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Las herejías en los primeros siglos

 

El cristianismo tuvo que enfrentarse en los primeros siglos con enemigos externos e 
internos: las persecuciones y las herejías. Las herejías demostraron ser un peligro más 
perjudicial y duradero que cualquier otro, y causaron no pequeño daño en la vida de 
la Iglesia. En los dos primeros siglos encontramos tres grupos de herejes importantes: 
los judaizantes, los gnósticos y los montanistas. Además, hubo otras doctrinas 
erróneas de menor relieve, como el milenarismo.

a) Los judaizantes

Reciben el nombre de judaizantes los cristianos que defendían la necesidad de 
continuar con la práctica de las leyes ceremoniales y culto mosaicos para obtener la 
salvación. Para ellos, el centro de todo el culto cristiano seguiría siendo Jerusalén.

Las opiniones dentro de los judaizantes eran muy dispares. Los más extremistas 
negaban el valor infinito y objetivo de la redención de Cristo. Éstos son los que san 
Pablo llama falsos hermanos. Otros, por el contrario, adoptaron posiciones 
moderadas: no negaban ningún dogma cristiano, pero se atenían a los preceptos 
legales: decían ser seguidores de Santiago el Menor.
Estas tendencias aparecieron desde el inicio del cristianismo, pero no perduraron 
mucho, por el progresivo alejamiento de los judíos por parte de la Iglesia. Durante la 
segunda mitad del siglo primero e inicios del segundo, los más intransigentes cayeron 
en la herejía y fueron llamados ebionistas. San Epifanio nos da noticia de otros, más 
moderados, que permanecieron en la fe de la Iglesia y son llamados nazarenos; San 
Jerónimo, en cambio, identifica ebionitas y nazarenos.

b) El gnosticismo

Cuando el cristianismo irrumpió en la sociedad pagana, dos eran las grandes 
tendencias de los espíritus de entonces. Por un lado, una cierta preocupación 
religiosa, que la mitología pagana y los fríos cultos oficiales no conseguían aquietar; 
de ahí surgió el auge que tuvieron las religiones orientales y los cultos mistéricos. Por 
otra parte, una preocupación filosófica creciente, por el difundirse del pensamiento y 
los escritores griegos. El cristianismo ofreció nuevos elementos de indudable 
importancia: el monoteísmo y la relación íntima con Dios.
De ese variado espectro de tendencias surgió el gnosticismo, que tuvo una enorme 
importancia en la vida de la Iglesia, pues fue su mayor enemigo. Para comprender la 
virulencia de las sectas gnósticas, hay que considerar que todas ellas se apoyaban en 
una supuesta revelación hecha por alguno de los Apóstoles, no a los obispos, sus 
sucesores, sino a personas privadas, que a su vez las transmitieron a los “elegidos”; 
introdujeron así un grave error: una tradición al margen de la Tradición jerárquica y 
pública de la Iglesia. Los gnósticos intentaron hacer una síntesis entre cristianismo y 

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mitos religiosos orientales, dándole un fundamento filosófico. La filosofía sería, pues, 
el elemento esencial dentro de su concepción, que se podría caracterizar como una 
“gnosis” o conocimiento superior. Los gnósticos se presentaban como los cristianos 
que poseían los conocimientos más altos y secretos; conocimientos que no se podían 
entregar a la gente sencilla e ignorante, sino sólo a un grupo cerrado de iniciados. Se 
trataba, en definitiva, de poner la filosofía por encima de la Revelación, y darle a esta 
doctrina un cierto sabor mistérico que la hiciese más atrayente. Por todo esto, el 
gnosticismo representó una fuerte tentación para muchos cristianos, especialmente 
los que poseían una cierta cultura. Esto es semejante a lo que ha ocurrido a lo largo de 
la historia, con la aparición de los diversos racionalismos que ponen a la razón como 
norma y juez de todo lo divino y lo humano.

Síntesis doctrinal
El pensamiento gnóstico no es unitario, sino que presenta una cantidad insospechada 
de matices y variaciones según el gusto de cada uno de sus fautores. Sin embargo, 
muestra algunas constantes, que se pueden describir del siguiente modo:
1) Su punto de partida es un dualismo radical: hay dos principios absolutos y 
totalmente opuestos: Dios y la materia. Dios es totalmente trascendente, origen de 
todo bien y completamente ajeno al mal. La materia es el principio del mal y de la 
corrupción, y existe desde siempre, pero en estado caótico e informe.
2) Entre el Bien y el Mal están los eones, que son unos entes intermedios procedentes 
por parejas del Bien. A medida que los eones pertenecen a estratos ontológicos más 
alejados del Bien, resultan menos perfectos. Uno de estos eones se apartó del Bien y 
se hizo malo. Este eón fue el que ordenó la materia caótica y eterna, dando así origen 
al mundo material (este sería el Dios del Antiguo Testamento). Además, los eones 
procedentes de este último también serían malos. Así queda explicado, según el 
gnosticismo, el origen de las fuerzas malignas y de todo lo malo.
3) Como consecuencia de su origen, todas las cosas materiales son de suyo malas. El 
cosmos y su belleza no son más que expresión de la potencia del mal. El mundo no 
sólo es una tierra extranjera por donde se va a la Patria, sino una cárcel en la que los 
hombres están atrapados. Toda la vida corpórea es mala y lucha contra el espíritu.
4) Los hombres son una chispa de luz, de espíritu, encerrada en el mundo material. 
Según una mayor o menor posesión de esa luz o germen divino, los hombres se 
dividen en: a) espirituales, los que tienen esa luz en tal grado que con independencia 
de sus obras se salvarán; b) psíquicos, los que tienen que iniciarse en los cultos 
mistéricos para salvarse; c) materiales, los que están irremisiblemente perdidos.
5) En cuanto a la moral, coinciden en que lo esencial es la gnosis, el conocimiento, 
para alcanzar la salvación. Las discrepancias surgen en la interpretación de la praxis 
moral. Según unos, es necesaria la renuncia a todo lo material, los placeres, etc. Sin 
embargo, la mayoría de los gnósticos sostenían que no era preciso seguir tal 
comportamiento; es más, se podía llevar una vida licenciosa con tal de tener la gnosis 
y pertenecer al grupo de los espirituales o a los psíquicos.

