí que se ha acordado usted temprano!

¡Ay,  Dios  mío!  No  se  me  ha  ocurrido  siquiera.  Como  lo  he  estado  pasando  tan 

bien...

Me llamo... Nastenka.

Nastenka. ¿Nada más?

¿Nada más? ¿Le parece poco, hombre insaciable?

¿Poco? Todo lo contrario. Mucho, mucho, muchísimo. Nastenka, es usted una chica 

estupenda si desde el primer momento ha sido Nastenka para mí.

Precisamente. Ya ve.

Bueno, Nastenka, escuche y verá qué historia más ridícula me sale.

Me senté  junto a ella, tomé una postura pedantescamente seria y  empecé  como si 

leyera un texto escrito:

Hay en  Petersburgo, Nastenka, si  no lo sabe  usted, bastantes rincones curiosos. Se 

diría  que  a  esos  lugares  no  se  asoma  el  mismo  sol  que  brilla  para  todos  los 

petersburgueses,  sino  que  es  otro  el  que  se  asoma,  otro  diferente,  que  parece 

encargado de propósito para esos sitios y que brilla para ellos con una luz especial. En 

esos rincones, querida Nastenka, se vive una vida muy peculiar, nada semejante a la 

que  bulle  en  torno  nuestro,  una  vida  que  cabe  concebir  en  lejanas  y  misteriosas 

tierras, pero no aquí, entre nosotros, en este tiempo nuestro tan excesivamente serio. 

En esa otra vida hay una mezcla de algo puramente fantástico, ardientemente ideal, y 

101

background image

de  algo  (¡ay,  Nastenka!)  terriblemente  ordinario  y  prosaico,  por  no  decir 

increíblemente chabacano.

¡Uf ! ¡Qué prólogo, Dios mío! ¿Qué es lo que oigo?

Lo  que  oye  usted, Nastenka (me  parece  que  no  me  cansaré  ya nunca  de  llamarla 

Nastenka), lo que  oye  usted  es  que  en  esos rincones viven  unas gentes extrañas: los 

soñadores. El soñador si se quiere una definición más precisa no es un hombre ¿sabe 

usted? sino una criatura de  género neutro. Por lo  común  se  instala en  algún  rincón 

inaccesible, como si se escondiera del mundo cotidiano. Una vez en él, se adhiere a su 

cobijo como lo  hace el  caracol, o, al menos, se parece mucho al  interesante animal, 

que  es  a la vez  animal  y  domicilio,  llamado  tortuga. ¿Por  qué  piensa usted  que  se 

aficiona tanto a sus cuatro paredes, indefectiblemente pintadas de verde, cubiertas de 

hollín, tristes y llenas de un humo inaguantable? ¿Por qué este ridículo señor, cuando 

viene  a  visitarle  uno  de  sus raros  conocidos (pues lo  que  pasa al  cabo  es que  se  le 

agotan los amigos), por qué este ridículo señor le recibe tan  turbado, tan alterado de 

rostro y en tal confusión que se diría que acaba de cometer un delito entre sus cuatro 

paredes, que ha fabricado billetes falsos, o que ha compuesto algunos versecillos para 

mandar a alguna revista bajo carta anónima en la que declara que el verdadero autor 

de  ellos  ha  muerto  ya  y  que  un  amigo  suyo  considera  deber  sagrado  darlos  a  la 

estampa?  Diga,  Nastenka,  ¿por  qué  no  cuaja  la  conversación  entre  estos  dos 

interlocutores? ¿Por qué ni la risa ni siquiera una frasecilla vivaz brotan de los labios 

del  perplejo visitante, quien  en otras ocasiones ama la risa, las frasecillas vivaces los 

comentarios sobre  el bello sexo y otros temas festivos? ¿Por qué también  ese amigo, 

probablemente  reciente, en  su  primera  visita  (porque  en  tales  casos  no  habrá  una 

segunda, ya que ese amigo no volverá), por qué también el amigo se queda azorado, 

lelo, a pesar de toda su  agudeza (si  efectivamente la tiene), mirando el torcido  gesto 

del  dueño,  quien  por  su  parte  ha  tenido  ya  tiempo  bastante  para  embrollarse  por 

completo  tras  los  esfuerzos  tan  titánicos  como  inútiles  que  ha hecho  por  avivar  la 

conversación,  por  mostrar  su  propio  conocimiento  de  las  cosas  mundanales,  por 

hablar a su  vez del bello sexo y aun por agradar humildemente a ese pobre hombre 

que allí nada tiene que hacer y que ha venido por equivocación a visitarle? ¿Por qué, 

en fin, el visitante coge de pronto su  sombrero y sale disparado, habiendo recordado 

de pronto un asunto urgentísimo que por supuesto no existe, una vez que ha librado 

la  mano  del  cálido  apretón  de  la  del  dueño,  quien  trata  en  vano  de  mostrar  su 

contrición y recobrar el terreno perdido? ¿Por qué el visitante, traspasada la puerta de 

salida, suelta la carcajada y  jura no volver a visitar  a ese  sujeto estrafalario, aunque 

ese  sujeto  estrafalario  es  en  realidad  un  chico  excelente?  ¿Por  qué,  con  todo,  el 

visitante no puede resistir la tentación de comparar, siquiera forzadamente, la cara de 

su  amigo  durante  la  entrevitsa  con  la  de  un  gato  infeliz  que  han  maltratado, 

vapuleándolo  y  aterrorizándolo  a  mansalva,  unos  niños  quienes,  habiéndolo 

capturado insidiosamente, lo han dejado hecho una lástima? ¿Gato que logra por fin 

meterse  debajo de una silla, en la oscuridad, donde se ve obligado a pasar una hora 

entera,  erizado  todo  él,  dando  resoplidos,  lavándose  las  heridas  recibidas,  y  que 

durante largo tiempo, mirará con  desvío la naturaleza y  la vida, incluso los restos de 

comida que de la mesa del amo le guarda, compasiva, una ama de llaves ... ?

102

background image

Oiga interrumpió Nastenka, que me había escuchado todo ese tiempo absorta, con 

los ojos y la boca abiertos. Oiga, yo no sé por qué ha ocurrido todo eso ni por qué me 

hace usted esas preguntas ridículas. Lo que sí sé de cierto es que sin duda todas esas 

aventuras le han ocurrido a usted tal como las cuenta.

Ni que decir tiene contesté yo con cara muy seria.

Bueno,  si  es  así, siga prosiguió  Nastenka, porque  me  interesa mucho saber  cómo 

termina la cosa.

¿Usted  quiere  saber,  Nastenka,  qué  hacía  en  su  rincón  nuestro  héroe,  o,  mejor 

dicho,  qué  hacía  yo,  porque  el  héroe  de  todo  ello  soy  yo,  mi  propia  y  modesta 

persona? ¿Usted quiere saber por qué me alarmó y turbó tanto la visita inesperada de 

un amigo? ¿Usted quiere saber por qué me solivianté y  me ruboricé tanto cuando se 

abrió  la  puerta  de  mi  cuarto?  ¿Por  qué  no  sabía  recibir  visitas  y  por  qué  quedé 

aplastado tan vergonzosamente bajo el peso de mi propia hospitalidad?

Sí, sí respondió Nastenka. De  eso se trata. Oiga, usted  cuenta muy  bien las cosas, 

pero ¿no es posible hablar un poco menos bien? Porque usted habla como si estuviera 

leyendo un libro.

Nastenka objeté con  voz imponente  y  severa, haciendo  esfuerzos  para no reír, mi 

querida  Nastenka,  sé  que  cuento  las  cosas  muy  bien,  pero,  lo  siento,  no  puedo 

contarlas de otro modo. En este momento, querida Nastenka, me parezco al espíritu 

del rey Salomón, que estuvo mil años dentro de una hucha, bajo siete sellos. Y por fin 

han levantado los siete sellos. Ahora, querida Nastenka, cuando nos encontramos de 

nuevo tras larga separación (porque hace ya mucho tiempo que la conozco, Nastenka, 

porque hace ya mucho tiempo que busco a alguien, lo que es señal  de que  buscaba 

precisamente  a  usted  y  de  que  estaba escrito  que  nos encontrásemos ahora),  se  me 

han abierto mil esclusas en la cabeza y tengo que derramarme en un río de palabras, 

porque si  no lo hago me ahogo. Por eso le ruego, Nastenka, que no me interrumpa, 

que escuche atenta y humildemente. De lo contrario, guardaré silencio.

De ninguna manera. Hable. Ya no digo más esta boca es mía.

Prosigo.  Hay  en  mi  día,  Nastenka,  amiga  mía,  una  hora  que  aprecio 

extraordinariamente. Es la  hora en  que  han  terminado los  negocios,  el  trabajo, las 

obligaciones, y la gente  regresa apresuradamente a casa para comer y  descansar. En 

camino piensa en  cosas  agradables que  hacer  durante  la velada, la noche  y  todo  el 

tiempo  libre  de  que  dispone.  A  esa  hora  también  nuestro  héroe  (y  permítame, 

Nastenka, que hable en tercera persona, porque en primera me resultaría sumamente 

vergonzoso decirlo), repito, a esa hora también nuestro héroe, que como todo hijo de 

vecino  tiene  sus  ocupaciones,  vuelve  a  casa  con  los  demás.  En  su  rostro  pálido  y 

surcado de arrugas se dibuja un extraño sentimiento de satisfacción. Mira con interés 

el  crepúsculo  vespertino  que  se  apaga  lentamente  en  el  cielo  frío  de  Petersburgo. 

Cuando digo que mira, miento. No mira, sino que contempla distraídamente, como si 

estuviera fatigado o preocupado de algo más interesante  en  ese momento. De modo 

que quizá sólo fugazmente, casi  sin querer, puede ocuparse  de lo que  le rodea. Está 

satisfecho porque se ha desembarazado  hasta el  día siguiente de  asuntos enojosos, y 

está alegre como un  colegial a quien  permiten  que  deje el  banco de la escuela para 

entregarse  a sus  travesuras  y  juegos  favoritos. Obsérvele  de  soslayo,  Nastenka,  y  al 

punto verá que esa sensación de gozo ha influido ya de manera positiva en sus débiles 

103

background image

nervios y en su fantasía morbosamente irritada. Mire, está pensando en algo... ¿En la 

comida quizá? ¿En cómo va a pasar la velada? ¿En qué fija los ojos? ¿En ese caballero 

de aspecto importante que saluda tan pintorescamente a la dama que pasa junto a él 

en  un  espléndido  carruaje  tirado  por  veloces  caballos? No,  Nastenka. Ahora no  le 

importan nada esas menudencias. Ahora se siente rico de su propia vida. De pronto, 

por un motivo ignorado, se sabe rico. Y no en vano el sol poniente le lanza un alegre 

rayo de despedida y  despierta en su tibio corazón  todo un  enjambre de impresiones. 

Ahora apenas se  da cuenta del  camino  en  el  que  poco  antes le  hubiera llamado  la 

atención la minucia más insignificante. Ahora la «diosa Fantasía» (si ha leído usted a 

Zhukovski, querida Nastenka)  ha bordado con caprichosa mano su  tela de oro y  ha 

mandado,  para  que  las  desplieguen  ante  él,  alfombras de  vida  inaudita, milagrosa. 

¿Quién  sabe si no  le ha transportado con su mano mágica de  la acera de excelente 

granito por la que vuelve a casa al séptimo cielo de cristal? Trata usted  de  detenerle 

ahora, de preguntarle  dónde se encuentra  ahora, por qué calles va. Lo probable es 

que no recuerde  ni por  dónde  va ni  dónde está en ese momento, y enrojeciendo  de 

irritación  soltará sin  duda alguna mentira para salir del  paso. Por  eso  se  sorprende, 

está  a  punto  de  lanzar  un  grito  y  mira  atemorizado  a  su  alrededor  cuando  una 

anciana  venerable  le  detiene  cortésmente  en  la  acera  para  pedirle  direcciones  por 

haberse equivocado de camino. Sigue adelante con el entrecejo fruncido de enojo, sin 

percatarse apenas de que más de un transeúnte se sonríe al verle y se vuelve a mirarle 

cuando pasa, ni de que una muchachita, que le cede tímidamente la acera, rompe a 

reír  estrepitosamente,  hecha  toda ojos, al  ver  su  ancha sonrisa  contemplativa  y  los 

aspavientos que hace. Y, sin  embargo, esa misma fantasía ha arrebatado también en 

su vuelo juguetón a la anciana, a los transeúntes curiosos, a la chica de la risa y a los 

marineros que al anochecer se sientan a comer en las barcazas con las que forman un 

dique  en  la Fontanka (supongamos que  nuestro  héroe pasa por  allí a esa hora). Ha 

prendido traviesamente en su lienzo a todo y a todos, como moscas en una telaraña. 

Y  con  esa  riqueza  recién  adquirida  el  tipo  estrafalario  entra  en  su  acogedora 

madriguera, se sienta a cenar, termina de cenar y al cabo de un rato se despabila sólo 

cuando  la  pensativa  y  siempre  triste  Matryona,  la  criada  que  le  sirve,  levanta  los 

manteles y le da la pipa. Se despabila y recuerda con asombro que ya ha cenado, sin 

darse la menor cuenta de cómo ha ocurrido la cosa. La habitación está a oscuras. La 

aridez y la tristeza se adueñan del alma de nuestro héroe. El castillo de sus ilusiones se 

ha  venido  sin  estrépito,  sin  dejar  rastro,  se  ha  esfumado  como  un  sueño;  y  él  ni 

siquiera  se  percata de  que  ha estado  soñando. Pero  en  su  pecho siente  todavía una 

vaga  sensación  que  lo  agita  ligeramente.  Un  nuevo  deseo  le  cosquillea 

tentadoramente  la  fantasía,  la  estimula  e  imperceptiblemente  suscita  todo  un 

conjunto de nuevas quimeras. El silencio reina en la pequeña habitación. La soledad 

y  la indolencia acarician  la fantasía. asta se  enciende  poco a poco, empieza a bullir 

como el agua en la cafetera de la vieja Matryona, que  tranquilamente sigue con sus 

faenas en la cocina, preparando su detestable café. La fantasía empieza a desbordarse 

entre  alguna  que  otra  llamarada.  Y  he  aquí  que  el  libro  cogido  al  azar, 

maquinalmente, se le cae de la mano a mi soñador, que no ha llegado ni a la tercera 

página.  Su  fantasía  despierta  de  nuevo,  está  en  su  punto.  De  pronto,  un  mundo 

nuevo,  una vida nueva y  fascinante, resplandece ante  él  con  brillantes perspectivas. 

104

background image

Nuevo  sueño,  nueva  felicidad.  Nueva  dosis  de  veneno  sutil  y  voluptuoso.  ¿Qué  le 

importa a él nuestra vida real? ¡A sus ojos hechizados, usted, Nastenka, y yo llevamos 

una existencia tan  apagada, tan lenta y desvaída, estamos todos, en  su opinión, tan 

descontentos con nuestra suerte, nos aburrimos tanto en nuestra vida! En efecto, fíjese 

bien y verá cómo a primera vista todo es frío, lúgubre y, por así decirlo, enojoso entre 

nosotros.  «¡Pobre  gente!»  piensa  mi  soñador;  y  no  es  extraño  que  así  lo  piense. 

Observe esas visiones mágicas que de manera tan encantadora, tan sugestiva y fluida 

componen  ante sus ojos ese cuadro animado y subyugante, en  cuyo primer plano la 

figura  principal  es,  por  supuesto,  él  mismo,  nuestro  soñador,  su  propia  persona 

querída. Fíjese en las diversas aventuras, en la infinita procesión  de sueños ardientes. 

Quizá pregunta usted con qué sueña. ¿Para qué preguntarlo? Sueña con todo, con la 

misión del poeta, desconocido primero e inmortalizado después, con que es amigo de 

Hoffmann, con  la noche de  San  Bartolomé, con  Diana Vernon, la  heroína  de  Rob 

Roy, con actos de heroísmo en ocasión de la toma de Kazan por Iván el Terrible, con 

Clara  Mowbray  y  Effie  Deans,  otras  heroínas  de  Walter  Scott,  con  el  sínodo  de 

prelados y  Huss ante ellos, con  la rebelión  de los muertos en Roberto el Diablo (¿se 

acuerda de la música? ¡huele a cementerio!), con la batalla de Berezina, con la lectura 

de  poemas en  casa de la condesa V.D., con  Danton, con Cleopatra e i  suoi  amanti, 

con La casita en Kolomma de Pushkin, con su propio rincón, junto a un ser querido 

que  le  escucha  como  usted  me  escucha  ahora,  ángel  mío,  con  la  boca  y  los  ojos 

abiertos  en  una  noche  de  invierno.  No,  Nastenka,  ¿qué  le  importa  a  él,  hombre 

voluptuoso, esta vida a la que  usted  y yo nos aferramos tanto? A juicio suyo es una 

vida pobre, miserable, aunque no prevé que también para él acaso sonará alguna vez 

la hora fatal en que por un día de esta vida miserable daría todos sus años de fantasía, 

y no los daría a cambio de la alegría o la felicidad, ni tendría preferencias en esa hora 

de  tristeza, arrepentimiento  y  dolor  puro  y  simple. Pero  hasta  tanto  que  llegue  ese 

momento  amenazador  nuestro  héroe  no  desea  nada,  porque  está  por  encima  del 

deseo, porque  está saciado, porque  es artista de su propia vida y  se  forja cada hora 

según  su  propia  voluntad.  ¡Es  tan  fácil,  tan  natural,  crear  ese  mundo  legendario, 

fantástico!  Se  diría,  en  efecto,  que  no  es  una  ilusión.  A  decir  verdad,  en  algunos 

momentos, está dispuesto a creer que esa vida no es una excitación de los sentidos, ni 

un espejismo, ni un engaño de la fantasía, sino algo real, auténtico, palpable. Dígame, 

Nastenka, ¿por qué en  tales momentos se  corta el  aliento? ¿Por  qué  arte  de  magia, 

por qué incógnito arbitrio se le acelera el pulso al soñador, se le saltan las lágrimas, le 

arden  las mejillas  humedecidas  y  se siente  penetrado  por  un  inmenso  deleite? ¿Por 

qué  pasan  en  un  segundo  noches  enteras  de  insomnio,  en  gozo  y  felicidad 

inagotables? ¿Y  por qué, cuando la aurora toca las ventanas con  sus dedos rosados y 

el alba ilumina el cuarto sombrío con su luz incierta y fantástica, como sucede aquí en 

Petersburgo, nuestro soñador, fatigado, extenuado, se  deja caer en el  lecho, presa de 

un  sopor  causado  por  la  exaltación  enfermiza  y  aberrante  de  su  espíritu, y  con  un 

dolor de corazón en  que se mezclan  la angustia y la dulzura? Sí, Nastenka, nuestro 

héroe  se  engaña y  cree a pesar suyo que una pasión  genuina, verdadera, le agita el 

alma; cree a pesar suyo que hay algo vivo, palpable, en sus sueños incorpóreos. ¡Y qué 

engaño!  El  amor  ha  prendido  en  su  pecho  con  su  gozo  infinito,  con  sus  agudos 

tormentos. Basta mirarle para con vencerse. ¿Querrá usted creer al mirarle, querida 

105

background image

Nastenka,  que  nunca  ha  conocido  de  verdad  a  la  que  tanto  ama  en  sus  sueños 

desenfrenados? ¿Es posible que tan sólo la haya visto en sus quimeras seductoras, que 

esta pasión  no  sea sino  un  sueño? ¿Es posible  que, en  realidad, él  y  ella  no  hayan 

caminado  juntos  por  la  vida  tantos  años,  cogidos  de  la  mano,  solos,  después  de 

renunciar a todo y  a todos y  de fundir cada uno su mundo, su vida, con la vida del 

compañero? ¿Es posible que en la última hora antes de la separación no se apoyara 

ella en el pecho de él, sufriendo, sollozando, sorda a la tempestad que bramaba bajo 

el cielo adusto, e indiferente al viento que barría las lágrimas de sus negras pestañas? 

¿Es  posible  que  todo  esto  no  fuera  más que  un  sueño? ¿Lo  mismo  que  ese  jardín 

melancólico,  abandonado,  selvático,  con  veredas  cubiertas  de  musgo,  solitario, 

sombrío, donde tan  a menudo paseaban  juntos, acariciando esperanzas, padeciendo 

melancolías, y  amándose, amándose  tan  larga  y  tiernamente?  ¿Y  esa  extraña  casa 

linajuda en la que ella vivió tanto tiempo sola y triste, con un marido viejo y lúgubre, 

siempre taciturno y bilioso, que les causaba temor, como si fueran niños tímidos que, 

tristes  y  esquivos,  disimulaban  el  amor  que  se  tenían?  ¡Cuánto  sufrían!  ¡Cuánto 

temían! ¡Cuán  puro e inocente era su  amor! Y, por  supuesto, Nastenka, ¡qué  aviesa 

era la gente! ¿Y  es posible, Dios mío, que  él no  la encontrara más tarde lejos de su 

país, bajo un cielo extraño, meridional y  cálido, en una ciudad maravillosa y  eterna, 

en el esplendor de un baile, en  medio del estruendo de la música, en un  palazzo (ha 

de  ser  un  palazzo)  visible  apenas  bajo  un  mar  de  luces,  en  un  balcón  revestido  de 

mirto  y  rosas, donde  ella,  reconociéndole,  al  punto  se  quitó  el  antifaz  y  murmuró: 

«¿Soy  libre?»  Y  trémula  se  lanzó  a  sus  brazos.  Y  con  exclamaciones  de  éxtasis, 

fuertemente  abrazados,  al  punto  olvidaron  su  tristeza,  su  separación,  todos  sus 

sufrimientos, la casa lúgubre, el  viejo, el  jardín  tenebroso allí en  la patria lejana y  el 

banco en el que, con un último beso apasionado, ella se arrancó de los brazos de él, 

entumecidos  por  un  dolor  desesperado... Convenga usted, Nastenka, en  que queda 

uno turbado, desconcertado, avergonzado, como  chicuelo que esconde en el bolsillo 

la  manzana robada  en  el  huerto  vecino, cuando  un  sujeto  alto y  fuerte, jaranero  y 

bromista, su amigo anónimo, abre la puerta y grita como si tal cosa: «Amigo, en este 

momento  vuelvo  de  Pavlovsk.»  ¡Dios  mío! Ha  muerto  el  viejo  conde, empieza  una 

felicidad inefable... y, nada, ¡que acaba de llegar alguien de Pavlovsk!

Me  callé  patéticamente después  de  mis apasionadas exclamaciones. Recuerdo que 

tenía unas ganas enormes de reír  a carcajadas, aunque la risa fuese forzada, porque 

notaba  que  un  diablillo  se  removía  dentro  de  mí, que  empezaba a agarrárseme  la 

garganta, a temblarme la barbilla y que los ojos se me iban humedeciendo. Esperaba 

a  que  Nastenka,  que  me  había  estado  escuchando,  abriera  sus  ojos  inteligentes  y 

rompiera  a  reír  con  su  risa  infantil,  irresistibiemente  alegre.  Ya  me  arrepentía  de 

haberme excedido, de haber contado vanamente lo que desde tiempo atrás bullía en 

mi corazón, lo que podía relatar como si estuviese leyendo algo escrito, porque hacía 

ya  tiempo  que  había  pronunciado  sentencia  contra  mí  mismo  y  ahora  no  había 

resistido  la tentación  de  leerla, sin  esperar,  por  supuesto,  que  se  me  comprendiera. 

Pero, con  sorpresa mía, Nastenka siguió  callada y  luego me  estrechó la mano y  me 

dijo con tímida simpatía: 

¿Es posible que haya vivido usted toda su vida como dice?

Toda mi vida, Nastenka contesté. Toda ella, y al parecer así la acabaré.

106

background image

No, imposible replicó intranquila. Eso no. Puede que yo también pase la vida entera 

junto a mi abuela. Oiga, ¿sabe que vivir de esa manera no es nada bonito?

Lo  sé,  Nastenka,  lo  sé  exclamé  sin  poder  contener  mi  emoción. Ahora  más  que 

nunca sé  que he  malgastado  mis años mejores. Ahora lo sé, y  ese conocimiento  me 

causa pena, porque  Dios  mismo  ha sido quien  me  ha  enviado  a usted,  a  mi  ángel 

bueno, para que me lo diga y me lo demuestre. Ahora que estoy sentado junto a usted 

y que hablo con usted me aterra pensar en el  futuro, porque el futuro es otra vez la 

soledad, esta vida rutinaria e inútil. ¿Y  ya con  qué  voy  a sonar, cuando he  sido tan 

feliz despierto? ¡Bendita sea usted, niña querida, por no haberme rechazado desde el 

primer momento, por haberme  dado la posibilidad  de decir  que he vivido al  menos 

dos noches en mi vida!

¡Oh, no, no! exclamó Nastenka con lágrimas en los ojos. No, eso ya no pasará. No 

vamos a separarnos así. ¿Qué es eso de dos noches?