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Historia
Los orígenes remotos del gnosticismo se pueden halar en el siglo II antes de Cristo, 
con la difusión del helenismo en Oriente, tras las conquistas de Alejandro Magno 
(334–324). No obstante, la gnosis comienza propiamente en tiempos apostólicos. 
Simón el Mago (cfr. Hechos 8, 9-26) es considerado fundador de una de las dos 
grandes ramas gnósticas: la gnosis siríaca. La otra rama importante es la alejandrina, 
cuyos mayores representantes fueron el sirio Basílides –cuya influencia llegó hasta 
Roma– y Valentín. Esta gnosis destaca por su mayor desarrollo especulativo, pues 
asumió gran número de elementos de filosofía neoplatónica, que la condujeron a dar 
gran importancia a las doctrinas sobre la emanación de los eones.
Un gnóstico de gran relieve fue Marción, que destaca por su gran desarrollo 
especulativo. Marción llegó a Roma en torno al año 135, tras haber sido expulsado 
del Ponto por su padre, que era el obispo del lugar. En Roma consiguió granjearse el 
prestigio y la confianza de la comunidad cristiana, gracias a sus riquezas, que 
distribuyó generosamente. Sin embargo, pronto fue expulsado de nuevo, pues 
comenzó a predicar sus ideas. Fundó entonces una iglesia separada, estructurándola 
con una jerarquía, leyes, culto, etc. Consiguió abundantes adeptos y su influencia fue 
grande. Esta secta herética sobrevivió hasta el siglo V. Por el mucho daño que hizo 
entre los cristianos, Marción mereció que San Policarpo le tildara de «primogénito de 
Satanás».
Marción plasmó sus ideas en una obra, Antítesis, dedicada a analizar las 
contradicciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Su idea central es que el 
Antiguo Testamento es fruto del demiurgo, un eón cruel y vengativo, autor del 
mundo. El Nuevo Testamento, contrapuesto al Antiguo, es fruto del Dios del Amor, 
que se manifestó tomando un cuerpo aparente, ya que la materia de suyo es mala.

c) El montanismo

El montanismo representa el mayor intento, dentro de la antigüedad cristiana, de 
eliminar la Jerarquía de la Iglesia, y reducirla a un estado “carismático”. En su origen 
esta herejía fue una reacción contra la especulación gnóstica y sus frecuentes excesos 
morales.

Esta secta toma el nombre de su fundador, Montano de Frigia, quien afirmó haber 
tenido un éxtasis poco después de su bautismo, y haberse convertido en el 
instrumento del Espíritu Santo. Comenzó su predicación hacia el 172. Pretende que 
su revelación completa la de Cristo y, por tanto, sus adeptos no tienen que separarse 
de la Iglesia, sino permanecer dentro de ella como el grupo de los perfectos o 
espirituales, que han recibido la plenitud de la revelación. Los perfectos o 
espirituales, según Montano, poseían gran cantidad de carismas –profetizaban, tenían 
visiones, etc.– y estaban por encima de la Jerarquía, que se limitaría a regir a los 
demás cristianos que aún no habían aceptado la plenitud de la doctrina. La 
superioridad de los espirituales se mostraba, según ellos, por su moral austera: hacían 
frecuentes ayunos, mortificaciones corporales, no se permitían las segundas nupcias, 

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los pecados cometidos después del bautismo eran imperdonables, etc.
Los montanistas tuvieron mucha influencia durante los siglos II y III, especialmente 
por la presencia de Tertuliano, que llegó incluso a formar un grupo aparte dentro de 
los montanistas. Con el tiempo se disociaron en diversas sectas, fueron combatidos 
por los emperadores, condenados por los concilios y acabaron por desaparecer en el 
siglo VIII.

d) El milenarismo

El milenarismo puede entenderse como la continuación de la tendencia judía que 
interpretaba el reinado del Mesías de modo temporal. Algunos cristianos, apoyándose 
en textos del Apocalipsis, creyeron que Cristo vendría por segunda vez a la tierra para 
reinar mil años con los justos. Después vendría el fin de los tiempos.
Esta doctrina, más que como una herejía peligrosa, hay que considerarla una opinión 
sostenida por algunos cristianos, incluso ortodoxos, explicable por la situación de los 
primeros siglos: dificultades para obtener puestos públicos, calumnias, persecuciones, 
etc. El mismo San Justino fue milenarista, pero explica claramente que eso es una 
opinión suya no compartida por otros muchos cristianos: «Yo, por mi parte, y algunos 
otros cristianos de recto sentir en todo, no sólo admitimos la futura resurrección de la 
carne, sino también mil años en Jerusalén, reconstruida, hermoseada y dilatada»; pero 
allí mismo dice refiriéndose al milenarismo: «También te he indicado que hay 
muchos cristianos de pura y piadosa sentencia que no admiten esas ideas».
Este error fue combatido a lo largo del siglo III y IV, y fue desapareciendo a lo largo 
del siglo IV, cuando cambiaron las relaciones entre Iglesia e Imperio.


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