¡Ay,  Nastenka,  Nastenka!  ¿Sabe  usted  por  cuánto  tiempo  me  ha  reconciliado 

conmigo mismo? ¿Sabe  usted  que  en  adelante  no  pensaré  tan  mal  de  mí como he 

pensado  otras veces? ¿Sabe usted  que ya no me  causará tristeza haber  delinquido  y 

pecado en mi vida, porque esa vida ha sido un delito, un pecado? ¡Por Dios santo, no 

crea que exagero, no lo crea, Nastenka, porque ha habido momentos en  mi vida de 

mucha,  de  muchísima tristeza!  En  tales  momentos  he  pensado  que  ya  nunca  sería 

capaz de vivir una vida auténtica, porque se me antojaba que había perdido el tino, el 

sentido de lo  genuino, de lo real, y  acababa por maldecir de mí mismo, ya que  tras 

mis noches fantásticas empezaba a tener momentos de horrible resaca. Oye uno entre 

tanto cómo en torno suyo circula ruidosamente la muchedumbre en un torbellino de 

vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella 

la vida no es una cosa de  encargo, que no  se desvanece como un  sueño, como  una 

ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna 

hora se parece a otra; mientras que la fantasía es asustadiza, triste y monótona hasta 

la  trivialidad, esclava  de  la sombra, de  la  idea, esclava  de  la primera  nube  que  de 

pronto  cubre  al  sol  y  siembra la  congoja  en  el  corazón  de  Petersburgo, que  tanto 

aprecia su sol. ¿Y  para qué sirve  la fantasía cuando  uno está triste? Acaba uno  por 

cansarse  y  siente que  esa  inagotable  fantasía se agota con  el  esfuerzo constante  por 

avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de 

antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si  no hay otra'vida, la única posibilidad es 

hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano 

escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún 

rescoldo  para  reavivar  la  fantasía,  para  recalentar  con  nuevo  fuego  su  enfriado 

corazón  y  resucitar  en  él  una  vez  más  lo  que  antes  había  amado  tanto,  lo  que 

conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y 

cautivaba con  espléndido  hechizo. ¿Sabe  usted,  Nastenka, a  qué  punto  he  llegado? 

¿Sabe usted que me siento obligado a celebrar el  cumpleaños de mis sensaciones, el 

cumpleaños de lo que antes me fue tan querido, de lo que en realidad no ha existido 

nunca? Porque ese cumpleaños es el de cada uno de esos sueños inanes e incorpóreos, 

y esos sueños inanes no existen y no hay por qué sobrevivirlos. También los sueños se 

sobreviven.  ¿Sabe  usted  que  ahora  me  complazco  en  recordar  y  visitar  en  fechas 

determinadas los lugares donde a mi modo he sido feliz? ¿Que me gusta elaborar  el 

107

background image

presente  según  la  pauta  del  pasado  irreversible?  ¿Que  a  menudo  corro  sin  motivo 

como  una  sombra,  triste,  afligido,  por  las  calles  y  callejas  de  Petersburgo?  ¡Y  qué 

recuerdos! Recuerdo por ejemplo, que hace un año justo, justamente a esta hora, pasé 

por  esta acera tan  solo  y  tan  triste  como  lo  estoy  en  este  instante. Y  recuerdo  que 

también  entonces mis sueños eran  deprimentes.  Sin  embargo  aunque  el  pasado  no 

fue mejor, piensa uno que quizá no fuera tan agobiante, que vivía uno más tranquilo 

que no  tenía este fúnebre pensamiento  que  ahora me  sobrecoge, que no  sentía este 

desagradable y sombrío cosquilleo de la conciencia que ahora no me deja en paz a sol 

ni  a sombra. Y  uno se pregunta: ¿dónde, pues están tus sueños? Sacude la cabeza y 

dice:  ¡qué  de  prisa pasa el  tiempo!  Vuelve  a  preguntarse:  ¿qué  has  hecho  con  tus 

años?, ¿dónde has sepultado los mejores días de tu vida?, ¿has vivido o no? ¡Mira, se 

dice  uno  mira  cómo  todo  se  congela  en  el  mundo!  Pasarán  más  años  y  tras  ellos 

llegará la lúgubre soledad, llegará báculo en mano la trémula vejez, y en pos de ella la 

tristeza  y  la  angustia.  Tu  mundo  fantástico  perderá  su  colorido,  se  marchitarán  y 

morirán tus sueños y  caeran  como las hojas secas de los árboles. ¡Ay, Nastenka será 

triste  quedarse  solo,  enteramente  solo, sin  tener  siquiera  nada que  lamentar,  nada, 

absolutamente nada! Porque todo eso que se ha perdido, todo eso no ha sido nada, un 

cero redondo y huero, no ha sido más que un sueño.

Basta, no  me  haga llorar más dijo Nastenka secándose  una lágrima que  resbalaba 

por  su  mejilla-.  Todo  eso  se  ha  acabado.  En  adelante  estaremos  juntos  y  no  nos 

separaremos  nunca  pase  lo  que  pase. Escuche  Yo  soy  una  muchacha  sencilla  y  sé 

poco, aunque mi  abuela me puso maestro. Pero de veras que le comprendo a usted, 

porque  todo lo  que  acaba de  contarme  me  ha pasado  a mí también  desde  que  mi 

abuela me  prendió con  un alfiler a su  vestido. Yo, por  supuesto, no podría contarlo 

tan  bien  como  usted  porque  no  tengo  estudios  añadió  con  timidez,  manifestando 

todavía  admiración  por  mi  discurso  patético  y  mi  estilo  grandilocuente,  pero  me 

alegro de que usted  se haya retratado por completo. Ahora le conozco, le conozco a 

fondo, lo sé todo. ¿Y sabe usted? Yo, por mi parte, quiero contarle mi propia historia, 

toda ella, sin callar nada, y después me dará usted un consejo. Usted  es un  hombre 

muy listo. ¿Promete darme ese consejo?

Nastenka  respondí,  aunque  antes  nunca  he  sido  consejero,  y  mucho  menos 

consejero inteligente, lo que usted me propone me parece muy sensato. Cada uno de 

nosotros dará al otro buenos consejos. Ahora, dígame, Nastenka bonita, ¿qué clase de 

consejo necesita? Dígamelo sin rodeos. En este instante estoy tan alegre, tan feliz, me 

siento tan atrevido, tan listo, que tendré la respuesta pronta.

No, no me interrumpió riendo. No me hace falta sólo un consejo inteligente, sino un 

consejo cordial, fraterno, como si me quisiera usted de toda su vida.

¡Conforme, Nastenka, conforme! exclamé excitado. Aunque la quisiera desde hace 

veinte años, no la querría tanto como en este momento.

Deme su mano dijo Nastenka.

Aquí está  contesté alargándosela.

Pues comencemos la historia.

108

background image

Historia de Nastenka

Ya  conoce  usted  la  mitad  de  la  historia,  es  decir,  ya sabe  que  tengo  una  abuela 

anciana...

Si la segunda mitad es tan breve como ésta... me aventuré a interrumpir riendo.

Calle  Y  escuche. Ante  todo  una  condición:  no  me  interrumpa,  porque  pierdo  el 

hilo. Escuche callado. Tengo una abuela anciana. Fui  a vivir con ella cuando yo era 

todavía  muy  niña porque  murieron  mis padres. Mi  abuela, según  parece, era antes 

rica, porque todavía habla de haber conocido días mejores. Ella misma me enseñó el 

francés  y  más  tarde  me  puso  maestro.  Cuando  cumplí  quince  años  (ahora  tengo 

diecisiete) terminaron  mis estudios. Hice por entonces algunas travesuras, pero no le 

diré a usted  de qué  género; sólo diré  que fueron  de poca monta. Pero la abuela me 

llamó una mañana y me dijo que como era ciega no podía vigilarme. Cogió, pues, un 

imperdible  y  prendió  mi  vestido  al  suyo,  diciendo  que  así  pasaríamos  lo  que  nos 

quedara de  vida si  yo  no  sentaba cabeza. En  suma,  que  al  principio  era imposible 

apartarse  de  ella. Trabajar, leer,  estudiar, todo  lo  hacía junto  a la  abuela. Una  vez 

intenté un truco y convencí a Fyokla de que se sentara en mi puesto. Fyokla es nuestra 

asistenta y está sorda. Fyokla se sentó en mi sitio. En ese momento mi abuela estaba 

dormida en su sillón y yo fui a ver a una amiga que no vivía lejos. Pero el truco salió 

mal. La abuela se despertó cuando yo estaba fuera y preguntó por algo, pensando que 

yo seguía tan campante en mi puesto. Fyokla, que vio que la abuela preguntaba algo 

pero  que  no oía lo que era, empezó  a  pensar  en  qué  debía  hacer. Lo  que  hizo  fue 

abrir el imperdible y echar a correr...

En  ese  punto  Nastenka se detuvo y  soltó una carcajada. Yo  hice  coro. Al  instante 

dejó de reír.

Oiga, no se ría de mi abuela. Yo me río porque es cosa de risa... Bueno, ¿qué va a 

hacer una cuando la abuela es así? Pero aun así la quiero un poco. Pues bien, aquella 

vez me dio una pasada de las buenas. Tuve que volver a sentarme en mi sitio sin decir 

palabra y ya fue imposible moverse de él. ¡Ah, sí! Se me olvidaba decirle que teníamos 

mejor dicho, que la abuela tenía casa propia, una casita pequeña, de madera, con tres 

ventanas en total, y  casi  tan  vieja como la abuela. En  lo alto  tenía un desván. A ese 

desván vino a vivir un inquilino nuevo...

Es decir que había habido un inquilino viejo observé yo de paso.

Pues claro que lo había habido respondió Nastenka. Y sabía callar mejor que usted. 

En  serio, apenas decía esta boca es mía. Era un  viejecito  seco, mudo, ciego, cojo, a 

quien  al  cabo  le resultó  imposible vivir en  este  mundo  y  se  murió. Con  ello se hizo 

necesario tomar un inquilino nuevo, porque sin inquilino no podíamos vivir, ya que lo 

que él nos daba de alquiler y  la pensión  de  la abuela eran nuestros únicos recursos. 

Por  contraste,  el  nuevo inquilino  resultó  ser  un  joven  forastero  que  estaba de  paso. 

Como  no regateó,  la abuela lo aceptó. Luego  me preguntó: «Nastenka, ¿es  nuestro 

inquilino joven o viejo?» Yo no quise mentir y dije: «No es ni joven ni  viejo.» «¿Y es 

de buen aspecto?» preguntó. Una vez más no quise mentir y contesté: «Sí, es de buen 

aspecto, abuela.» Y  la abuela exclamó: «¡Ay, qué castigo! Te lo digo, nieta, para que 

no trates de verle. ¡Ay, qué tiempos éstos! ¡Pues anda, un inquilino tan insignificante y 

tiene, sin embargo, buen aspecto! ¡Eso no pasaba en mis tiempos!»

109

background image

La abuela todo lo relacionaba con sus tiempos. En sus tiempos era más joven, en sus 

tiempos  el  sol  calentaba  más, en  sus  tiempos  la  crema  no  se  agriaba tan  pronto... 

¡todo  era mejor  en  sus  tiempos!  Yo, sentada y  callada, pensaba  para  mis  adentros: 

¿Por  qué  me  da  la  abuela  estos  consejos  y  me  pregunta  si  el  inquilino  es  joven  y 

guapo? Pero sólo lo pensaba, mientras seguía en mi sitio haciendo calceta y contando 

puntos. Luego me olvidé de ello.

Y  he  aquí  que  una  mañana  vino  a  vernos  el  inquilino  para  recordarnos  que 

habíamos prometido empapelarle el cuarto. Hablando de una cosa y  otra, la abuela, 

que era aficionada a la cháchara, me  dijo: «Ve a mi alcoba, Nastenka, y tráeme las 

cuentas.» Yo me levanté de un  salto, ruborizada no sé  por qué, y olvidé que  estaba 

prendida con el imperdible. No hubo manera de desprenderme a hurtadillas para que 

no  lo  viera el  inquilino.  Di  un  tirón  tan  fuerte  que  arrastré  el  sillón  de  la  abuela. 

Cuando comprendí que el inquilino se había enterado de lo que me ocurría me puse 

aún  más  colorada,  me  quedé  clavada  en  el  sitio  y  rompí  a  llorar.  Sentí  tanta 

vergüenza y  amargura en  ese  momento  que  hubiera deseado  morirme.  La  abuela 

gritó: «¿Qué haces ahí parada?», y  yo  llora que  te  llora. Cuando vio el inquilino  lo 

avergonzada que estaba, saludó y se fue.

Después de aquello, tan  pronto como oía ruido en  el zaguán me quedaba muerta. 

Pensaba que venía el inquilino, y cada vez que esto pasaba desprendía el imperdible a 

la chita callando. Pero no era él. No venía. Pasaron quince días, al cabo de los cuales 

el  inquilino  mandó  a  decir  por  Fyokla  que  tenía  muchos  libros  franceses,  libros 

buenos, que estaban a nuestra disposición. ¿No quería la abuela que yo se los leyera 

para matar el aburrimiento? La abuela aceptó agradecida, pero preguntó si los libros 

eran  morales,  porque,  me  dijo:  «Si  son  inmorales,  Nastenka,  de  ninguna  manera 

deben leerse, porque aprenderías cosas malas.»

¿Qué aprendería, abuela? ¿Qué es lo que cuentan?

¡Ah!  respondió.  Cuentan  cómo  los  mozos  seducen  a  las  muchachas  de  buenas 

costumbres; y cómo con el pretexto de que quieren casarse con  ellas las sacan  de la 

casa paterna; y cómo luego abandonan a las pobres chicas a su suerte y ellas quedan 

deshonradas. Yo he leído muchos de esos libros dijo la abuela, y todo está descrito tan 

bien que me  pasaba la noche leyéndolos. ¡Así que mucho ojo, Nastenka, no los leas! 

¿Qué clase de libros ha mandado? preguntó

Novelas de Walter Scott, abuela.

¡Novelas de Walter Scott! Vaya, vaya, ¿no habrá ahí algún engaño? Mira bien a ver 

si no ha metido er ellos algún billete amoroso.

No, abuela, no hay ningún billete.

Mira bajo la cubierta. A veces los muy pillos los meten bajo la cubierta.

No hay nada tampoco bajo la cubierta, abuela.

Bueno, entonces está bien.

Así, pues, empezamos a leer a Walter Scott y en cosa de un mes leímos casi la mitad. 

El  inquilino  siguió  mandándonos  libros.  Mandó  las  obras  de  Pushkin,  y  llegó  el 

momento en que yo no podía vivir sin  libros y ya dejé de pensar en casarme con un 

príncipe chino.

Así andaban las cosas cuando un  día tropecé por casualidad  con  el inquilino en la 

escalera. La abuela me  había mandado  por algo. Él  se  detuvo, yo me  ruboricé  y  él 

110

background image

también, pero  se  echó a reír, me  saludó,  preguntó  por  la salud  de la abuela  y  dijo: 

«¿Qué, han leído los libros?» Yo contesté que sí. «¿Y cuáles volvió a preguntar les han 

gustado  más?» Yo  respondí: «Ivanhoe y  Pushkin  son  los que más nos han  gustado.» 

Con eso terminó la conversación por entonces.

Ocho días después volví a tropezar con él en la escalera. Esta vez la abuela no me 

había mandado por nada, sino que yo había salido por mi cuenta. Ya habían dado las 

dos y el inquilino volvía a casa a esa hora. «Buenas tardes», me dijo, y yo le contesté: 

«Buenas tardes.»

¿Y qué? me preguntó. ¿No se aburre usted de estar  sentada todo el día junto a su 

abuela?

Cuando oí la pregunta, no sé por qué me puse colorada. Sentí vergüenza y pena de 

que  ya  hubieran  empezado  otros  a  hablar  del  asunto.  Estuve  por  no  contestar  y 

marcharme, pero me faltaron las fuerzas.

Mire  dijo, es usted una chica buena. Perdone que le hable así, pero le aseguro que 

me intereso por su suerte más que su abuela. ¿No tiene usted amigas que visitar?

Yo dije que no, que sólo una, Mashenka, pero que se había ido a Pskov.

Dígame prosiguió, ¿quiere ir al teatro conmigo?

¿Al teatro? Pero ¿y la abuela?

La abuela no tiene por qué enterarse.

No dije, no quiero engañar a la abuela. Adiós.

Bueno, adiós repitió él. Y no dijo más.

Pero después de la comida vino a vernos. Se sentó, habló largo rato con la abuela, le 

preguntó si salía alguna vez, si tenía amistades, y de repente dijo: «Hoy he sacado un 

palco  para la  ópera. Ponen  El  Barbero  de Sevilla. Unos amigos  iban  a ir  conmigo, 

pero después mudaron de propósito y me he quedado con el billete y sin compañía.

¡El Barbero de Sevilla! exclamó la abuela. ¿Es ése el mismo Barbero que ponían en 

mis tiempos?

Sí,  el  mismo  dijo,  dirigiéndome  una  mirada.  Yo  lo  comprendí  todo,  me  puse 

encarnada y el corazón me empezó a dar saltos de anticipación.

¡Cómo no voy a conocerlo! dijo la abuela. ¡Si en mis tiempos yo misma hice el papel 

de Rosina en un teatro de aficionados!

¿No quiere usted ir hoy? preguntó el inquilino. Si no, seria perder el billete.

Pues sí, podríamos ir respondió la abuela. ¿Por qué no? Además, mi Nastenka no ha 

estado nunca en el teatro.

¡Qué alegría, Dios mío! En un dos por tres nos preparamos, nos vestimos y salimos. 

La  abuela,  aunque  no  podía  ver  nada,  quería  oír  música,  pero  es  que  además  es 

buena.  Deseaba  que  me  distrajera  un  poco,  y  nosotras  solas  no  nos  hubiéramos 

atrevido a hacerlo. No le  contaré la impresión  que me causó El  Barbero de  Sevilla. 

Sólo  le  diré  que  durante  la  velada  nuestro  inquilino  me  estuvo  mirando  con  tanto 

interés,  hablaba  tan  bien,  que  pronto  me  di  cuenta  de  que  aquella  tarde  había 

querido  ponerme  a  prueba  proponiéndome  que  fuéramos  solos.  ¡Qué  alegría!  Me 

acosté tan orgullosa, tan contenta, y el corazón me latía tan fuertemente que tuve un 

poco de fiebre y toda la noche me la pasé delirando con El Barbero de Sevilla.

Pensé que después de esto el inquilino vendría a vernos más a menudo, pero no fue 

así.  Dejó  de  hacerlo  casi  por  completo,  o  a  lo  más  una  vez  al  mes  y  sólo  para 

111

background image

invitarnos al teatro. Fuimos un par de veces más, pero no quedé contenta. Comprendí 

que me tenía lástima por la manera en que me trataba la abuela, y nada más. Con el 

tiempo llegué a sentir que ya no podía permanecer sentada, ni  leer, ni  trabajar. Me 

echaba a reír sin motivo aparente. Algunas veces molestaba a la abuela de propósito; 

otras, sencillamente lloraba. Adelgacé y casi me puse mala. Terminó la temporada de 

ópera y el  inquilino dejó por completo de visitarnos. Cuando nos encontrábamos en 

la  escalera de  marras, por  supuesto, me  saludaba en  silencio  y  tan  gravemente que 

parecía  no  querer  hablar.  Al  llegar  él  al  portal  yo  todavía  seguía  en  mitad  de  la 

escalera, roja como una cereza, porque toda la sangre se me iba a la cabeza cuando 

tropezaba con él.

Y  ahora  viene  el  fin.  Hace  un  año  justo, en  el  mes  de  mayo,  el  inquilino  vino  a 

vernos y dijo a la abuela que ya había terminado de gestionar el asunto que le había 

traído a Petersburgo y  que tenía que  volver  a Moscú  por un  año. Al oírlo me  puse 

pálida y caí en la silla como muerta. La abuela no lo notó, y  él, después de anunciar 

que dejaba libre el cuarto, se despidió y se fue.

¿Qué iba yo a hacer? Después de pensarlo mucho y de sufrir lo indecible, tomé una 

resolución. Él se iba al  día siguiente, y  yo  decidí acabar  con  todo  esa misma noche 

después de que se acostara la abuela. Así fue. Hice un bulto con los vestidos que tenía 

y la ropa interior que necesitaba y, con él en  la mano, más muerta que viva, subí al 

desván de nuestro inquilino. Calculo que tardé una hora en subir la escalera. Cuando 

se abrió la puerta, lanzó un  grito al  verme. Creyó que  era una aparición y  corrió a 

traerme  agua  porque  apenas  podía  tenerme  de  pie.  El  corazón  me  golpeaba  con 

fuerza,  me  dolía  la  cabeza  y  me  sentía  mareada.  Cuando  me  repuse  un  poco,  lo 

primero que  hice  fue  sentarme en la cama con el  bulto a mi  lado, cubrirme la cara 

con  las manos y  romper  a llorar  desconsoladamente. Él,  por  lo  visto, se  percató  de 

todo al instante. Estaba de pie ante mí, pálido, y me miraba con ojos tan tristes que se 

me partió el alma.

Escuche  me  dijo, escuche,  Nastenka. No  puedo  hacer  nada,  soy  pobre,  no  tengo 

nada por ahora, ni  siquiera un  empleo decente. ¿Cómo viviríamos si me casara con 

usted?

Hablamos largo y tendido y yo acabé por perder el  recato. Dije que no podía vivir 

con la abuela, que me escaparía de casa, que no aguantaba que se me tuviera sujeta 

con  un imperdible, y  que si  quería, me iba con  él  a Moscú, porque  sin  él  no podía 

vivir. La  vergüenza,  el  amor, el  orgullo,  todo  hablaba en  mí  al  mismo  tiempo, y  a 

punto  estuve  de  caer  en  la  cama  presa  de  convulsiones.  ¡Tanto  temía  que  me 

rechazara!

Él, después de estar sentado en silencio algunos minutos, se levantó, se acercó a mí y 

me tomó una mano.

Escuche, mi querida Nastenka empezó con lágrimas en la voz. Escuche. Le juro que 

si alguna vez estoy en condiciones de casarme, sólo me casaré con  usted. Le aseguro 

que sólo usted puede ahora hacerme feliz. Escuche, voy a Moscú y pasaré allí un año 

justo. Espero  arreglar mis asuntos. Cuando vuelva, si no ha dejado de  quererme, le 

juro que nos  casaremos. Ahora no  es  posible, no  puedo,  no tengo  derecho  a hacer 

promesa alguna. Repito que si no es dentro de un año, será de todos modos algún día, 

112

background image

por supuesto si no ha preferido usted a otro, porque comprometerla a que me dé su 

palabra es algo que ni puedo ni me atrevo a hacer.

Eso  me  dijo,  y  al  día  siguiente  se  fue.  Acordamos  no  decir  palabra de  esto  a  la 

abuela. Así lo quiso él. Y  ahora mi historia está casi tocando a su fin. Ha pasado un 

año justo. Él ha llegado, lleva aquí tres días enteros y... y...

¿Y qué? grité yo, impaciente por oír el final.

Y hasta ahora no se ha presentado respondió Nastenka sacando fuerzas de flaqueza. 

No ha dado señales de vida.

En  ese  punto se  detuvo, quedó  callada  un  momento, bajó la  cabeza y,  de  pronto, 

tapándose la cara con  las manos, empezó a sollozar de manera tal que me laceró  el 

alma.

Yo ni remotamente esperaba ese desenlace.

¡Nastenka! imploré con voz tímida. ¡Nastenka, no llore, por amor de Dios! ¿Cómo lo 

sabe usted? Quizá no esté aquí todavía...

¡Sí  está,  sí  está!  insistió  Nastenka.  Está  aquí,  lo  sé.  Esa  noche,  la  víspera  de  su 

marcha, fijamos una condición. Cuando nos dijimos todo lo que le he contado a usted 

y llegamos a un acuerdo, vinimos a pasearnos aquí justamente a este muelle. Eran las 

diez.  Nos  sentamos  en  este  banco.  Yo  había  dejado  de  llorar  y  le  escuchaba  con 

deleite. Dijo que en cuanto regresara vendría a vernos, y  que si  yo todavía le quería 

por  marido  se  lo  contaríamos  todo  a  la  abuela.  Ya  ha  llegado,  lo  sé,  pero  no  ha 

venido.

Y se echó a llorar de nuevo.

¡Dios  mío!  ¿Pero  no  hay  manera  de  ayudarla?  grité,  saltando  del  banco  con 

verdadera desesperación. Diga, Nastenka, ¿no podría ir yo a verle?

¿Cree usted que podría? dijo alzando de súbito la cabeza.

No, claro que no afirmé conteniéndome a tiempo. Pero, mire, escríbale una carta.

No,  de  ninguna  manera.  Eso  no  puede  ser  contestó  ella  con  voz  resuelta,  pero 

bajando la cabeza y sin mirarme.

¿Cómo que no puede  ser? ¿Cómo que no? insistí yo  aferrándome  a mi  idea. Sepa 

usted, Nastenka, que no se trata de una carta cualquiera. Porque hay cartas y cartas. 

Hay que hacer lo que digo, Nastenka. ¡Confíe en mí, por favor! No es un mal consejo. 

Todo esto  se puede arreglar. Al  fin  y  al cabo, ha dado usted  ya el  primer paso, con 

que ahora...

No puede ser, no. Parecería que quiero comprometerle.

¡Ah, mi buena Nastenka! la interrumpí sin ocultar una sonrisa. Le digo a usted que 

no.  Usted,  después  de  todo,  está  en  su,  derecho,  porque  él  ya  le  ha  hecho  una 

promesa.  Y,  por  lo  que  colijo,  es  hombre  delicado,  se  ha  portado  bien  añadía 

entusiasmado  cada vez más con  la lógica de  mis argumentos  y  aseveraciones  ¿Que 

cómo  se  ha portado? Se  ha ligado  a usted  con  una promesa. Dijo que  si  se casaba 

sería únicamente con usted. Y a usted la dejó en absoluta libertad para rechazarle sin 

más. En tal situación  puede  usted dar el  primer paso, tiene usted  derecho  a ello, le 

lleva usted ventaja, aunque sea sólo, digamos, para devolverle la palabra dada.

Diga, ¿cómo escribiría usted?

¿El qué?

La carta esa.

113

background image

Pues diría: «Muy señor mio... »

¿Es de todo punto necesario decir «muy señor mío»?

De todo punto. Pero, ahora que pienso, quizá no lo sea... Creo que...

Bueno, bueno, siga.

«Muy señor mío: Perdone que...» Pero no, no hace  falta ninguna excusa. El hecho 

mismo lo justifica todo. Diga simplemente: «Le escribo. Perdone mi impaciencia, pero 

durante un  año entero he  vivido  feliz  con  la esperanza de  su  regreso. ¿Tengo  yo la 

culpa de no poder soportar ahora un día de duda? Ahora que ha llegado, quizá haya 

cambiado  usted  de  intención.  Si  es  así,  esta  carta  le  dirá  que  ni  me  quejo  ni  le 

condeno. No puedo condenarle por no haber logrado hacerme dueña de su corazón. 

Así lo habrá querido el destino. Es usted un hombre honrado. No se sonría ni se enoje 

al  ver  estos  renglones impacientes. Recuerde  que  los escribe  una pobre  muchacha, 

que está sola en el mundo, que no tiene quien  la instruya y aconseje y que nunca ha 

sabido sujetar su corazón. Perdone si la duda ha hallado cobijo en mi alma, siquiera 

sólo un momento. Usted no sería capaz de ofender, ni siquiera con el pensamiento, a 

ésta que tanto le ha querido y le quiere.»

¡Sí,  sí!  ¡Eso  mismo  es  lo  que  se  me  ha  ocurrido!  exclamó  Nastenka  con  ojos 

radiantes de gozo. Ha despejado usted mis dudas. Es usted un enviado de Dios. ¡Se lo 

agradezco tanto!

¿Por  qué?  ¿Porque  soy  un  enviado  de  Dios?  pregunté,  mirando  con  arrebato  su 

rostro alegre.

Sí, por eso al menos.

¡Ay, Nastenka! ¡Demos gracias a que algunas personas  viven  con  nosotros! Yo  doy 

gracias a usted por haberla encontrado y porque la recordaré el resto de mi vida.

Bien, basta. Ahora escuche. En la ocasión de que le hablo acordamos que, no bien 

llegara, me mandaría recado con una carta que depositaría en cierto lugar, en casa de 

unos conocidos míos, gente buena y sencilla, que no sabe nada del asunto. Y que si no 

le  era posible  escribirme, porque en  una carta no se  puede decir todo, que  vendría 

aquí  el  mismo  día de  su  llegada,  a  este  lugar  en  que  nos  dimos  cita, a las diez en 

punto. Sé  que  ha llegado  ya,  y  hoy,  al  cabo  de  tres  días, ni  ha habido  carta  ni  ha 

venido. Por la mañana no  puedo  separarme  de la abuela. Entregue usted mismo la 

carta  mañana  a  esa  buena  gente  que  le  digo.  Ellos  se  la  remitirán.  Y  si  hay 

contestación, usted mismo puede traérmela a las diez de la noche.

¡Pero la  carta, la carta! Lo  primero  es  escribir la  carta. De  ese  modo, quizá para 

pasado mañana esté todo resuelto.

La carta... respondió Nastenka turbándose un poco, la carta... pues...

No acabó la frase. Primero volvió la cara, que se tiñó de rosa, y de repente sentí en 

mi  mano la carta, escrita por lo  visto hacía tiempo, toda preparada y  sellada. ¡Qué 

recuerdo tan familiar, tan simpático y gracioso ha retenido de ello!

Ro Rosi sinana empecé yo.

¡Rosina!  entonamos  los  dos,  yo  casi  abrazándola  de  alborozo,  ella  ruborizándose 

aún más y riendo a través de sus lágrimas que, como perlas, temblaban en sus negras 

pestañas.

Bueno, basta. Ahora, adiós dijo con precipitación. Aquí está la carta y  éstas son las 

señas a que hay que llevarla. Adiós, hasta la vista, hasta mañana.

114

background image

Me  apretó  con  fuerza  las  dos  manos,  me  hizo  un  saludo  con  la  cabeza  y  entró 

disparada en su callejuela. Yo permanecí algún tiempo donde estaba, siguiéndola con 

los ojos.

«Hasta  mañana,  hasta  mañana»,  palabras  que  se  me  quedaron  clavadas  en  la 

memoria cuando se perdió de vista.

Noche tercera

Hoy  ha  sido  un  día  triste,  lluvioso,  sin  un  rayo  de  luz,  como  será  mi  vejez.  Me 

acosan  unos pensamientos tan  extraños y  unas sensaciones tan  lúgubres, se agolpan 

en  mi  cabeza unas preguntas tan  confusas, que  no  me  siento ni  con  fuerzas ni  con 

deseos de contestarlas. No seré yo quien ha de resolver todo esto.

Hoy no nos hemos visto. Ayer, cuando nos despedimos, empezaba a encapotarse el 

cielo  y  se  estaba  levantando  niebla.  Yo  dije  que  hoy  haría  mal  tiempo.  Ella  no 

contestó,  porque  no  quería  ir  a  contrapelo  de  sus  esperanzas. Para ella  el  día sería 

claro y sereno,  ni una sola nubecilla empañaría su felicidad.

Si llueve no nos veremos -dijo- No vendré.

Yo pensaba que ella no haría caso de la lluvia de hoy, pero no vino.

Ayer fue nuestra tercera entrevista, nuestra tercera noche blanca...

¡Pero hay que ver cómo la alegría y la felicidad hermosean al hombre! ¡Cómo hierve 

de amor el corazón! Es como si uno quisiera fundir su propio corazón con el corazón 

de otro, como si quisiera que todo se regocijara, que todo riera. ¡Y qué contagiosa es 

esa alegría! ¡Ayer  había en  sus palabras tanto  deleite y  en su corazón tanta bondad 

para conmigo!  ¡Qué tierna se  mostraba, cómo me  mimaba, cómo  lisonjeaba y  con 

fortaba mi  corazón! ¡Cuánta coquetería nacía de su felicidad! Y  yo... lo creía todo a 

pies juntillas, pensaba que ella. ..

 Pero, Dios mío, ¿cómo podía pensarlo? ¿Cómo podía ser tan ciego, cuando ya otro 

se había adueñado de todo, cuando ya nada era mío? ¿Cuando, al  fin  y  al cabo, esa 

ternura de ella, esa solicitud, ese amor..., sí, ese amor hacia mí, no eran sino la alegría 

ante  la próxima entrevista con  el  otro, el  deseo  de  ligarme  también  a  su  felicidad? 

Cuando  él  no  vino  y  nuestra  espera  resultó  inútil,  se  le  anubló  el  rostro,  quedó 

cohibida  y  acobardada.  Sus  palabras  y  gestos  parecían  menos  frívolos,  menos 

juguetones  y  alegres.  Y,  cosa  rara,  redoblaba  su  atención  para  conmigo,  como  si 

deseara instintivamente comunicarme  lo que quería, lo que  temía si  la cosa no salía 

bien. Mi  Nastenka se intimidó tanto, se asustó tanto, que por lo visto comprendió al 

fin  que  yo  la  amaba  y  buscaba  cobijo  en  mi  pobre  amor.  Es  que  cuando  somos 

desgraciados  sentimos  más  agudamente  la  desgracia  ajena.  El  sentimiento  no  se 

dispersa, sino que se reconcentra.

Llegué a la cita con el corazón rebosante e impaciente por verla. No podía prever lo 

que  siento  ahora,  ni  el  giro  que  iba  a  tomar  el  asunto.  Ella  estaba  radiante  de 

felicidad. Esperaba una respuesta y la respuesta era él mismo. Él vendría corriendo en 

respuesta a su llamamiento. Ella había llegado una hora antes que yo. Al principio no 

hacía  sino  reír, respondiendo  con  carcajadas  a  cada una de  mis  palabras. Estuve  a 

punto de hablar, pero me contuve.

115

background image

¿Sabe  por qué  estoy  tan  contenta? ¿Tan  contenta de  verle? preguntó. ¿Por  qué  le 

quiero tanto hoy?

¿Por qué? pregunté yo a mi vez con el corazón trémulo.

Pues  le  quiero  porque  no  se  ha  enamorado  de  mí.  Otro,  en  su  lugar,  hubiera 

empezado a importunarme, a asediarme, a quejarse, a dolerse. ¡Usted es tan bueno!

Me apretó la mano con tanta fuerza que casi me hizo gritar. Ella se echó a reír.

¡Dios mío, qué buen amigo es usted! prosiguió, seria, al cabo de un minuto. ¡Que sí, 

que  Dios  me  lo  ha enviado  a  usted! Porque  ¿qué  sería de  mí  si  no  estuviera  usted 

conmigo ahora? ¡Qué desinteresado es usted! ¡Qué bien me quiere! Cuando me case, 

seguiremos muy  unidos, más que si  fuéramos hermanos. Voy  a quererle a usted casi 

tanto como a él.

En ese instante sentí una horrible tristeza y, sin embargo, algo así como un brote de 

risa empezó a cosquillearme el alma.

Está usted arrebatada dije: Tiene usted miedo. Piensa que no va a venir.

Bueno  contestó. Si  no estuviera tan  feliz creo que  su  incredulidad  y  sus reproches 

me  harían  llorar. Por  otro  lado  me ha  devuelto  usted  el  buen  juicio  y  me ha dado 

mucho  que  pensar;  pero  lo  pensaré  más  tarde;  ahora  le  confieso  que  tiene  usted 

razón. Sí, estoy un poco fuera de mí. Estoy a la expectativa y las cosas mas nimias me 

afectan. Pero, basta, dejémonos de sentimientos...

En  ese momento se oyeron  pasos y  de la oscuridad  surgió un  transeúnte que  vino 

hacia nosotros. Los dos sentimos un escalofrío y ella casi lanzó un grito. Yo le solté la 

mano e hice ademán de alejarme. Pero nos habíamos equivocado; no era él.

¿Qué teme? ¿Por qué me ha soltado la mano? preguntó dándomela otra vez. ¿Qué 

pasa? Vamos a encontrarle juntos. Quiero que él vea cuánto nos queremos.

«¡Ay, Nastenka, Nastenka pensé, cuánto has dicho con esa palabra! Un amor como 

éste, Nastenka,  en  ciertos  momentos  enfría el  corazón  y  apesadumbra el  alma. Tu 

mano  está  fría;  la  mía  arde  como  el  fuego.  ¡Qué  ciega  estás,  Nastenka!  ¡Qué 

insoportable a veces es la persona feliz! Pero no puedo enfadarme contigo ... »

Por fin sentí que mi corazón rebosaba:

Oiga, Nastenka exclamé. ¿Sabe lo que he hecho en el día de hoy?

Bueno, ¿qué ha hecho? ¡A ver, de prisa! ¿Por qué no lo ha dicho hasta este instante?

En  primer  lugar,  Nastenka,  cuando  hice  todos  sus  mandados,  entregué  la  carta, 

estuve a ver a esas buenas gentes... fui a casa y me acosté...

¿Nada más? me interrumpió riendo.

Sí, casi  nada más  respondí  haciendo  un  esfuerzo  porque  en  los ojos  me  escocían 

unas  lágrimas  estúpidas.  Me  desperté  como  una  hora  antes  de  nuestra  cita,  y  me 

parecía que  no había dormido. No sé lo que me pasaba. Se me  antojaba que  había 

salido  para contarle  a usted  todo esto y  que  iba por la calle  como si  se me  hubiese 

parado el tiempo, como si hasta el fin de mi vida debiera tener sólo una sensación, un 

sentimiento, como si, un minuto. debiera convertirse en una eternidad entera, y como 

si  la  vida  se  hubiera  detenido  en  su  curso...  Cuando  desperté  creí  que  volvía  a 

recordar  un  motivo  musical  de  gran  dulzura, largo tiempo  conocido, oído antes en 

algún sitio. Se me figuraba que ese motivo había querido brotar de mi alma durante 

toda mi vida y que sólo ahora...

¡Dios mío! ¿Qué significa eso? No entiendo palabra.

116

background image

¡Ay, Nastenka! Quería comunicarle a usted de algún modo esa extraña impresión... 

indiqué con voz lastimera en la que, aunque muy remota, latía aún la esperanza.

¡Basta,  basta,  no  siga!  dijo, y  en  un  momento  la  pícara  lo  comprendió  todo. De 

súbito  se  volvió  locuaz, alegre  y  retozona. Me  cogía  del  brazo, reía, quería  que  yo 

también riera, y recibía cada confusa palabra mía con  larga y sonora carcajada. Yo 

empecé a sulfurarme y ella entonces se puso a coquetear.

¿Sabe? dijo. Me escuece un poco que no se enamore usted de mí. Después de esto, 

¿qué voy a pensar de usted? Pero, de todos modos, señor inflexible, no puedo menos 

de alabarme por lo ingenua que soy. Yo le cuento a usted todo, todito, por grande que 

sea la tontería que se me viene a la cabeza.

Escuche. Parece que están dando las once dije cuando se oyeron las campanadas de 

una lejana torre de la ciudad. Ella calló en el acto, dejó de reír y se puso a contar.

Sí, las once acabó por decir con voz tímida e indecisa.

Yo me arrepentí al punto de  haberla asustado, de haberle  hecho contar la hora, y 

me maldije por mi arrebato de malicia. Sentí lástima de ella y no sabía cómo expiar 

mi conducta. Me puse a consolarla, a buscar razones que explicaran la ausencia de él, 

a ofrecer argumentos y pruebas. Nadie era tan fácil de engañar como ella entonces, 

porque en momentos así todos escuchamos con alegría cualquier palabra de consuelo 

y nos contentamos con una sombra de justificación.

Pero  esto  es  ridículo  dije  yo,  animándome  cada  vez  más  y  muy  satisfecho  de  la 

insólita claridad de mis pruebas, pero si no podía haber venido. Usted, Nastenka, me 

ha cautivado y confundido hasta el punto de que he perdido la noción del  tiempo... 

Piense usted que apenas ha habido tiempo para que reciba la carta. Supongamos que 

no ha podido venir; supongamos que piensa contestar; en tal caso la carta no llegará 

hasta mañana. Yo mañana voy a recogerla tan pronto como amanezca y en seguida le 

diré a usted lo que hay. Piense, por último, en un sinfín de posibilidades, por ejemplo, 

que no  estaba  en  casa cuando  llegó  la carta, y  que quizá no  la haya leído todavía. 

Todo ello es posible.

Sí,  sí  contestó  Nastenka,  no  había  pensado  en  ello.  Claro  que  todo  es  posible 

prosiguió con tono de asentimiento, pero en el que, como una disonancia enojosa, se 

percibía otra idea lejana. Mire lo que debe hacer. Usted va mañana lo más temprano 

posible y si recibe algo me lo dice en seguida. ¿Pero sabe usted dónde vivo? y empezó 

a repetirme sus señas.

Luego, sin  transición, se  puso tan  tierna y  tímida conmigo... Parecía escuchar  con 

atención lo que le decía, pero cuando me volví hacia ella para hacerle una pregunta, 

guardó silencio, quedó  confusa y  volvió la cabeza. Le  miré  los ojos. Efectivamente, 

estaba llorando.

Pero, ¿es posible? ¡Qué niña es usted! ¡Pero qué niñería!... Vamos, basta.

Trató de sonreír y se calmó, pero aún le temblaba la barbilla y le palpitaba el pecho.

Estoy  pensando en usted me dijo tras un  momento de silencio. Es usted  tan bueno 

que  una  tendría  que  ser  de  piedra para  no  notarlo.  ¿Sabe  lo  que  ahora se  me  ha 

ocurrido? Pues compararles a ustedes dos. ¿Por qué él y no usted? Él no es tan bueno 

como usted, aunque le quiero más que a usted.

Yo no contesté. Ella, por lo visto, esperaba que dijera algo.

117

background image

Claro que quizá no le comprendo a él bien todavía, que no le conozco bien. Parecía, 

¿sabe usted? como si siempre le tuviera miedo, por lo serio que estaba siempre, por lo 

así como orgulloso que  parecía. Por supuesto  que era sólo por fuera. En  el  corazón 

tiene más ternura que yo. Recuerdo cómo me miraba cuando, como ya le he dicho, 

fui a buscarle con el hatillo de ropa. Pero aun así, le tengo, no sé por qué, demasiado 

respeto y esto crea cierta desigualdad entre nosotros.

No, Nastenka respondí, eso quiere decir que usted le quiere más que a nadie en  el 

mundo, mucho más de lo que usted se quiere a sí misma.

Bueno, supongamos que sea así dijo la inocente Nastenka. ¿Sabe usted lo que se me 

ocurre? Pero  ahora no quiero hablar por  mí sola, sino en  general. Esto ya lo pensé 

hace tiempo. Escuche, ¿por qué no nos tratamos unos a otros como hermanos? ¿Por 

qué hasta el  hombre más bueno  disimula y  calla en  presencia de  otro? ¿Por qué  no 

decir  sin  rodeos lo  que  tiene uno en  el  corazón, inmediatamente, cuando sabe uno 

que su palabra no se la llevará el viento? ¿Por qué parecer más adusto de lo que uno 

es en  realidad? Es como si cada cual  temiera violentar los propios sentimientos si los 

expresara libremente.

¡Ah, Nastenka, dice usted verdadl Eso resulta de varios motivos interrumpí yo, que 

en ese instante reprimía mis propios sentimientos más que nunca.

No, no respondió  ella con  profunda emoción. Usted, por ejemplo, no es como los 

otros.  Francamente,  no  sé  cómo  decirle  lo  que  siento,  pero  creo  que  usted,  por 

ejemplo..., aunque  ahora...,  me  parece  que  usted  sacrifica  algo  por  mí  agregó  con 

timidez, lanzándome una ojeada fugaz. Perdone que le hable así. Soy una muchacha 

sencilla, he visto poco mundo y la verdad, no sé cómo expresarme a veces añadió con 

voz  que  algún  oculto  sentimiento  hacía  temblar,  y  procurando  sonreír  al  mismo 

tiempo.  Pero  sólo  quería  decirle  que  soy  agradecida  y  que  comprendo  todo  esto... 

¡Que Dios se lo pague haciéndole feliz! Lo que me contó usted de su soñador no tiene 

pizca  de  verdad;  quiero  decir,  que  no  tiene  ninguna  relación  con  usted.  Usted  se 

repondrá.  Usted  es  muy  diferente  de  como  se  pinta  a  sí  mismo.  Si  alguna  vez  se 

enamora ¡que Dios le haga feliz con ella! A ella no le deseo nada porque será feliz con 

usted. Lo sé porque soy mujer y debe usted creer lo que digo...

Calló  y  me  apretó  la mano con  fuerza. A  mí la agitación  me impidió  decir  nada. 

Pasaron algunos instantes.

Bueno, está visto que no viene hoy dijo por último alzando la cabeza. Es tarde...

Vendrá mañana dije con voz firme y confiada.

Sí añadió ella alegrándose. Ahora veo que no vendrá hasta mañana. ¡Hasta la vista, 

pues, hasta mañana! Si llueve  quizá no  venga. Pero vendré pasado  mañana, vendré 

pase lo que pase. Esté usted aquí sin falta. Quiero verle y le contaré todo.

Seguidamente,  cuando  nos  despedimos,  me  dio  la  mano  y  dijo  mirándome 

serenamente a los ojos:

En adelante estaremos siempre juntos, ¿verdad?

¡Oh, Nastenka, Nastenka, si supieras qué solo estoy ahora!

Cuando dieron las nueve se me hizo intolerable quedarme en  el cuarto. Me vestí y 

salí a pesar del mal tiempo. Fui al lugar de la cita y me senté en nuestro banco. Hasta 

entré en  su  callejuela, pero  me dio  vergüenza y giré  sobre  los talones, sin  mirar sus 

ventanas y sin dar más que dos pasos hacia su casa. Llegué a la mía dominado por la 

118

background image

tristeza más grande que he sentido en mi vida. ¡Qué tiempo tan  crudo y sombrío! Si 

al menos fuera bueno, me hubiera estado paseando allí toda la noche...

Bueno, hasta mañana. Mañana me lo contará todo.

Pero no ha habido carta hoy. Aunque bien mirado, sin embargo, quizá había de ser 

así. Estarán ya juntos...

Noche cuarta

¡Dios mío, cómo ha terminado todo esto! ¡Qué fin ha tenido!

Llegué a las nueve. Ella ya estaba allí. La observé desde lejos. Estaba, como aquella 

primera vez, apoyada en la barandilla del muelle y no me oyó acercarme.

 ¡Nastenka! exclamé haciendo un esfuerzo por contener mi emoción.

Ella al punto se volvió hacia mí.

¡Bueno dijo. de prisa!

La miré perplejo.

Pero,  ¿donde  está  la  carta?  ¿Ha  traído  usted  la  carta?  repitió  asiéndose  a  la 

barandilla.

No, no tengo carta dije al fin. ¿Pero es que él no ha venido?

Ella se puso mortalmente pálida y me miró, inmóvil, largo rato. Yo había destruido 

su última esperanza.

¡Sea lo que Dios quiera! dijo al cabo con voz entrecortada. ¡Qué Dios le perdone si 

me abandona así!

Bajó los ojos y luego quiso mirarme pero no pudo. Durante algunos minutos probó 

a  dominar  su  emoción, pero  de  pronto  me  volvió  la  espalda,  puso  los codos  en  la 

barandilla del muelle y se deshizo en lágrimas.

Basta, basta empecé a decir, pero, mirándola, no tuve fuerzas para continuar. Al fin 

y al cabo, ¿qué podía decir?

¡Pero qué inhumano y cruel es esto! empezó de nuevo. ¡Ni tan siquiera un renglón! 

Si al menos dijera que no me necesita, que no quiere nada conmigo... ¡Pero eso de no 

ponerme unas líneas en tres días seguidos! ¡Qué fácil le es agraviar a otros, ofender así 

a una pobre chica indefensa, cuya única culpa ha sido quererle! ¡Ay, lo que he sufrido 

estos tres días! ¡Dios mío, Dios mío! Cuando recuerdo que  soy yo la que fue a verle 

por  primera  vez,  que  me  humillé  ante  él,  que  lloré, que  mendigué  una  migaja  de 

amor  siquiera... ¡Y  después de  eso...! ¡Oiga dijo volviéndose  hacia mí,  centelleantes 

sus ojos negros; eso  no  puede ser, eso  no  puede ser  así, eso  no  es  natural! Uno  de 

nosotros dos, usted o yo, se habrá equivocado. No habrá recibido la carta. Quizá ésta 

es la hora en que aún no sabe nada. ¿Cómo es posible? Juzgue usted mismo, dígame, 

por  amor  de  Dios, explíqueme,  porque  yo no  puedo  entenderlo. ¿Cómo  es  posible 

portarse  tan  bárbara y  groseramente  como  él  se  ha  portado conmigo? ¡Ni  siquiera 

una palabra! ¡Hasta a la persona más  insignificante  del  mundo  se  la trata con  más 

compasión! ¿Es  posible  que  haya oído  algo? ¿Es  posible  que  alguien  le  haya dicho 

cosas de mí? gritó volviéndose, inquisitiva, hacia mí. ¿Qué piensa usted?

Mire, Nastenka, mañana voy a verle de parte de usted.

¿Y qué?

Le pregunto todo y le cuento todo.

119

background image

¿Y qué? ¿ Y qué?

Usted escribe una carta. No diga que no, Nastenka, no diga que no. Le obligaré a 

respetar el comportamiento de usted, se enterará de todo, y si...

No, amigo mío, no  interrumpió. Ya basta. No  recibirá de mí una palabra, ni  una 

sola palabra, ni una línea. Ya basta. Ya no le conozco, ya no le quiero, le olvidaré...

No terminó la frase.

Cálmese, cálmese. Siéntese aquí, Nastenka dije haciéndola sentarse en el banco.

¡Pero si estoy tranquila! Basta, así es la vida. Y estas lágrimas ya se secarán. ¿Es que 

cree usted que me voy a matar? ¿Que me voy a tirar al agua?

Mi corazón rebosaba de emoción. Quise hablar, pero no pude.

Diga prosiguió, cogiéndome  de  la mano, ¿usted  no  se  portaría así,  ¿verdad?  ¿No 

abandonaría a quien  hubiera  venido  a  usted  por  su  propia  voluntad?  ¿Usted  no  le 

echaría en  cara, con  burlas  crueles, el  tener  un  corazón  débil  y  crédulo? ¿Usted  la 

protegería? ¿Usted  pensaría que era una muchacha sola, que  no  sabía  mirar por  sí 

misma ni cuidarse del amor que sentiría por usted... que ella no tenía la culpa .... que, 

en fin, no tenía la culpa de... que no había hecho nada malo? ¡Ay, Dios mío, Dios mío!

¡Nastenka! exclamé por fin sin poder dominar mi agitación. Nastenka, usted me está 

atormentando, usted  me  destroza  el  corazón,  usted  me  mata. ¡Nastenka, no  puedo 

callar! ¡Tengo que hablar, decir todo lo que me oprime aquí, en el corazón!

Al  decir  esto  me  levanté  del  banco.  Ella  me  cogió  de  la  mano  y  me  miró  con 

asombro.

¿Qué le pasa? preguntó por fin.

Escuche  dije  con  decisión.  Escúcheme,  Nastenka.  Todo  lo  que  voy  a  decirle  es 

absurdo, todo es quimérico y estúpido. Sé que nada de ello puede realizarse, pero no 

puedo seguir más tiempo callado. ¡En nombre de lo que usted sufre ahora, le ruego de 

antemano que me perdone!

Pero, ¿esto qué es? preguntó cesando de llorar y mirándome con fijeza, mientras en 

sus ojos sorprendidos brillaba una extraña curiosidad. ¿Qué le pasa?

Esto es quimérico, lo sé, pero la quiero a usted, Nastenka. Eso es lo que pasa. Ahora 

ya lo sabe usted todo agregué remachando lo dicho con el brazo. Ahora verá usted si 

puede hablar conmigo como hablaba hace un momento y si puede escuchar al cabo 

lo que voy a decirle..,

Bueno, ¿y  qué? me  cortó Nastenka. ¿Qué  hay  de  nuevo en  eso? Ya sabía que  me 

quería usted, aunque creía que me quería así, sencillamente, sin segunda intención... 

¡Ay, Dios mío!

Al  principio,  sí,  sencillamente,  pero  ahora...,  ahora  soy  exactamente  como  usted 

cuando fue  a  verle  a  él  con  el  hatillo de  ropa.  Pero  todavía  peor, Nastenka porque 

entonces él no quería a nadie, mientras que ahora usted quiere a otro.

¿Qué dice usted? No le entiendo a usted en absoluto. Pero dígame, ¿con qué fin, es 

decir, no  con  qué  fin, sino  por  qué  se  pone  usted  así  tan  de  repente? ¡Cielo  santo, 

estoy diciendo tonterías ... ! Pero usted...

Nastenka quedó  desconcertada del  todo. Se  le  encendieron  las  mejillas y  bajó  los 

ojos.

¿Qué hacer, Nastenka, qué hacer? Soy culpable, he abusado de... Pero no, ¡qué va! 

No, Nastenka. Conozco esto, lo siento, porque me dice el corazón que tengo razón y 

120

background image

que  de  ninguna  manera  puedo  agraviarla  o  injuriarla.  Era  amigo  de  usted  y  sigo 

siéndolo. No ha cambiado en nada. Mire cómo se me saltan las lágrimas, Nastenka. 

¡Que se me salten, pues! No molestan a nadie. Ya se secarán...

¡Pero siéntese, siéntese! dijo obligándome a sentarme en el banco. ¡Ay, Dios mío!

No, Nastenka, no quiero  sentarme! yo  ya no puedo seguir aquí más tiempo; usted 

no  me  verá ya  más. Voy  a  decirlo  todo  y  me  voy.  Sólo  quiero  decir  que  usted  no 

hubiera sabido nunca que la quiero. Yo hubiera guardado el secreto y no la hubiera 

martirizado  aquí  y  en  este  momento  con  mi  egoísmo.  Pero  es  que  no  he  podido 

aguantar más; usted misma empezó a hablar de esto, usted misma ha tenido la culpa, 

toda la culpa, y no yo. Usted no puede alejarme de su lado...

¡Pero claro que no, no señor, yo no le alejo de mi lado! dijo Nastenka, ocultando, la 

pobre, su confusión como mejor pudo.

¿No  me  aleja  usted?  Pues  entonces  yo  mismo  me  voy.  Me  voy,  sólo  que  antes  le 

contaré  a  usted  todo,  porque  cuando  usted  hablaba  hace  un  momento  no  podía 

quedarme  quieto en  mi asiento; cuando usted lloraba, cuando usted sufría porque... 

(voy a decirlo tal como es, Nastenka), porque es usted desdeñada, porque su amor no 

es correspondido, ¡yo sentía, por mi  parte, tanto  amor por usted, tanto amor! Y  me 

daba tanta pena no poder ayudarla con ese amor... que se me partía el alma y... ¡y no 

pude callar y tuve que hablar, Nastenka, tuve que hablar!...

¡Sí,  sí!  ¡Hábleme,  hábleme  así!  dijo  Nastenka  con  un  gesto  delicado.  Quizá  le 

parezca extraño que  se  lo  diga, pero... ¡hable! ¡Ya le  diré más tarde! ¡Ya le  contaré 

todo! 

¡Me  tiene  usted  lástima,  Nastenka,  sólo  lástima,  amiga  mía!  A  lo  hecho,  pecho. 

Agua pasada... ¿no es verdad? Bueno, ahora lo sabe  usted  todo. Algo  es algo. ¡Muy 

bien!  ¡Todo  está  ahora  bien!  Ahora  escuche.  Cuando  estaba  usted  ahí  sentada 

llorando, yo pensé para mis adentros (¡ay, déjeme decir lo que pensé!) pensé que (claro 

que esto, Nastenka, es imposible)... pensé que usted... pensé que usted, no sé cómo..., 

bueno,  por  algún  extraño  motivo  ya  había  dejado  de  quererle.  Entonces  y  yo  ya 

pensaba  esto,  Nastenka,  ayer  y  anteayer,  entonces  yo  hubiera  hecho  de  modo... 

hubiera hecho sin duda de modo que usted  me hubiera ido tomando cariño, porque 

usted misma dijo, usted misma afirmó, Nastenka, que ya casi me quería. Ahora, ¿qué 

más? Bueno, esto es casi todo lo que quería decir: sólo queda por decir lo que pasaría 

si usted me tomara cariño, nada más. Escuche, amiga mía (porque de todos modos es 

usted  mi  amiga),  yo,  por  supuesto,  soy  un  hombre  sencillo, pobre,  muy  poca cosa, 

pero no importa (estoy tan confuso, Nastenka, que no doy pie con bola); sólo sé que la 

querría de tal manera... de tal manera la querría, que si usted siguiera queriéndole a 

él, si siguiera queriendo a ese hombre para mí desconocido, vería usted que mi amor 

no sería para usted una carga. Usted sólo notaría... sólo sentiría a cada instante que 

junto  a  usted  latía  un  corazón  honrado,  honrado,  un  corazón  ardiente,  que  para 

usted... ¡Ay, Nastenka, Nastenka! ¿Qué ha hecho usted conmigo?

No llore,  no quiero  que  llore  dijo  Nastenka levantándose  rápidamente  del  banco. 

Vamos, levántese, venga conmigo. No llore más, no llore siguió diciendo mientras me 

enjugaba las lágrimas con  su pañuelo. Bueno, vamos; puede que le diga algo... Sí, si 

ahora él me  abandona, si  me olvida, aunque  yo  todavía le  quiero  (no me  propongo 

engañarle a usted)... Pero escuche y contésteme. Si  yo, por ejemplo, le tomara cariño 

121

background image

a  usted, es  decir, si  yo... ¡Ay, amigo  mío, amigo  mío!  ¡Cómo  me  doy  plena  cuenta 

ahora de que le ofendí cuando me reí de su amor, cuando le elogiaba Por no haberse 

enamorado  de  mí  ...  !  ¡Ay  Dios!  ¿Pero  cómo  no  preví  esto?  ¿Cómo  no  lo  preví? 

¿Cómo pude ser tan tonta? pero, en fin, estoy decidida. Voy a contarle todo...

Mire, Nastenka, ¿sabe lo que voy a hacer? Me alejo de usted. Sí, eso, me voy de su 

lado. No hago más que  martirizarla. Ahora le remuerde la conciencia porque se rió 

usted  de mí, y no  quiero... eso, no quiero que, junto a la pena que siente..., yo, por 

supuesto, tengo la culpa, Nastenka, pero... ¡adiós!

Deténgase y escúcheme. ¿Es que no puede esperar?

¿Esperar qué?

Yo le quiero a él, pero esto pasará, esto tiene que pasar. Es imposible que no pase, 

está pasando ya, lo siento... ¿Quién sabe? Quizá termine hoy mismo, porque le odio, 

porque se ha reído de mí, mientras que usted ha llorado aquí conmigo, porque usted 

no  me  hubiera  repudiado  como  él  lo  ha  hecho,  porque  usted  me  quiere  y  él  no, 

porque,  en  suma,  yo  le  quiero  a  usted...  ¡Sí,  le  quiero!  Le  quiero  como  usted  me 

quiere a mí; y, a decir verdad, yo misma se lo he dicho antes, usted mismo lo oyó. Le 

quiero  porque  es  usted  mejor  que  él,  porque  es  usted  más  noble  que  él,  porque, 

porque él...

La emoción de la pobre muchacha era tan fuerte  que no terminó la frase; puso la 

cabeza en  mi hombro, luego en mi  pecho y rompió a llorar amargamente. Traté  de 

consolarla, de convencerla, pero no cesaba en su llanto; sólo me apretaba la mano y 

decía  entre  sollozos:  «¡Espere,  espere,  que  acabo  en  seguida!  Quiero  decirle...  no 

piense usted que estas lágrimas... esto no es más que debilidad; espere a que pase ... » 

Por  fin  se  serenó,  se  enjugó  las  lágrimas  y  proseguimos nuestro  paseo.  Yo  hubiera 

querido hablar, pero ella siguió diciéndome que esperara. Guardamos silencio  ... Al 

fin, sacó fuerzas de flaqueza y rompió a hablar ...

Mire  empezó a decir con voz débil y trémula, pero en la que de  pronto empezó a 

vibrar  algo  que  entró  en  mi  corazón  y  lo  llenó  de  dulce  alegría, no  me  crea  usted 

liviana  e  inconstante.  No  piense  que  soy  capaz  de  cambiar  y  olvidar  tan  ligera  y 

rápidamente... Le he querido a él un año entero y juro por lo más sagrado que nunca, 

nunca  le  he  faltado, ni  con  el  pensamiento  siquiera.  Él  ha  desdeñado  esto  y  se  ha 

reído de  mí ¡qué se  le  va a hacer! Me  ha agraviado y  me ha lastimado  el corazón. 

No...  no  le  quiero,  porque  sólo  puedo  querer  lo  que  es  generoso,  lo  que  es 

comprensivo, lo que es noble porque yo soy así y él es indigno de mí bueno, ¿qué se le 

va  a hacer?  Mejor  es  que  haya obrado  así  ahora  y  no  que  más  tarde  me  hubiera 

enterado con desengaño de  cómo  es... Bien, ¡pelillos a la mar! Pero ¿quién  sabe, mi 

buen amigo? prosiguió, apretándome la mano. ¿Quién sabe si quizá todo el amor mío 

no fue más que un engaño de los sentidos, de la fantasía? ¿Quién sabe si no empezó 

como  una  travesura,  como  una  chiquillada,  por  hallarme  bajo  la  vigilancia  de  la 

abuela? Quizá debiera amar a otro, y  no a él, no a un hombre como él, sino a otro 

que me tuviera lástima y... Pero dejemos esto, dejémoslo interpuso Nastenka, a quien 

ahogaba la  agitación,  sólo  quería  decirle...  quería decirle  que  sí,  a  pesar  de  que  le 

quiero a él (no, que le quería), si, a pesar de eso, dice usted todavía..., si siente usted 

que su  cariño  es tan grande  que puede  con  el tiempo  reemplazar  al  anterior  en  mi 

corazón...  si  de  veras  se  compadece  usted  de  mí, si  no  quiere  dejarme  sola  en  mi 

122

background image

desgracia, sin  consuelo, sin  esperanza, si  promete amarme  siempre  como ahora me 

ama, en ese caso le  juro que  la gratitud  .... que mi  cariño acabará siendo  digno del 

suyo... ¿me cogerá usted de la mano ahora?

Nastenka grité ahogado por los sollozos. ¡Nastenka, oh, Nastenka!

¡Bueno,  basta,  basta!  ¡Bueno,  basta  ya  de  veras!  dijo,  haciendo  un  esfuerzo  para 

calmarse. Ahora ya está todo dicho, ¿verdad? ¿No es así? Usted es feliz y yo soy feliz. 

No se hable más del asunto. Espere, no me apure... ¡Hable de otra cosa, por amor de 

Dios!...

¡Sí,  Nastenka,  sí!  Con  eso  basta,  ahora  soy  feliz...  Bueno,  Nastenka,  bueno, 

hablemos de otra cosa. ¡A ver, a ver, de otra cosa! Sí, estoy dispuesto...

No sabíamos de qué hablar, reíamos, llorábamos, decíamos mil  palabras sin  ton ni 

son.  Marchábamos  por  la  acera  y  de  repente  volvíamos  sobre  nuestros  pasos  y 

cruzábamos  la  calle.  Luego  nos  parábamos  y  volvíamos  al  muelle.  Parecíamos 

chiquillos...

Ahora vivo  solo, Nastenka decía yo, pero mañana... Ya sabe usted, Nastenka, que, 

por  supuesto,  soy  pobre.  En  total,  no  tengo  más  que  1.200  rublos,  pero  eso  no 

importa...

Claro que  no. Además la abuela tiene una pensión  y  no será una carga. Tenemos 

que llevarnos a la abuela.

Desde luego hay que llevarse a la abuela... Ahora bien, también está Matryona...

¡Ah, sí, y nosotras tenemos a Fyokla!

Matryona es buena, pero tiene un defecto. Carece de imaginación, Nastenka, carece 

por completo de imaginación. Pero eso no tiene importancia.

Ninguna. Pueden vivir juntas. Entonces se muda usted a nuestra casa.

¿Cómo? ¿A casa de ustedes? Muy bien, estoy dispuesto.

Sí, como inquilino. Ya le he dicho que tenemos un desván en lo alto de la casa y que 

está vacío. Teníamos una inquilina, una vieja de familia noble, pero se nos fue, y sé 

que la abuela busca ahora a un  joven. Yo le pregunto: «¿Por qué  un joven?» Y  ella 

dice: «Porque ya soy  vieja; pero no vayas a creerte, Nastenka, que te estoy  buscando 

marido.» Yo sospechaba que era para eso...

¡Ay, Nastenka!

Y los dos rompimos a reír.

Bien, basta ya. ¿Y usted dónde vive? Ya se me ha olvidado.

Ahí, junto a uno de los puentes, en casa de Barannikov.

¿Esa casa tan grande?

Sí, esa casa tan grande.

Ah, sí, ya sé, es una casa hermosa. Bueno, pues ya sabe  que mañana la deja y  se 

viene con nosotras cuanto antes...

Pues  mañana,  Nastenka,  mañana.  Estoy  algo  retrasado  con  el  pago  del  alquiler, 

pero no importa... Voy a recibir mi paga pronto y...

Y ¿sabe?, quizá yo dé lecciones. Yo misma me instruiré y daré lecciones...

¡Magnífico! Y yo recibiré pronto una gratificación, Nastenka...

De modo que mañana será usted un inquilino...

Sí, e iremos a oír El Barbero de Sevilla, porque lo van a poner pronto otra vez.

123

background image

Sí que iremos dijo riendo Nastenka. No. Mejor será que vayamos a oir otra cosa en 

lugar de El Barbero.

Bueno, muy bien, otra cosa. Claro que será mejor. No había pensado...

Hablando así, íbamos y  veníamos como aturdidos, como caminantes en la niebla, 

como si no supiéramos qué nos pasaba. A veces nos parábamos y charlábamos largo 

rato en un mismo lugar; a veces reanudábamos nuestras ¡das y venidas y llegábamos 

hasta Dios  sabe  dónde,  y  allí vuelta  a  reír  y  vuelta  a  llorar...  De  pronto,  Nastenka 

decidió volver a casa. Yo no me atreví a retenerla y quise acompañarla hasta la puerta 

misma.  Nos  pusimos  en  camino  y  al  cabo  de  un  cuarto  de  hora  nos  hallamos  de 

nuevo en nuestro banco  del muelle. Allí suspiró y alguna lagrimilla volvió a bañarle 

los  ojos. Yo  quedé  cohibido  y  perdí un  tanto  mi  ardor...  Pero  ella,  allí  mismo,  me 

apretó la mano y me arrastró de nuevo a caminar, a charlar, a contar cosas...

Ya es hora de que vaya a casa, ya es hora. Pienso que debe ser muy tarde dijo por 

fin Nastenka, ¡basta ya de chiquilladas!

Sí, Nastenka, pero lo que es dormir, no dormiré ahora. Yo no me voy a casa.

Yo parece que tampoco voy a dormir. Pero acompañeme usted.

Por supuesto.

Esta vez, sin embargo, es preciso que lleguemos hasta mi casa.

Claro. Por supuesto.

¿Palabra de honor?... Porque alguna vez habrá que volver a casa.

Palabra de honor contesté riendo.

Bueno, andando.

Andando. 

Mire  el  cielo, Nastenka, mírelo. Mañana va a hacer buen día. ¡Qué cielo tan azul! 

¡Qué  luna! ¡Mire cómo la va a cubrir esa nube amarilla, mire, mire! No, ha pasado 

junto a ella. ¡Mire, mire!

Pero  Nastenka no miraba la nube, sino  que, clavada en  el sitio, guardaba silencio. 

Un  instante  después  comenzó  a  apretarse contra mí con  una punta de  timidez. Su 

mano temblaba en la mía. La miré... Ella se apoyó contra mí con más fuerza aún.

En ese momento paso junto a nosotros un joven. Se detuvo de repente, nos miró de 

hito en hito y luego dio unos pasos más. Mi corazón tembló.

Nastenka dije yo a media voz. ¿Quién es, Nastenka?

Es él respondió con un murmullo, apretándose aún más estremecida contra mí.

Yo apenas podía tenerme de pie.

¡Nastenka! ¡Nastenka! ¡Eres tú! exclamó una voz tras nosotros y en ese momento el 

joven dio unos pasos hacia donde estábamos.

¡Dios mío, qué  grito dio ella! ¡Cómo  temblaba! ¡Cómo se libró forcejeando de  mis 

brazos y voló a su encuentro! Yo me quedé mirándolos con el corazón deshecho. Pero 

apenas le dio ella la mano, apenas se hubo lanzado a sus brazos, cuando de pronto se 

volvió  de  nuevo  hacia  mí,  corrió  a  mi  lado  como  una  ráfaga  de  viento,  como  un 

relámpago, y antes de que yo me diera cuenta, me rodeó el cuello con los brazos y me 

besó con fuerza, ardientemente. Luego, sin decirme una palabra, corrió otra vez a él, 

le cogió de la mano y le arrastró tras sí.

Yo  me  quedé  largo  rato  donde  estaba,  siguiéndoles  con  la  mirada.  Por  fin  se 

perdieron de vista.

124

background image

La mañana

Mis  noches  terminaron  con  una  mañana.  El  día  estaba  feo.  Llovía,  y  la  lluvia 

golpeaba tristemente en mis cristales. Mi cuarto estaba oscuro y el patio sombrío. La 

cabeza me dolía y me daba vueltas. La fiebre se iba adueñando de mi cuerpo.

Carta para ti,  señorito.  El  cartero  la  ha traído  por  correo  interior  dijo  Matryona 

inclinada sobre mí.

¿Una carta? ¿De quien? grité saltando de la silla.

No tengo idea, señorito. Mira bien. Puede que esté escrito ahí.

Rompí el sello. Era de ella.

“Perdone, perdóneme, me decía Nastenka, de rodillas se lo pido, perdóneme. Le he 

engañado  a  usted  y  me  he  engañado a  mí  misma. Ha sido  un  sueño, una ilusión... 
¡No puede imaginarse cómo le he echado de menos hoy! ¡Perdóneme, perdóneme!”

“No  me  culpe, porque en  nada  he  cambiado  con  respecto  a usted. Le dije  que  le 

amaría y ya le amo, y aún le amo más de la cuenta. ¡Ay, Dios mío! ¡Si fuera posible 
amarles a ustedes dos a la vez! ¡Ay, si fuera usted él!”

“¡Ay,  si  él fuera  usted!”  me  cruzó  por  la  mente. ¿Recordé  tus  propias  palabras, 

Nastenka?

¡Dios  sabe  lo que yo  haría por  usted ahora!  Sé  que  está  usted  apesadumbrado  y 

triste. Le he agraviado, pero ya sabe usted que quien ama no recuerda largo tiempo 
el agravio. Y usted me ama.

Le agradezco, sí, le agradezco a usted ese amor. Porque ha quedado impreso en mi 

memoria  como  un  dulce  sueño,  un  sueño  de  esos  que  uno  recuerda  largo  rato 
después  de  despertar; siempre  me acordaré  del momento en que  usted me abrió  su 
corazón  tan  fraternalmente,  en  que  tomó  en  prenda  el  mío,  destrozado,  para 
protegerlo, abrigarlo, curarlo... Si me perdona, mi recuerdo de usted llegará a ser un 
sentimiento de gratitud que nunca se borrará de mi alma... Guardaré ese recuerdo, le 
seré  fiel,  no  le  haré  traición,  no  traicionaré  mi  propio  corazón;  es  demasiado 
constante. Ayer se volvió al momento hacia aquél a quien ha pertenecido siempre.

Nos  encontraremos, usted  vendrá  a  vernos, no  nos  abandonará, será  siempre  mi 

amigo, mi hermano. Y cuando me vea me dará la mano... ¿verdad? Me la dará usted 
en señal de que me ha perdonado, ¿verdad? ¿Me querrá usted como antes?

Quiérame, sí, no me abandone, porque yo le quiero tanto en este momento... porque 

soy  digna  de  su  amor,  porque  lo  mereceré...  ¡mi  muy  querido  amigo!  La  semana 
entrante  nos  casamos. Ha  vuelto enamorado,  nunca  me  olvidó. No se  enfade  usted 
porque  hablo  de  él.  Quisiera  ir  con  él  a  verle  a  usted;  usted  le  cobrará  afecto, 
¿verdad?

Perdónenos, y recuerde y quiera a su

Nastenka.

Leí varias veces la carta con lágrimas en los ojos. Por fin se me escapó de las manos 

y me cubrí la cara.

¡Mira, mira, señorito! exclamó Matryona.

125

background image

¿Qué pasa, vieja?

Que he quitado todas las telarañas del techo. Ahora, cásate, invita a mucha gente, 

antes de que el techo se ensucie otra vez...

Miré a Matryona... Era todavía una vieja joven  y  vigorosa. Pero no sé por qué, de 

repente se me figuró apagada de vista, arrugada de piel, encorvada, decrépita. No sé 

por  qué  me  pareció  de  pronto  que  mi  cuarto  envejecía al  par  que  Matryona. Las 

paredes  y  los  suelos  perdían  su  lustre;  todo  se  ajaba;  las  telarañas  agrandaban  su 

dominio. No  sé  por  qué,  cuando  miré  por  la  ventana,  me  pareció  que  la  casa  de 

enfrente  también  se  deslustraba  y  se  ajaba,  que  el  estuco  de  sus  columnas  se 

desconchaba, se  desprendía, que las cornisas se ennegrecían  y  agrietaban, y  que las 

paredes se cubrían de manchas de un amarillo oscuro y chillón...

Quizá fuera un rayo de sol que, tras surgir de detrás de una nube preñada de lluvia, 

volvió  a ocultarse  de  repente y  lo oscureció todo  a mis ojos. O quizá la perspectiva 

entera de mi futuro se dibujó ante mí tan sombría, tan melancólica, que me vi como 

soy efectivamente ahora, quince años después, como un hombre envejecido, que sigue 

viviendo en este mismo cuarto, tan solo como antes, con la misma Matryona, que no 

se ha despabilado nada en todos estos años.

¿Pero suponer que escribo esto para recordar mi agravio, Nastenka? ¿Para empañar 

tu felicidad clara y serena? ¿Para provocar con  mis amargas quejas la angustia en  tu 

corazón, para envenenarlo con secretos remordimientos y hacerlo latir con pena en el 

momento  de  tu  felicidad?  ¿Para  estrujar  una  sola  de  esas  tiernas  flores  con  que 

adornaste tus negros rizos cuando te acercaste con él al altar ... ? ¡Ah, nunca, nunca! 

¡Que  brille  tu  cielo,  que  sea  clara  y  serena  tu  sonrisa,  que  Dios  te  bendiga por  el 

minuto de bienaventuranza y felicidad que diste a otro corazón solitario y agradecido!

¡Dios mío!  ¡Sólo un  momento  de  bienaventuranza! Pero, ¿acaso  eso  es  poco para 

toda una vida humana?

126